La Carbonera solo tiene una carretera y es destapada; hay niños, perros, gallinas, polvo  y es preferible caminar despacio (…) Se pasa la estrechez y ahí está, desnuda, polvorosa: La Carbonera con todas sus imperfecciones y verdades, con todo el polvo y la pobreza, con toda la informalidad y los brazos abiertos.

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Por: Andrés Felipe Yaya

¡Calor!, ¡Calor!, ¡Bulla!, ¡Rumba!, ¡Marihuana!, ¡Cauca!, ¡Negros!, ¡Areneros!, ¡Ignorantes! ,¡Montañeros! Son los adjetivos y calificativos que las personas de las demás ciudades usan para describir a La Virginia: pueblo que arde de día y de noche; pueblo que cae mal herido año tras año: peleando con el Cauca y el Risaralda, con su furia indomable, con sus aguas pantanosas que cargan sapos, culebras, ratas; pueblo que se cree ciudad. ¿Pero por qué estoy hablando de La Virginia si es un pueblucho que nada ofrece aparte de calor y ruido? Hablo porque cerca de La Virginia existe un lugar que llaman La Carbonera, es un caserío al fondo del corregimiento de Caimalito.

Al momento de ubicarnos en el puente nuevo, como lo nombran los pobladores, que cruza por el río Cauca, con la mirada en la carretera que conduce a Cerritos y dando la espalda a La Virginia, uno puede ver a mano derecha a Caimalito: una hilera de casas que bordean el Cauca como buscando su nacimiento, casas que se pierden a medida que la distancia nos venda los ojos con un trapo blanco, nos pierde y luego nos reencuentra con lo queda de nosotros. A mano izquierda queda La Carbonera, casas que siguen las corrientes mansas del río hasta perderse en sus aguas. En realidad Caimalito y La Carbonera es una línea horizontal con un punto en el centro, que es el puente, línea con puntas contrarias, mientras una busca el origen de su existencia nadando contracorriente, la otra desea desaparecer como un río que busca el mar para morir. Ambos tienen el Cauca como vecino, como dormir al lado del abismo donde hasta los mismísimos sueños se los traga la negrura y nos hace sentir leves, vacíos, carnes sin peso.

FOTO5A Caimalito lo inunda El Cauca por los alrededores de Puente Viejo: llenando lugares como Barrio Nuevo y todo el sector de La Arenera. A La Carbonera la furia del Cauca no se mete a pesar que algunas casas lo tienen como animal amarrado en sus patios, los acompaña a diario; nunca se ha metido, prefiere recuperar terreno que descubrir nuevos. Y abajo los areneros, con sus espaldas que brillan como lata de aluminio en un potrero, palean con movimientos mecánicos, llenan una volqueta; otros emergen de las aguas con un balde lleno de arena que depositan en una canoa y luego descargan en la orilla para comercializar. Una pala y un cuerpo lleno de verraquera es lo único que se requiere para meterse en las aguas turbias del Cauca y ser arenero.

Pero bueno, comencemos por lo que vinimos, algunas personas no tenían más tema que tratar en La Virginia sino el tema de La Carbonera: los carritos de balineras; entonces nos dimos a la tarea de constatar por nuestra cuenta. El viaje iba a ser largo, algunos afirman que 40 minutos a pie, 20 en bicicleta, de 10 a 15 en moto. La Carbonera solo tiene una carretera y es destapada, hay niños, perros, gallinas, polvo  y es preferible caminar despacio; por lo tanto nos equipamos con bolsas de agua. Cruzamos el Puente Nuevo que se dirige a Caimalito, teniendo a la derecha la monstruosa construcción de la Zona Franca de Pereira; para entrar a La Carbonera hay que coger una especie de atajo, estrechito, a duras penas puede pasar un carro. Se pasa la estrechez y ahí está, desnuda, polvorosa: La Carbonera con todas sus imperfecciones y verdades, con todo el polvo y la pobreza, con toda la informalidad y los brazos abiertos.

Caminar por la carretera produce una especie de desprendimiento corporal, caminar en medio de casas de bahareque y barro, en medio de tanta gente a pesar que son las dos de la tarde y el sol nos abofetea el rostro; hay niños sin camisa y descalzos construyendo una carreterita como jugando a ser grandes ¡que ironía! Nos ven y apenas muestran sus rostros sucios, sus cachetes colorados, sonríen y vuelven a su faena ¿si habrá futuro para ellos? ¿Se acordará Dios de ellos? Soy franco y yo mismo me respondo: no, estamos en Colombia. Como les venía diciendo, La Carbonera solo posee una carretera, la que lleva al cinco de los rieles de la carrilera donde están los carritos y donde vive el Tío.

