El guardián entre el centeno – Robert Fonoll

 Por: J. F. Arias

En la mayoría de los círculos sociales no falta esa persona que trata de descrestar con sus comentarios excéntricos e irreverentes. La que sale con palabras extrañas y rebuscadas que nadie entiende, pero que las aceptamos como si las conociéramos desde que estábamos en la primaria. No nos gusta pasar por idiotas. Luego, al llegar a casa, hay que ir a buscarlas en el diccionario para conocer sus significados y, más adelante, replicarlas en otro círculo social en el que no esté el individuo al que hago referencia.

Eso me pasaba cada fin de semana con un personaje que se las daba de Borges. Harto de tener que acudir a Wikipedia, le interrumpí una vez frente a su noble e ignorante audiencia, para preguntarle qué significaba la expresión que acababa de lanzar mientras nos servían una ronda de aguardientes y nos paseaban bajo las narices unas empanadas radioactivas. Esa es una película de culto, había dicho, mientras la grasa le humectaba los labios y torcía la boca con arrogancia. Pero cuando le corté la payasada casi se atranca, casi le sale el ripio de papa por la nariz.

 —Pues, para que me entiendan  —decía, mientras le echaba ají a la empanada—, son esas películas que sólo las personas cultas, estudiadas, disfrutan por encima del resto.

Yo no me comí el cuento. Me pareció una explicación escueta, además regó el ají en el pantalón. Las manos le temblaron y no me volvió a dar la cara en toda la noche. Sospeché.

En ese momento me di cuenta de que era un perfecto imbécil. ¡Cómo odio a los tíos fanfarrones! Eso lo hubiera dicho Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, novela considerada de culto en varios países, principalmente en los Estados Unidos, a pesar de poseer el estigma de ser uno de los libros preferidos de los asesinos en serie.

J. D. Salinger (New York, 1 de enero de 1919 – Cornish, New Hampshire, 27 de enero de 2010) es el autor de esta novela que, de manera particular, narra la historia de un adolescente que viaja por su propia cuenta desde el internado, en donde ha sido expulsado por su bajo rendimiento académico, hasta su casa en New York. Sus padres, inocentes, no están al tanto de las últimas noticias. The Catcher in the Rye (Título original) fue publicada en 1951, años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, guerra en la que Salinger estuvo presente y la que, me atrevería a suponer, trajo como consecuencia su comportamiento huraño hacia una sociedad a la que parecía detestar. Odio, locura, depresión, cinismo, muerte, redención y buen humor confluyen en parte de sus obras. Fue un escritor prolífico, para él mismo. Muchos de sus escritos reposan en la biblioteca de su búnker, en Cornish. Nueve cuentos, Franny y ZooeyLevantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, fueron otras de sus novelas que atravesaron el umbral. Ese aislamiento y la calidad de sus obras han acrecentado la fama de un autor que consideraba la privacidad como su mayor tesoro. Películas como Finding Forrester y Field of dreams, se han valido de la figura eremita de Salinger para hacer de ellas películas de culto. ¿Si ven cómo se pegan esas marica…?

Al principio, El guardián entre el centeno tuvo que sortear varios obstáculos. El lenguaje sincero, provocador y vulgar del protagonista avergonzaba a una sociedad que trataba de esconder lo que sucedía al interior de esos jóvenes deprimidos, contradictorios y desorientados de la posguerra. Tal vez las metodologías educativas de la época, la ausencia de los padres que estaban más en sus lugares de trabajo que en sus hogares y esa paranoia de vivir en una sociedad en plena era nuclear, preocupaban a una generación que veía con incertidumbre lo que se le venía encima.

La novela, narrada en primera persona, fue traducida en 1961 por una editorial argentina con otro título: El cazador oculto. Posteriormente, en 1978, una editorial española la tradujo como hoy la conocemos, la que se popularizó en la mayoría de los países de Latinoamérica. Hay dos más. Hasta nuestros días, españoles y argentinos tienen una disputa tonta sobre cuál de las cuatro traducciones ha sido la más acertada, la más fiel a las palabras, las ideas, las muletillas, los vulgarismos y las expresiones del memorable Holden Caulfield.

