La imagen confusa de la fiesta de matrimonio, la que aún te atormentaba, empezó a tener cierta carga emocional. Decidiste consultárselo a ella y fue algo similar a una bomba lo que estalló cuando te dijo lo que había pasado por culpa del alcohol y la lujuria. De aquí a allá volaban acusaciones.
Por: Julián David Cangrejo
Ilustración: Diego Firmiano
Despiertas con la alarma de las seis de la mañana. Hoy no vas al trabajo, pero debes alistar al pequeño Lucas para llevarlo al colegio; ha completado la semana de luto en casa de sus tías y ya que ha regresado contigo debe volver al colegio. Ahora te encargarás de él.
Te sientas al borde de la cama. Tu mirada se pierde unos segundos. Vas hacia la cocina, pasas por la sala y al alzar el rostro encuentras aquel trofeo sobre el mueble. Tu memoria traicionera ha querido recordarte el campeonato de fútbol intercolegiado. Tenías trece años cuando perteneciste al equipo. Sabías de ella, la conociste en un recreo cuando tus amigos te la presentaron. En ese partido jugaste con gran empeño para ganar su atención y lo lograste. Al final, ella se acercó para saludarte. Te sentiste un ganador.
Entrabas a las duchas y encontrabas a tus compañeros del equipo desnudos: algunos con un intento de vello púbico, comparando los tamaños de los miembros, los cuerpos marcados en el abdomen y las piernas. Ahí estaba Elián. Al verte se te acercó mientras se le balanceaba el pene con el singular lunar en forma de elefante en su prepucio, razón por la cual ganó el apodo en la secundaria. “Buen partido jugó hoy, se lució”, te dijo mientras chocaban los puños, “dejó impresionada a la pelada”. Solo sonreíste y agradeciste.
Luego de años de noviazgo, tú y ella decidieron casarse. Fue una fiesta de matrimonio bien planeada. Entre los invitados estaban los del equipo de fútbol. Quizá fueron los tragos o palabras de más las que se atravesaron, pues percibiste a voz difuminada el desespero de una enemistad. El cinismo era evidente. Durante la fiesta viste de lejos que el vestido blanco y de velo se entrelazaba con un esmoquin negro. No eras tú. Diste la posibilidad de confundir caricias íntimas con abrazos fraternos.
Llevaron una vida de casados bastante normal. No planearon tener hijos aún, pues la prioridad era trabajar, ganar dinero y conseguir un buen hogar. Rentaron un apartamento y ambos consiguieron empleos de tiempo completo que a veces resultaban extenuantes: días enteros encerrados en una oficina, sin poder verse, ofuscados frente a una pantalla monótona, haciendo cuentas que siempre llevarían a una cantidad exacta. Debían cumplir con los deberes para poder disfrutar los fines de semana juntos o las noches en que se encontraran, que eran pocas por el trabajo que se acumulaba en algunas jornadas.
Cansado, te viste en la obligación de buscar una salida, algo que mejorara la situación para ambos. Resolvieron mudarse a otra ciudad y buscar nuevos empleos. Pero la situación no mejoró, y estos fueron también extenuantes, con jornadas que debían seguir de largo, sin poder encontrarse en las noches, y ella se quejaba de tener que pasar de largo trabajando. Y, con la idea de crear una vida mejor y que ella solo se encargara del hogar, te rondaba la idea de querer ser padre, porque, a pesar de todo, la imagen de aquella noche en la fiesta de matrimonio seguía asechando en tu memoria. “Quizá tener un hijo podría amarrarla”, pensabas.
Vas a buscar una taza de café caliente. Atraviesas el pasillo donde hay fotografías del matrimonio.
Lucas nació la tarde de un martes en una ciudad distinta a tu natal. Del mismo color de piel y cabello de ella. Llegaste tarde al nacimiento por cuestiones del trabajo, por eso lo viste entre los brazos de ella envuelto en telas y pañales, silente y delicado como el agua de un lago en calma.
La imagen confusa de la fiesta de matrimonio, la que aún te atormentaba, empezó a tener cierta carga emocional. Decidiste consultárselo a ella y fue algo similar a una bomba lo que estalló cuando te dijo lo que había pasado por culpa del alcohol y la lujuria. De aquí a allá volaban acusaciones. Todo terminó en discordia. Alistaste maletas y te marchaste a otro lugar para vivir, dejándola a ella con Lucas, a quien viste ocasionalmente los siguientes siete años.
Dejas la taza de café a un lado, bajas el rostro porque tu memoria te recordó la última gran pelea en tu casa —te dije que era una traicionera—.
Pelearon, ¿recuerdas? Pelearon por quién se quedaría con Lucas, por el dinero del estudio, la comida… ¿Quién tendría la razón? Eso no le importaba a ninguno entonces, solo querían ganar. Pero la rabia le pudo y ella decidió huir a toda velocidad en el auto. Lucas se quedó a dormir contigo esa noche y, luego de una hora, te llamó la policía para informarte que ella había muerto tras estrellarse con otro auto.
¿Qué harías sin ella? Jamás cuidaste de tu hijo como un padre. ¿Sabes hacer de comer, siquiera? No. Siempre contratabas una niñera para que se encargara de lo que necesitara Lucas los días que se quedaba contigo. Durante el funeral sufriste, más que por las responsabilidades que te acaecerían, porque, a pesar de todos los infortunios, la amabas, la protegiste siempre, la quisiste como la única mujer que fue para ti, como la madre de tu hijo. Ahora el seguir adelante sería lo único que tendría que pasar. Te sentiste orgulloso de ti, de ella igual, y tu deber ahora sería sentirte orgulloso de tu hijo.
Dejas de recordar a voluntad propia. Te limpias la cara con las manos, como si eso sirviera de algo. Suspiras profundo y caminas rápido a la habitación de Lucas. “Van a ser las siete, hay que apurarse”, le susurras al oído. Lo alistas para ducharse: primero le quitas la camisa y luego el pantalón del pijama. Su piel blanca intenta traerte recuerdos, pero en el afán del trajín los evitas. Le bajas el calzoncillo y un frío corrientazo te recorre de la cabeza a los pies al notar en su infantil miembro la figura de un paquidermo dibujado delicadamente en el prepucio.



