Le gustaría tener su propia familia, es decir, varios hijos y un esposo que la ame, que se acueste con ella sin dinero a cambio, que la consienta y, sobre todo, que le ayude a olvidar toda una puta vida, no la del oficio, sino la que siente que atormenta su corazón desde siempre: la que ha hecho con ella lo que quiso.

DSC_0322

Por: Karla Agudelo Urquijo

El tiempo se había pasado volando, el olor a azufre ya no incomodaba tanto y mi labor periodística estaba a punto de terminar. La tarde se tornó amena. Entre sonrisa y comida se pasó el tiempo. El almuerzo pueblerino finiquitó con “este pollo está maluco, sigamos nuestra labor, vamos al Retén”.

DSC_0317El pueblo estaba de fiesta, afuera sonaba un ruido incómodo, entre música y el runrún de las motos, transporte principal de Marmato, Caldas, pueblo minero. No es una provincia pobre, el dinero abunda como abundan las cervezas.

¿Qué es El retén?, pregunto dentro de mí. Miro al cielo y aquel hombre que está a mi lado se siente un poco frustrado frente a su almuerzo, su sonrisa lo delata; sus ganas de irse no eran  secreto para mis ojos. Le pregunté: ¿qué es El retén? Hombre de cabello negro, cuerpo extremadamente pequeño y ostentosas gafas que esconden los ojos alargados y pestañas medio largas, de color café oscuro, es difícil de descifrar, hay que abordarlo para poderlo conocer. Con un tono de voz baja me dijo “es el ‘putiadero’ del pueblo minero”.

Respondí con una sonrisa discreta y delicada, y mi mente me interrogó diciendo ¿por qué no haces una labor periodística en ese lugar? Y así fue. Éramos cuatro camino al “putiadero”, que no era lujoso ni mucho menos agradable, pero los mineros y trabajadores de la zona veían en él un santuario para contar sus penas a mujeres que ganan su vida entre baile, humo y cervezas.

Primera parada

Llegamos justo al lugar, una casa vieja de color blanco con café en medio de la curva de la vía principal que asciende a lo alto de la montaña. Puse un pie en el lugar y el chiflido de los hombres hambrientos y borrachos era atacante.

DSC_0319

Los hombres se convertían en cazadores y nosotros, como sus presas, listos para cazar. El león en busca de su carne se queda en palotes para lo que se podía expresar en esos 20 segundos que nos tomó pasar de la entrada a la mesa donde nos íbamos acomodar.

Se nos acercó una bella dama. La belleza en el lugar es un poco pueblerina. No es la mujer rubia con su cuerpo escultural, con ojos verdes y su cabellera brillante, no es lo que se ve en el lugar. Son mujeres gruesas con vestidura desgarradora, con alarmantes cabelleras un poco enredadas y sucias, pues la grasa de su pelo se puede observar en la oscuridad de la noche, una noche con olor a azufre y fiesta.

La puta me había dedicado tiempo y, lo mejor de todo, no tuve que pagarle un solo dólar o mejor dicho un solo peso. Parecíamos las amigas que empiezan a conocerse y nada más.

Su corazón palpitaba casi al ritmo de los tambores de la calle, y su lucidez opacaba hasta el cielo estrellado que poseía la noche. La morena de ojos claros era contemplada por todos y querida por más de uno; simplemente era una señora espectacular, espectacular en su manera de ser, en su forma de hablar y al mismo tiempo en su forma de atender a los demás: es la mesera del lugar.

El tipo que la había embrutecido desde el primer momento, le susurraba al oído inspirado por la misma pasión que “Verónica” despertaba en cualquier mortal. Una pasión que conjugaba perfecto con la música suave y los tragos baratos que el bar les ofrecía.

Olga es la estrella de esta historia y de aquella tarde que se convertía en noche. Casi dan las cinco y ella sigue de pie en su labor de mesera, administradora y ayudante principal del lugar prestador de servicio íntimo; íntimo para algunos y para otros solo un sitio para poder hablar.

Luces, espejos, cervezas y varios borrachos esperaban el show de la noche. La música comenzó a sonar y me pareció extraño que en un lugar tan lejano se escuchara lo último de reggaetón, la única música que levantaba de sus sillas a todos los habitantes de aquel lugar.

DSC_0324

La morena demuestra sus dotes de mujer sensual y atractiva, acaricia a más de uno en el bar, les habla al oído, da turnos para las putas del lugar. Se escucha por ahí un “quisiera ser tuyo mamita”, pero nada importante, es el deseo de cualquiera. Los hombres deliran, se excitan, silban y maúllan, mis compañeros también son hombres, pero yo como mujer iba en busca de mi objetivo, objetivo básico que no buscaba placer. Lo mío era observar, analizar.

Algunas de mis preguntas le causaban risa, otras no quería contestarlas, pero tan solo con sus expresiones bastaba, como cuando en el transcurso de la noche vi salir una lágrima de sus ojos, y con su pañuelo guardado en el lado izquierdo del seno, bajo una blusa corta de cuadros, lo sacó para limpiar aquel dolor que por su mente pasaba. Ella respiraba para poder responder involuntariamente.

DSC_0329

– ¿Qué pasó en tu vida para que te encuentres en este lugar?

– Mmm… ay mamita, ¿no pues que usted no era periodista?

La risa salió a flote y del lado izquierdo de la mesa cogió una silla y se sentó justo enfrente mío. De repente, con un abrazo caluroso empezó a contarme su vida, pero no voy a contarlo toda, por lo menos no los problemas que ha vivido, lo único que contaré es que por culpa de la enfermedad de su padre, problemas económicos y la vida fácil fue que entró en este negocio.

– ¿Qué hubieras hecho de tu vida si no te hubieras encontrado con ese tipo?

– Mmm… no tenía plata así que hubiera trabajado, mi padre necesitaba medicamentos y aquel hombre me ayudó, pero esa colaboración se convirtió en un canje de satisfacción y para mi de dinero. Yo quería estudiar administración.

El silencio tornó en esos segundos

– ¿No crees que estás a tiempo? Puedes empezar por administrar tu vida primero, de ahí lo demás…

– A tí te parece fácil, seguro, eres una gomela más y…

– No creas, también he pasado muchas cosas.

­– Pero no puedes compararlas con las mías, no has vivido lo que yo viví.

– …

– Y además ya no me siento mal con mi trabajo, es un trabajo como el tuyo.

– Pero eres joven y puedes conseguir nuevas oportunidades. Tu madre, ¿sabe lo que haces?

– Sí y le envío dinero para que pueda sobrevivir.

– ¡Ah! ¿Y tu enamorado?

– No mi amor, no tengo tiempo para eso -me responde con su adorable acento-.

Le gustaría tener su propia familia, es decir, varios hijos y un esposo que la ame, que se acueste con ella sin dinero a cambio, que la consienta y, sobre todo, que le ayude a olvidar toda una puta vida, no la del oficio, sino la que siente que atormenta su corazón desde siempre: la que ha hecho con ella lo que quiso.