La ciudad fue el receptáculo de su amor. Dejaron grabados sus nombres en las esquinas donde se besaron; guardaron recuerdos en cada bar, donde alimentaban el sueño de tener el suyo propio.

 

Texto / Jorman Sebastián Lugo – Fotografías / Jaír Henao

En sus primeros años de vida Guillermo Suárez conoció los distintos matices que tiene el valle caucano cuando se acerca a las montañas cafeteras del Quindío y Risaralda. Esa mezcla entre el cholao y el café le dio un carácter magnético repleto de historias que habitan los límites de la realidad y la ficción.

Tuluá lo vio nacer y Alcalá lo reconoció por ser el loco del pueblo. Sus bromas le valieron el cariño de su generación y la simpatía que generaba le ayudó a que los jalones de oreja fueran menos severos.

Una de sus mejores chanzas la hizo una noche en la que iba de camino a casa. Antes de llegar a su destino pasó por el parque principal. En ese momento recordó que llevaba consigo semillas de marihuana. Al percatarse que estaba solo, se aventuró a regar todas las semillas en las zonas verdes. Después de varios días el clima soleado del Valle hizo su trabajo y las plantas crecieron. Cuando la policía lo descubrió, su castigo fue arrancar de raíz cada planta que había sembrado.

Su familia, de origen humilde, enfrentó problemas económicos que los pusieron en jaque. Pero él, sin dudarlo, tomó la responsabilidad y salió a buscar en el horizonte caleño los recursos necesarios para sostener a su madre y hermanos. No le importó su corta edad; ni saber que se enfrentaba a una ciudad desconocida. El deseo de ayudar a los suyos fue más grande que cualquier adversidad.

Al principio se dedicó a la venta de camisetas. Pero las ganancias no correspondían con su esfuerzo. En medio de largas caminatas por el centro de Cali encontró un bar al que ingresó como aseador. En esos tiempos dormía poco y trabajaba mucho. Se levantaba temprano a vender camisetas, cuando caía la tarde empezaba a asear el bar. Pero en vez de irse a dormir, se quedaba al lado del discómano, aprendiendo sobre música.

Hugo era el encargado de programar las canciones y fue el responsable de las preferencias musicales de “Memo”. Esas noches de bohemia le marcaron la vida. Saber que Seferina, mientras lloraba a su amor, pregonaba por el pueblo que las calaveras todas blancas son, le hicieron saber que había una música que, en sí, era pegajosa e invitaba al baile, pero que también tenía profundidad; que sus letras narraban historias y problemas sociales.

Su afición por la salsa lo hizo llenar un cuaderno con todos los nombres que le recomendó Hugo. Ningún dato se le escapaba.

Su afición por la salsa lo hizo llenar un cuaderno con todos los nombres que le recomendó Hugo. Ningún dato se le escapaba. El número del disco, el lado, cantante, autor, arreglista, orquestas. Anotaba todo. Su ansia de conocimiento fue tan grande que llenó más de cien páginas con canciones. Incluso, admite, le faltaron más por anotar, pero así empezó su camino.

Ese cuaderno le sirvió para cubrir una noche al discómano. Ya estaba tarde y Hugo, en medio de su borrachera, escuchaba los reclamos del dueño del bar. Él, Guillermo, salió en su defensa, pidiendo pista libre para ser el reemplazo por esa noche. Después de una discusión, la mejor opción era él o no abrir. A regañadientes su jefe aceptó el clamor del público, hasta que no se pudo resistir más. “Memo” puso lo mejor que tenía anotado en su cuaderno y la fiesta fue apoteósica. Cada presente se acercaba hasta él y le ofrecía trago, lo abrazaban. Su jefe se dejó contagiar del ambiente y celebró esa noche con una botella de Scotch. Cuando terminó la velada, Guillermo salió con un sueño, tener su propia taberna.

La aventura caleña no duró para siempre y Pereira le abrió las puertas. En las calles querendonas encontró lo que le faltaba para hacer sus sueños realidad.

En medio de las pendientes que ondulan el centro de la ciudad, Guillermo se vio reflejado en los ojos de Luz Mery. Supo que sus ojos no volverían a brillar tanto como esa vez; su piel comprendió que no importaría si de la luz del sol lo privaran, porque ya tenía el calor de esos brazos para reconfortarse.

La ciudad fue el receptáculo de su amor. Dejaron grabados sus nombres en las esquinas donde se besaron; guardaron recuerdos en cada bar, donde alimentaban el sueño de tener el suyo propio. Hicieron que la ciudad fuera su cómplice y confidente. En medio de esas noches, donde salían a bailar, fueron pensando en cada detalle para su taberna: la decoración, el estilo musical, la ubicación. Sin darse cuenta, su amor les dio la fuerza para no desfallecer y les moldeó su sueño.

