Felicidades, su Chocoramo

Caminando entre banderas y Macondos como restaurantes llegan las postales imaginarias. Entonces es parte del instinto el pensar en un pastelito rectangular cubierto por una capa chocolatosa que al morderla se quiebra como si revelara el mapa de un tesoro. 

 

Por: Gustavo Vargas

Por el Mercado Medellín

Hay un mercado en Ciudad de México que es una tienda esquinera colombiana; un consulado gastronómico donde el acento paisa retoma su lentitud dulce y es preocupante el no estar atento al cambalache. El Mercado Medellín abarca una manzana entera de la Colonia Roma, en pleno corazón urbano, y se ha ligado a la pululación de restaurantes y panaderías donde los buñuelos y pandebonos se mezclan con el ajiaco, el sancocho y la bandeja paisa. Hay vallenatos y cumbias, tres colores ondeantes de un continuo 20 de julio y voces invadiendo las esquinas con un anecdotario de ritmos bogotanos o caleños.

El mercado toma el nombre de la calle que lo ve despertar con un sabor a fruta y sur, la cual, a su vez, toma el nombre de un municipio veracruzano donde el son jarocho se baila con brisa caribeña. Aunque este Medellín en la urbe chilanga pareciera ser un impulso del nacionalismo colombiano, iniciado dos cuadras antes, que nos recuerda las comilonas familiares el fin de semana o aquel llamado ‘Algo’ en la tarde donde el pan de mil busca ser migote en un tazón de espuma y chocolate.

Caminando entre banderas y Macondos como restaurantes llegan las postales imaginarias. Entonces es parte del instinto el pensar en un pastelito rectangular cubierto por una capa chocolatosa que al morderla se quiebra como si revelara el mapa de un tesoro.  Pero el pastelito es pastelito cuando cruza la aduana, tiene su revisión antinarcóticos y eleva la alegría de algún colombiano perdido en México. Antes, en el inicio del  sur, en alguna ciudad con un parque Simón Bolívar, su designio es ser ponqué y viene empacado en una bolsa naranja, como confite gigante, como regalo cotidiano. Por ello, caminando, pensando en el ponqué-pastelito, voy hacia Medellín en busca de un ‘Chocoramo’.

Por el Mercado Medellín (2)Frente a la entrada del mercado observo el mural que es su tatuaje: frutas desbordando canastos, fiesta de carne y maíz; se me hace injusto que no haya alguna honra para mi afán de gastronomía de infancia en tal mosaico latinoamericano, en ese recorrido por una fiesta nuestra como lo es el atravesar la entrada con olor a guayaba y perderse en un laberinto con paredes de piña, yuca, cocteles de camarón y piñatas ‘Dath Vader’ o  ‘Supermán’; pero tengo un hilo de Ariadna y busco mi guía astronómica en las banderas que cuelgan del tejado.

Paso por Perú, siento el mate argentino y la papaya brasileña. Escucho a una señora venezolana preguntar por masa para arepas y un cubano de canas me da a probar el sabor vainilla de un helado hecho con recetas de su isla. Me pierdo en un local donde los chilaquiles son un plato de orgullo y cruzo palabras con un hombre en busca de café. Cerca está la bandera final; una emoción pequeña, como si un bambuco y un vallenato me reclamaran a pesar de mi ignorancia de pies y azote de baldosa, se intenta extender en una mirada de ojos muy abiertos.

—¿Va a querer algo? -pregunta una mujer joven que sale de la nada, con indicios de primera venta.

—Sí, quiero un Chocoramo -.

—Voy a ver si hay, porque solo tenemos en paquete -.

Antes de que indague por el precio y haga matemática para el bolsillo, la joven se encamina hacia un local con algunos trotecitos.

En el lugar donde espero hay un mostrador decorado con latas de Pony Malta y de refresco Colombiana, porque en México la gaseosa deja de ser gaseosa y se convierte en refresco. Hay, también, paquetes de café Sello Rojo y de arepas de queso.

—¿Quiere algo más? -dice un joven con palabras de barrio bravo mexicano mientras me mira arqueando las cejas.

—No, gracias, solo los ‘Chocoramos’ – .

Por el Mercado Medellín (5)

Y al pronunciar la palabra mágica, la joven aparece de nuevo de la nada trayendo un paquete de lo preciado, de un recuerdo infantil en el Parque Industrial en Pereira cuando terminaba de jugar con los amigos y juntos íbamos por una ‘Perlita’ de chocolate y un ‘Chocoramo’ a la tienda de un tal don Luis; de un recuerdo en la universidad al sentarme en la cafetería llena de jugadores de dominó y punks no muy punks para dedicarme a los mordisco de mi ponqué; de un recuerdo citadino cuando salía del trabajo y antes de tener mi turno en el bar pedía en una cafetería esquinera el pastelito cubierto de chocolate y unas galletas ‘Festival’, sabor limón.

Resultó imposible comprar el paquete de cinco, preocupaciones de quincena etérea, pero haciendo malabares verbales para buscar una rebaja, la joven aceptó, con nulo aprecio hacia el cliente, venderme dos piezas. Gesta heroica en mi historia dulcera: tres mil quinientos pesos colombianos por cada Chocoramo. Aunque el desazón de mano triste en el bolsillo del pantalón duró poco. Saliendo compré una leche de caja pequeña en una tienda mexicana, y sentado en la banqueta del estacionamiento del mercado Medellín (no andén sino banqueta, no parqueadero sino estacionamiento, el paso del lenguaje por la aduana) abrí con paciencia de amante secreto la bolsa naranja y pude, casi al inicio del llanto, honrar un recuerdo de infancia que nos legaron desde los años cincuenta en Colombia.