Cuento histórico número mil

Página211

 

Por: Santiago Vais*

Ilustraciones: Chucho Barrera Henao

Era la página 211, lo sabía muy bien y seguramente su director de tesis también lo reconocía.  Y sus años de juventud en las tierras provinciales le habían asegurado el destino que hoy lo presentaba ante la ocurrencia y las clases magistrales como el historiador obligado a presenciar ese terrible presentimiento de los años venideros, las angustias de la profesión, los mandatos académicos y todas las subsiguientes investigaciones que le elevarían las jaquecas, disgustos e insultadas de la peor calaña. Página 211, García Márquez. Primero, descubrir qué es lo novelesco y qué orden es la realidad. Cuando su director de tesis lo llamó, no fue para otra cosa que para confirmar que todo se encontraba en el orden de lo establecido: el autor estaba en lo cierto.  El general en su laberinto era una oda a la legitimidad, la realidad, las desazones del corazón y las fiestas de la música. Pero ahora sí, manos a la obra, Augusto.

Una caja de don Juan de Dios Amador. Él la poseía y la pesquisa se debía guiar tras sus pasos, comenzando por sus huellas, amores y traiciones en Santa Fe. Augusto recordaba bien las palabras de Simón Bolívar “No podemos dejarla, mientras no sepamos al menos si es nuestra”. Juan Francisco Gutiérrez, su jefe, le pidió para finales de diciembre el resultado de sus pesquisas: ¿Qué demonios hay (o había) en aquella caja? No es que le molestara comenzar aquellas investigaciones, pues su método era más bien el de la quietud, la academia que distribuye conocimientos adquiridos y no por adquirir. Debía hacerlo con inercia pero veía ante sí la propicia oportunidad de descubrir verdaderamente su oficio y su nombre en primeras planas; impreso en el papel, aludido por los caudillos latinoamericanos que en todas sus sesiones de prensa tenían a don Simón allí atrás, con el porte inglés que jamás poseyó.

El Centro de Registro Histórico le acomodó una cita. El reportero lo esperaba en la puerta. Augusto lo esquivó con anticipación, no lo vio fugándose mientras aprovechaba una tundra de gente que se repartía por el centro de la ciudad, de los cuales algunos entraban en el CRH aprovechando el atajo que les ahorraba un callejón lleno de helechos y palmeras enanas.  Sabía que los medios nacionales alentados por la propaganda bolivariana se habían dado cuenta de la pesquisa y aquel reportero no quería otra cosa que sacarle información (que, por cierto, no poseía) sobre los pasos dados en la investigación del cofre.

Lo pusieron a esperar. No había nadie allí, ni siquiera había sillas o mesas que le indicaran un puesto de espera. Se apostó cerca de una ventana, desenrolló un paquete de cigarrillos Derby y prendió uno; soplaba mientras tiraba el humo por la ventana.  Era un cuarto oscuro, como ya se había imaginado, lleno de papeles, archivos, carpetas azules con nombres pegados en los lomos, llenos de cinta y grumos.  Se sorprendió, de pronto, cuando en una esquina logró ver lo que se parecía a Simón Bolívar (tuvo que apagar el cigarrillo y caminar un poco hacia allá para comprobar finalmente que sí era él) otra vez inglés, otra vez tan falsamente europeo.  Se empezó a impacientar, primero no veía a nadie, no se escuchaban pasos ni murmullos, ni teclados de computador siendo manipulados, la luz empezaba a palidecer. Caminó hasta la puerta, asomó la cabeza y volvió a entrar en la habitación para dirigirse a la puerta interna donde tocó dos veces y esperó.  Pero no salió nadie. Sintió la eterna necesidad de prender otro cigarrillo, pero esta vez no fue hasta la ventana, sino que se sentó a fumar allí mismo en el cuarto de espera.

El reportero entró en la habitación. Se quedó alelado viendo como circulaba el humo que subía espesamente y se fugaba a través de la ventana. “¿Augusto?” preguntó. “No” respondió mientras se ponía de pie y salía.

Página211(2)La Antigua Cámara de la República le prometió tenerle listos los registros de dos Juan de Dios Amador para las dos de la tarde, hombre insigne en la restauración de la república de la Nueva Granada (lambiéndole el culo a Simón en todo lo que éste necesitase): guardándole el cofre hasta que la unidad del continente estuviera lista y cuyo contenido le tenía aguantado sol desde hace tres semanas. No lo atendieron, estaban demasiado ocupados como para hablar de viejos muertos mientras afuera se reclamaban a gritos preguntas sobre el impuesto predial. Pasó cerca de un kiosco de periódicos, de esos nuevos que se habían construido en la Calle de la Fundación, y como una revelación se le presentó el libro donde aparece una hamaca y unas botas con espuelas sin pies de la editorial Oveja Negra, “libro marica ”. Lo compró.

Llamó al CRH. Escuchó con lástima las disculpas que le escupían al otro lado del teléfono mientras la cita estaba reprogramada para dentro de tres horas. El reportero estaba sentado en la misma sala que lo encontró. Augusto recordó un cuento que escribió cuando tenía diecisiete años La fila interminable. Por otra extraña razón, recordó Casa tomada. Le ofreció un cigarrillo al periodista.  “Estoy en un laberinto” dijo Augusto de repente, como tratando de ser gracioso. “Ah, entonces sí eres tú” le respondió el otro pestañeando mil veces.  “Soy yo, pero no hay respuestas” y agregó “a qué horas abren esta mierda”. “Vea, pronto, muy pronto, además yo le tengo la respuesta”.  La puerta de la oficina de Registro Histórico se abrió y un hombrecito de gafas salió, pero al verlos se encerró enseguida. Ambos hombres se miraron y soltaron una risita. El cuarto estaba oscurísimo; lo único visible era el fuego que producían las caladas de los cigarrillos. “Yo tengo la respuesta” repitió.

“Cinco líneas más abajo estaba” dijo “en el cofre no había más que el cabello canoso de George Washington”.

Augusto miró por última vez el retrato de don Simón colgado en la pared. Le sonrió y después de titubear un poco, le dijo al reportero: “Te concedo la entrevista”.

 

 

 

*Santiago Vais es el seudónimo con el que el concursante Kevin Marín firmó  este cuento para participar en el primer concurso de cuento joven TRAS LA COLA DE LA RATA. siendo a consideración del jurado el mejor de todos los cuentos que se presentaron al concurso.