Mientras caminamos nos encontramos con toda clase de personas. Hay cantidad de indígenas que reciben el calificativo de memes, hablan y gritan en otra lengua, uno los escucha cuando pasa y quiere descifrar algo de lo que dicen, pero es inútil, es su lengua. Viven en casas de esterilla, ubicadas casi en el aire, no les faltan allí la huerta y las sillas de guadua en la salida, donde se sientan a pasar la tarde, mientras los más chicos se van para una quebrada a bañarse, donde niños de más o menos dos años se tiran desde un barranco a un ‘charco’ bastante hondo. “¿No se ahoga? ¿o sabe nadar?”, pregunto. “Él no sabe nadar pero chapaleando sale”, responde un niño que los acompaña.

FOTO4A medida que avanzamos notamos cómo dejamos atrás las voces, los ruidos, vamos nosotros y el silencio, todo es silencio y monte alrededor. El caserío de La Carbonera llega hasta cierto punto y solo continúa la carretera, aunque de vez en cuando surgen casas, pero más distanciadas entre sí. Al lado izquierdo pasa el Cauca con toda su debilidad, lánguido, golpeado por el verano brutal. A la vera del camino, algunos árboles luchan contra el peso de los cacaos que penden amarillos, verdes, morados y que se llevan los indígenas, de donde sacan el chocolate. Cerca de los palos de cacao está El Cinco, se pasa la curva en una zona de camping y se encuentra con el puente, los rieles y la casa de El Tío.

La casa del Tío se ha convertido en un punto de encuentro de turistas, tiene una tienda donde vende bolis, gaseosas, cerveza, mecato y limonada casera. Llegamos y nos sentamos en los rieles y preguntamos por El Tío, nos dicen que no está, que hace rato salió “con un viaje de gente en el carrito pa’ bajo”. Iniciamos una conversación con Andrés Bolaño, uno de los encargados, sobre el proyecto de los carritos de balineras; nos habló del convenio turístico con el Sena para preparar el sitio con lagos de pesca deportiva y camping. En el momento tiene tres carritos: uno sencillo que se empuja con una palanca, otro que funciona con una bicicleta y el último que está adaptado para una moto. Tiene otro que trabaja con la cadena de una moto y tiene reversa, lo pueden utilizar doce personas pero por el momento está en periodo de prueba.

Andrés Bolaño es nuevo en el sector, hace un mes que vive en una finca de siete cuadras que le quedó de una tradición familiar, finca donde El Tío tiene los carritos y donde generas sus ingresos. Mientras nos tomamos una limonada fría con sabor a humo, nos cuenta que el pasado fin de semana asistieron entre 100 y 150 personas: pescadores, campistas y personas que vienen a  montar en los carritos.

Muchos se preguntan cómo funciona el carrito de balineras. Es sencillo, lo elaboró el Tío con tablas y ruedas de balineras, le sujetan una bicicleta para empujarlo a medida que se da pedal, claro, a la bicicleta hay que quitarle la llanta delantera. La llanta trasera puede andar por el filo del riel sin que exista la posibilidad de caerse. “¿Y hasta donde pueden ir los visitantes?”. A lo que Andrés me responde: “pueden llegar a la parte del túnel que en motor tarda media hora, pero en bicicleta más o menos una hora; o hasta el río Otún, o hasta Estación Pereira, donde se cayó el puente”.

FOTO3El puente de Estación Pereira lo tumbó la furia del agua y hasta allí llegan los carritos de La Carbonera, pero al otro lado están los de la estación y uno puede realizar un trasbordo y continuar el camino. El Tío diariamente obtiene ganancias de $20.000 a $30.000, aunque hay días en semana no tan buenos, pero el fin de semana compensa todo, afirma Andrés con risa.

Mientras Bolaño organizaba el carrito para emprender nuestro viaje llegó Antonio Bedoya, un habitante de sombrero, cabello largo y una voz tímida. Antonio es propietario de un carrito, él mismo lo hizo y le sirve para transportarse cada ocho días hasta su casa que se encuentra a dos horas de la casa de El Tío. No tardó mucho en acondicionarlo y partir hacia la lejanía donde ni el carro entra, pedalazo tras pedalazo, donde esperan su retorno en la noche. Nuestro carrito emprendió su camino con la suavidad de los rieles y las balineras hacia donde El Tío baja a diario: el lugar que lo ausentó por hoy dejando atrás La Carbonera, pedazo de tierra que Pereira está olvidando. A la izquierda el Cauca con su fragilidad, a la derecha monte y al frente, la distancia blanca y el viento seco palpándonos el rostro.