Con el tiempo el público ya no fue público. Las personas que ingresaban dejaban el anonimato en las calles.

Después de decidir el nombre ­–La Puerta de Alcalá–, enfrentaron los primeros meses con poco público. Entre amigos y algún fanático de la salsa sobrevivieron. Pero él, haciendo gala de su picardía, vio que la diferencia entre su taberna y otros bares era la calidez, el trato, el hacer sentir especial y bienvenido a cada uno de los visitantes.

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Con el tiempo el público ya no fue público. Las personas que ingresaban dejaban el anonimato en las calles. Dar un par de pasos dentro de La Puerta, dejarse bañar por su luz azul, ver las fotografías, los artistas, los “memes”; sentir el golpe del guaguancó y escuchar el arrastre del montuno, el que sacude el alma, constituyó algo más que entrar a un bar de salsa. El estar ahí, disfrutando, compartiendo la obra de Guillermo y Luz Mery, se fue convirtiendo, poco a poco, en ingresar a una familia.

Mientras la familia crecía y el éxito abrazaba a Guillermo, la relación con Luz Mery sufrió una fractura que nunca sanó. Ella se alejó de su costado y él sintió frío de nuevo. Un error le costó el amor de su vida.

Con el tiempo, el tambor le fue sanando el corazón con su repiquetear. Los días se hicieron vivibles y toda la familia de Alcalá lo arropó. A ellos les dio todo el amor que tenía, a los coleccionistas, bailarines, melómanos y fanáticos que lo visitaban cada fin de semana, les dio algo de sí.

Junto con un grupo de amigos buscaron la manera de llevar la salsa a los barrios marginados. Fotografía / Cortesía

Junto con un grupo de amigos buscaron la manera de llevar la salsa a los barrios marginados. Luchando contra molinos de viento y entre ventas de empanadas en la calle, hicieron que la naciente orquesta Son de Cuba diera sus primeros pasos. Luego se unió a Fabián Marín, coleccionista y bailarín profesional, para apadrinar a un grupo de niños y adolescentes de escasos recursos, y regalarles los implementos necesarios para bailar salsa. Con Fabián hizo un evento donde los presentó en La Taberna. Ese día, una chiquita se le acercó dibujando una sonrisa en su rostro. Le dio las gracias por cumplirle el sueño: siempre había soñado con bailar en un bar de salsa y esa noche lo había hecho. Guillermo, en medio de su emoción, comprendió que su sueño ya no era solo de él, sino que lo compartía con muchos más.

No todo lo que ha vivido Guillermo en La Puerta lo ha hecho sonreír. Una noche, mientras atendía el pedido de un cliente, recibió una llamada. Al colgar, olvidó que la taberna estaba llena y buscó en su biblioteca una canción. Cuando la encontró, cerró sus ojos y la puso a sonar. En medio de los compases de Melcochita, le agradeció a la vida por darle la madre que tuvo, la abrazó en su último viaje y se despidió de ella, deseándole una eternidad en paz.

Ahora que sobre su cabeza tiene las hojas blancas del tiempo, se da cuenta de la importancia de la música en su vida. Por medio de ella conoció a sus dos ídolos, Renzo Padilla y Dewell Narváez; también se conectó con su hijo, a quien le legó su colección. Pero lo que le refresca el alma es ver que su nieta da sus primeros pasos como bailarina profesional. Observarla en la tarima también le volvió a alimentar el sueño de llevar la salsa, en sus diferentes dimensiones, a los barrios más pobres de la ciudad. Sabe que la música tiene un universo de posibilidades con las cuales erigir una vida, y poco a poco, busca la manera de hacerlo realidad.

Hablar con Guillermo es pasar de una historia a otra; es entender que en su cabeza fluyen los recuerdos y que cada uno tiene algo cómico, dramático e increíble. A pesar de sus años, las historias van y vienen, todas narradas con buenos giros y palabras exuberantes. Antes de despedirse, comenta una joya de su juventud, una ocurrencia propia de alguien como él.

En medio del show Daniel Santos encendió un cigarro y le dio varias caladas. El humo viajó por una parte del público y luego desapareció. Entre la multitud y cerca de la tarima, un joven vio el humo pasar y sin pensarlo dos veces, de un salto llegó al lado del Daniel, burlando la seguridad, para pedirle al cantante el resto de cigarro que le quedaba.

Al recordar ese momento, Guillermo se ríe por lo osado que fue y por lograr lo que muy pocos pudieron. Después de la risa, se da cuenta que, en esos segundos, mientras estuvo en la tarima, no dimensionó estar frente al “Inquieto Anacobero”.