La historia podemos desmenuzarla en 3 hilachas: la expulsión del internado, su fin de semana en New York y el arribo a casa.

Holden, desde una casa de reposo, narra lo sucedido después de haber sido expulsado de Pencey, el último de los tantos internados por los que había pasado. Deja muy claro que detesta el cine y que se ha comprado una gorra de caza roja que él, de manera original, le gusta lucir con la visera echada hacia atrás. Al tener un problema con su compañero de cuarto decide adelantar su partida, sin avisar a sus padres. El protagonista se describe así mismo como: el mentiroso más fantástico que puedan imaginarse. En los primeros capítulos comprendemos el porqué de su rebeldía, de su irreverencia y de esa espontanea depresión que le susurra al oído.

Al salir del internado le suceden varias cosas interesantes: como si fuera todo un galán, trata de seducir a la mamá de un compañero de estudio; a través de la ventana de la habitación del hotel descubre un mundo sórdido y escandaloso; y los encuentros con las mujeres en el Salón Malva y con la prostituta que le consigue el chulo ascensorista, pagan la boleta. Las charlas que sostiene con los taxistas, con unas monjas en la calle y con una compañera que tenía el vicio de invitarlo a su casa para decorar el árbol de navidad, son otros eventos que cobran relevancia. Puntos altos, otros no tanto. Es aquí donde la descarga de emociones avasalla al lector.

Si usted está de buen humor para leer las aventuras y desventuras de Holden Caulfield, podrá disfrutar de escenas como la ocurrida en el Salón Malva, con las tres mujeres de Seattle, donde el protagonista hace unas comparaciones sobre la forma de bailar de una de ellas: Bailé con las tres, una detrás de otra. La más fea, Láveme, no lo hacía mal del todo, pero lo que es la otra, era criminal. Bailar con la tal Marty era como arrastrar la Estatua de la Libertad por toda la pista.  La personalidad cínica del protagonista aflora de manera excepcional, a pesar de los vulgarismos y las muletillas peninsulares que utilizó la traductora. Está claro que Salinger quería un vocabulario callejero, adolescente. Y créanme, tratar de escribir cómo habla la gente del común, casi nunca funciona. El éxito consiste en encontrar el equilibrio.

Para finalizar, Holden decide ir a su casa para despedirse de Phoebe, su hermana menor, a quien ama y admira. Un poco de azúcar para la jarra de limonada. Antes de hablar con ella visita a uno de sus antiguos profesores. En esa entrevista Holden se entera de que su profe, casado y consumado intelectual, le gusta sobar las cabezas de sus alumnos mientras están dormidos y en calzoncillos. Después de semejante susto, confusión, desilusión, decide ir a su casa para contarle a Phoebe sobre sus planes de no confrontar a sus padres y de irse a vivir a un lugar lejano, distante del mundo que lo aburre y lo aturde. Como habrán notado, aquí se expresa Salinger a través del protagonista.

Personajes retorcidos, empalagosos, inocentes; diálogos brillantes, sinceros, morbosos; tramas extrañas, inesperadas; una traducción que por ratos puede fastidiar y uno que otro asunto inconcluso: ¿Qué pasó con Jean Galleguer, la amiga por la que Holden se peleó con su compañero de cuarto? Son algunos de los ingredientes que hacen parte de esta buena novela.

Sugiero al lector que esté en la mejor disposición para leer este clásico, de lo contrario no lo haga, quizás la ola depresiva de Holden lo arrastre mar adentro.

 


Título: El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye). Autor: J. D. Salinger. Traducción: Carmen Criado. Número  de páginas: 136 Editorial: Alianza Editorial. ISBN: 84-206-1689-3 Primera edición en libro de bolsillo: 1978 Vigésima reimpresión en libro de bolsillo: 1995.