El temor no se esfuma después del evento deportivo; la forma en que se hace la recepción del juego me demuestra que hay mucho por formar aún entre los hinchas. Sus chistes de amenaza contra el árbitro reciclando la imagen de Escobar.

 

Juan Diego Mejía.

Soñamos que vendrían por el mar.

Alfaguara.

Bogotá, 2016.

 

Por: Jáiber Ladino Guapacha

Cuando el ritmo de las ciudades desacelera por un partido de la Selección Colombia, me pregunto si ese potencial pudiera ser aprovechado para un mejor país. Me asusta pensar que quienes se dejan hipnotizar por las pantallas durante la transmisión de las luchas del onceno, tengan menos euforia para protestar contra los atropellos, las decisiones, los robos de los que somos presa.

El temor no se esfuma después del evento deportivo; la forma en que se hace la recepción del juego me demuestra que hay mucho por formar aún entre los hinchas. Sus chistes de amenaza contra el árbitro reciclando la imagen de Escobar. El flojo comentario de que los males del país tienen el apellido Uribe. Todo el mundo resulta experto en lo que le hizo falta a Rodríguez, Falcao, Cuadrado, Bacca y Quintero. Súmele las amenazas a Sánchez por la jugada equivocada. El Cauca negro solo aparece en la geografía de los comentaristas gracias a Mina y su gol de esperanza.

La unión, la tensión de un país mayoritario se desvanecen en la embriaguez y desmesura del triunfo y, sino, en el revanchismo y frustración de la derrota. Sin embargo, esos miles que agradecen me hacen pensar que no todo está perdido. Son muchos más los colombianos dispuestos a construir nación desde la comprensión, el acompañamiento, la cercanía, la lucha compartida.

Inicio de esta manera mi acercamiento a la novela de Juan Diego Mejía porque quiero orientar su lectura alrededor del amor que decimos tener por el país: ¿Qué estamos dispuestos a hacer por él? ¿Cuáles son nuestras maneras de sembrar en el terruño, las semillas de nuestra identidad?

Quiero entender a Pavel, el protagonista de esta historia, como un espíritu romántico: enamorado del entorno natural y de las comunidades que lo habitan, devoto del lenguaje y a la vez, guerrero en el frente de batalla. Y, por lo tanto, equivocado también, desde el punto en que estemos nosotros, puesto que nos hemos investido de un estatus moral en el que descalificamos la humanidad del otro hasta ningunearlo con decirle guerrillero.

La novela avanza en dos momentos de la vida del protagonista: lo que fue su vida en Medellín antes de irse a la Costa Atlántica y, a la vez, su misión en el Magdalena esperando por unas armas que no llegan. Estamos en los años anteriores a la Toma del Palacio de Justicia, a la avalancha de Armero, años que aún le pasan factura a la democracia de nuestros días por la negligencia del Estado, por su asociación con narcotraficantes, por el fortalecimiento de una insurgencia inspirada en ambientes académicos, que echaba mano de la carne de cañón que favorecía la marginación.

Pero no nos equivoquemos con Pavel. Si bien podemos acercarnos a un “espíritu de época” a través de su visión del compromiso social que debe tener el arte como motor social, lo cierto es que estamos, ante todo, delante de un dramaturgo.

Y no solo lo digo por el papel que cumple en la novela como actor con su grupo de Medellín, en las correrías por las riberas del río Magdalena, en la dirección y montaje que asume con los jóvenes la región bananera para que no olviden la masacre del 28. Lo pienso, sobre todo, porque la devoción que tiene por el teatro, lo hace valorar esa necesidad del otro, para poder realizar la ejecución del papel que nos toca. Es decir, la soledad del personaje atrapa, identifica.

Pavel permanece en estado de conversación, su palabra es decisiva para los otros. Mas, ese calor afectivo que le brindan no logra curarlo de cierto pesimismo, cierto color nostalgia, compartido en imágenes llenas de poesía: “Tal vez iba llorando en la Magdalena que me llevaba por las sabanas costeñas. Nadie se fijó en mí porque me acomodé junto a una ventanilla para ver el paisaje que dejaba atrás. Eran ranchos con techo de paja y muros de tablas. Eran también viejos trepados en burritos que los llevaban despacio a sus parcelas. Trabajadores con machete en la mano que iban caminando por la orilla de la carretera. La vida seguía igual. Nadie sabía que yo iba en aquel bus tratando de borrar ese tiempo de mi memoria” (pág. 257).

El amor le es esquivo porque “las mujeres comprometidas con la revolución son muy complejas {…} Las mujeres como Yolanda terminan haciendo lo mismo que las mujeres humildes. Son dulces cuando no hablan de política. Son buenas amigas. Saben que a tipos como yo nos da pánico la soledad de los domingos por la tarde {…} Las mujeres como ella nunca confiesan que tienen miedo. Tampoco dicen a qué están jugando cuando le toman la mano a uno y se la aprietan con fuerza. Uno tiene que adivinar que ellas sienten algo con las caricias. Tampoco se les puede insinuar nada parecido a la infidelidad” (pág. 173)

Pavel, como formador de actores, sabe también que su tarea está cumplida cuando el aprendiz se aprende a valer por sí mismo y sabrá asumir el rol que la vida le plantee. Su amistad con Nacho ofrece, para mi búsqueda, las mejores páginas, las del partido a seis goles en la playa, en la madrugada después de la borrachera.

Mejía ha construido un personaje que me preocupa no nos demos la oportunidad de leer, conocer e interrogar en nuestros días por ese afán de actuar después del acuerdo con las FARC. Creo que, si nos damos el tiempo para pulsar esa fibra tan interior, algo en la mirada cambie.

No porque la novela contenga ese propósito ético y político de la reconciliación. El autor ha puesto su narrativa más allá de un posible juicio histórico que quiera hacer el lector con ella como pretexto. Lo que digo, lo pienso más por la humanidad que es capaz de retratar la novela.

Quizá porque soy devoto del significado que tienen los pesebres, creo que vale cualquier esfuerzo porque se den escenas como la de Pavel reencontrándose en el espacio del hogar, con su mamá: “Entonces nos sentamos los dos a comer en la mesita de la cocina. Desde mi silla veía el pesebre armado como de costumbre. Siempre pensé que mi mamá gozaba más que nosotros haciendo montañas con cajas de cartón que luego forraba con papel encerado {…} y lograba un mundo en miniatura, con olor a monte y al plástico de los muñecos”.

Quizá es que necesitamos asistir a teatro para aprender a “desescalar” el discurso, para que sea posible el debate de las ideologías y no las masacres selectivas que en los últimos días parecen revivir.