Luz verde (Cuento ganador)

 

El semáforo en verde; alcanzo a pasar. No está de más ahorrar cuarenta segundos y llegar a tiempo a la próxima estación. Desde el sardinel, una mujer hace señas con la mano. Debo escoger entre pasar antes de que se encienda la luz roja o recoger a la mujer que ha pedido la parada. Es hermosa. La recojo. Puesto que no hay carros, podría ignorar el semáforo en rojo, pero un policía de tránsito lee mis intenciones y, clavándome la mirada a través del retrovisor, me obliga a obedecer las reglas.

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Por: David Mauricio Paredes Rodríguez*

Ilustraciones: Chucho Barrera Henao

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Entonces apareció aquello que mis ojos tenían que ver y ante lo cual no pude hacer nada: a mi izquierda, ignorando mi presencia, Angélica besó a un muchacho menor que ella y le dedicó una sonrisa, aquella que no había visto yo desde el día en que me vio rodar gradas abajo luego de salir de la ducha.

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El semáforo otra vez en verde. Qué me importa si todo el mundo tiene afán. Voy a quedarme aquí hasta que Angélica me vea; debe entender que lo sé todo; debe sentir culpa, vergüenza, compasión. El semáforo en rojo. Maldita sea. Cuando habla conmigo se distrae por cualquier cosa, y ahora que está con ese pendejo ni siquiera se da cuenta del escándalo que hacen los carros que quieren avanzar. Ni Angélica ni su amante se dan cuenta del caos que se está formando. Vuelven a besarse, vuelven a sonreír.

Hago rugir el motor para completar el escándalo. El amante de Angélica echa un vistazo por encima del hombro de ella, hace mala cara y se queja del ruido. Ella lo toma de la mano y se lo lleva. Desaparecen. Acto seguido, hundo el acelerador sin fijarme en el semáforo. A gran velocidad me aparto del lugar como si la realidad tronara detrás de mí con su claxon y sus gritos, con sus imágenes de amor acabado. La vida me aturde y sólo hasta ahora puedo notarlo. De cierto modo, mientras los pasajeros gritan, escapo de todo: los edificios, la situación, las circunstancias, los personajes, todo queda atrás.

Veo en el retrovisor a un hombrecillo que se hace cada vez más grande. Se ha levantado de su silla y viene dando tumbos por el corredor. Freno súbitamente. El héroe se estrella contra la registradora. Pobre de él. Arranco de nuevo y me parece que, como caballo de película, el bus se para en dos patas y sale disparado, dejando una polvareda. Las personas que no están roncas de tanto gritar hacen un escándalo peor. Es como si fueran aferradas a la cola de mi caballo y la inercia las sacudiera y les cortara el grito. Qué risa. Van como atorándose. Quieren vomitar. Es la montaña rusa. No debieron haber pagado si no eran resistentes al vértigo. Olvidamos poner cinturones de seguridad; perdón, señores usuarios. Depositen una queja en el buzón de sugerencias. ¿Alguien necesita un lapicero?

Atropello a un par de policías. Es suficiente. Las personas no gritan más. Reduzco la velocidad pero entiendo que, más estúpida todavía que la loca carrera sería una mansa capitulación ante las autoridades. Si ya estoy tan implicado en lo que por lo menos es un doble asesinato, no me entregaré sin intentar todo lo posible.Luz-Verde02

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Reanudé la marcha. Estaba seguro de que pronto aparecerían más policías y lo único que sabía era que no podía asesinarlos. Lo mejor era deshacerme del bus y emprender la escapada por otros medios. En ese momento pude imaginar, casi ver, el retrato hablado que las personas harían de mí. Incrementé nuevamente la velocidad, estabilicé cuanto pude la dirección, oprimí el botón para abrir la puerta y, sin pensarlo demasiado, me dirigí hacia la salida. Ante la estupefacción del público me quedé un segundo en la última grada. Y como si se tratara de un sortilegio ineludible, me lancé, ya para ser libre, ya para morir.

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Me cubro la cabeza con ambas manos y ruedo no sé cuántos metros. No sé si tengo fracturas pero estoy raspado por todas partes. Dicen que uno es insensible cuando está caliente y que los dolores se manifiestan a medida que pasa el tiempo. Es mejor buscar un lugar para esconderme.

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Me dirigí hacia un callejón donde la tapa de una alcantarilla se me presentó como la mejor opción. Miré que no hubiera nadie cerca y descendí al subsuelo. Ya abajo, comprobé que la caída no me había hecho perder la cajita de fósforos ni los cigarros. Fumé los que quedaban. Caminé de lado a lado en los escasos tres metros que medía mi hogar improvisado, la prisión que me imponía como quien escapa del mundo pero no puede escapar de sí mismo, ni de sus culpas ni del candil apolíneo donde se origina la conciencia del mal.

Bien entrada la noche, con los pies mojados, la sensación casi placentera de haber perdido todo, el frío en los hombros y ni un solo cigarro más, decidí salir. Podía buscar la manera de abandonar la ciudad. Podía ir a entregarme a un puesto de policía…

Abandoné mi escondite y fui sorprendido por el recuerdo de Angélica. A esa hora ya debía estar durmiendo.

Al llegar a la casa, timbré. Mi querida traidora salió con los ojos entornados por la somnolencia. La miré durante poco tiempo y no respondí a su saludo. Caminé renqueando hasta nuestra habitación y sin preámbulos abrí el closet; saqué, primero, una maleta, luego un montón de ropa. Angélica entró y se quedó a mi lado, estupefacta, con los ojos anegados de culpa o inquietud. “¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes la ropa así? ¿Por qué estás de sangre? ¿A dónde te vas, mi amor?” dijo, y se dejó llorar como quien repara en lo definitivo.

            Angélica nunca llora, carajo.

            “¿A qué lugar te gustaría viajar en este mismo momento?”, le dije.

*El cuento fue el ganador del segundo concurso de cuento joven TRAS LA COLA DE LA RATA, concurso que recibió un total de 169 cuentos.