Los niños se han ido poco a poco con sus acompañantes, ya que una larga y frondosa nube empieza a acercarse con tono amenazante. Así es la ciudad, intempestiva. 

Por: Jorman Sebastián Lugo

Caminando por las calles de Dosquebradas, con el despuntar de un intenso sol de tarde y media, voy en busca de un sitio donde la sombra me deje recuperar el cuerpo. La inercia me conduce a Guadalupe (un barrio modesto que está ubicado cerca del CAM). Busco el mejor lugar para que los balones no me golpeen, o el olor de una sustancia prohibida no se impregne en mi ropa.

ilustracion dos.Una larga palmera es la que me arropa con la frescura que solo los árboles saben brindar a la humanidad. En la cancha de microfútbol –que está justo frente a mí–,  hay un grupo de varios chicos que oscilan entre 13 y 15 años, que hacen el popular ‘picao’, con el ‘pico y pala’. Los dos equipos se conforman y uno de los jugadores, con cara de rebeldía, exclama: “el otro equipo quedó muy recargado. En el otro están los mejores, y nos van a goliar”. A lo que contesta otro niño que tiene una camiseta del Real Madrid: “deje de llorar y póngase a jugar. Además, quién lo mandó a ser tan malo”.

El juego se torna pausado, puesto que el balón sale de la cancha muy seguido, porque están jugando con un balón de fútbol. Asimismo, las mallas de la cancha están desgastadas y dañadas. Hay algunos lugares en los que no tiene protección y por estos lugares el balón se sale con facilidad. La cancha tampoco está en las mejores condiciones, tiene imperfecciones, pequeños huecos; al correr, alguno de los niños se puede caer con facilidad y lastimarse gravemente.

En unas bancas ubicadas en diagonal hacia la cancha, hay dos hombres mayores, que con lapicero en mano intentan resolver un crucigrama. Se pelean por momentos, en otros se agradecen, pero ninguno de los dos se atreve a abandonar la labor hasta no terminarla. Uno de ellos, en ocasiones fija su mirada en unos jóvenes, que sentados en una de las aceras del parque, se pasan de mano en mano una botella plástica. Son dos mujeres de edad incierta y un hombre de quizá 25 años. Primero una de las jóvenes coge la botella y fuma de ella, luego se la va pasando a sus dos compañeros. Luego de un par de minutos, empiezan a proferir grandes y sonoras risotadas.

En la misma banca que estoy se encuentra una joven solitaria. Se llama Catalina. Ella es una joven de 19 años que cuenta que cuando era niña, su padre la solía traer a este parque. “Mi papá me traía y nos hacíamos allá donde está el deslizadero. Era el único que me gustaba porque los otros me daban miedo. En el columpio porque de pronto me soltaba y me aporreaba; en la cancha porque los niños siempre querían jugar con los balones y le tiraban a pegar a las niñas. Además, en el pasamanos nunca pude pasar, en especial en ese amarillo que tiene forma de casita”.

ilustracion uno.También, hay unos cuantos niños que pasan por las mini-calles que tiene el parque en sus bicicletas. Mientras sus padres o acompañantes los observan callados desde las bancas que rodean el parque. Ninguno de ellos cruza palabra con otra persona. Solo observan con atención a sus hijos. Catalina, a su vez, dice que no recuerda haber visto a este lugar tan lleno en los últimos tiempos. “Cada vez que pasaba – cuenta –, estaba casi vacío. En las tardes se veía poca gente. Algunos pelaos utilizando los pasamanos como gimnasio y otros que solo vienen a meter vicio. En las noches, se veía más gente y, eso solo porque venían a jugar microfútbol. Pero no como hoy. Aunque puede ser porque ya entramos en periodo de vacaciones”.

El sol ha bajado en su intensidad y en eso ha ayudado una de las montañas que protege y alimenta a Dosquebradas y al área metropolitana. Los niños se han ido poco a poco con sus acompañantes, ya que una larga y frondosa nube empieza a acercarse con tono amenazante. Así es la ciudad, intempestiva.