Jaime Andrés Ballesteros, escritor colombiano, “Ha trabajado con el cine en todos sus frentes, desde la docencia, el cineclubismo, la realización, la gestión de teatros barriales hasta ser proyeccionista en los sitios más impensados” y ha sido finalista de cuento en varios renombrados concursos nacionales e internacionales.

 

el guionistaPor: Carolina Hidalgo

La novela El guionista del escritor colombiano Jaime Andrés Ballesteros es la literatura pensada en imágenes. Capítulo a capítulo, el ojo del cine atravesando los imaginarios colectivos de la ciudad para darles cuerpo en la escritura. La creatividad del autor está en conjugar estas dos artes hermanas: cine y literatura como dispositivos que proyectan la dimensión de lo intraducible, de lo intratable en estas sociedades modernas como son: el acoso laboral, la homosexualidad, la competencia intelectual, la frustración amorosa, la marginación, la discriminación y el suicidio.

El guionista hace del diario cinematográfico su metodología (fotografías, archivos, expedientes, entrevistas, mapas, diarios, periódicos, películas, cintas, entre otros). Esta obra literaria bien podría ubicarse en la categoría de “literatura fuera de sí”; donde el desbordamiento de los límites literarios permite su autonomía. La relación entre guion cinematográfico y literatura rompe con sus representaciones convencionales; para sustentar una nueva forma, según la guionista Luisa Irene Ickowicz observa que: “Así, las narrativas circulan generando un movimiento en espiral donde se dejan de lado ciertos elementos, se aportan otros nuevos y se recuperan algunos olvidados en anteriores rupturas”. Andrés Ballesteros –al igual que Manuel Puig– autentica el escritor que viene del cine como zona de experimentación. En palabras de Graciela Goldchluk, presentando “Los 7 pecados tropicales y otros guiones” de Puig, comenta que: “Puig funda en cambio el mito del escritor que proviene del cine. En lugar de un escritor seducido y atrapado por la maquinaria cinematográfica, un guionista que seduce a los lectores y atrapa la crítica especializada en discusiones acerca del valor de su literatura.”.

En esta ocasión, el cine moderno posibilita a la literatura su plasticidad y esteticidad. Escenas o personajes serán referentes de la novela como un contrapunteo en forma paralela al ritual de la muerte: Julianne Moore en “Las Horas”; el cine comercial gringo y sus héroes legendarios Chuck Norris, Charles Bronson, Indiana Jones; actores favoritos: Marlon Brandon; directores venerados como Akira Kurosawa, entre otros referentes. Porque el cine permite relacionar los recuerdos con escenas. Y de esta memoria audiovisual sufren los personajes de El guionista que son las nuevas generaciones mediatizadas por las tecnologías y la virtualidad. No se trata de una visión apocalíptica del uso de estas herramientas, sino de los vacíos existenciales que parecen llenar.

La historia narra la realidad compartida de una juventud diversa, pero no homogénea. Sus aficiones, profesiones, fracasos amorosos; su gran potencial creativo y autodestructivo. Es la sonoridad de la ciudad la que marca el compás de una tragedia colectiva; la indiferencia social y el individualismo que han intervenido poco a poco en las ciudades pequeñas con miras al progreso. La trama cuenta la historia de un grupo de jóvenes que concretan su muerte colectiva en arte, ellos son: Luis Alfonso Correa, profesor de billar, lo caracteriza su pasión por la fotografía y un parche en el ojo; Saúl Marciano es el Hermes vegano que comunica a la ciudad sobre la programación del cine Bolaño, Saúl es testigo de la rapidez con que una cultura se devora a sí misma, día tras día, sus afiches y avisos publicitarios compiten con los recicladores que despegan y pegan una nueva información; Elizabeth Sucerquia, cinéfila, aprendiz de medicina en últimos semestres, víctima del acoso laboral por exceso de jerarquía e irrespeto a nivel de profesionales; Jhon Andrés Beltrán, artista visual homosexual que sufre de la presión de la competencia auto infringida y del campo cultural.

El grupo prepara el montaje de su deceso (encuentros secretos en el teatro Bolaño); sincronizan lanzarse de las azoteas de distintos edificios que dan a la plaza principal de la ciudad; al ritmo del cenit del día cuando todos suspenden sus labores para almorzar, hacer sus compras, perderse en la cotidianidad. Otro de los personajes principales es el guionista Ricardo Miranda, un Sherlock Holmes que investigará la causa de estos hechos para escribir su película, sin saber que tarde o temprano se convertirá en el proyeccionista de la obra; más allá de la lectura amarillista de los periódicos y la titubeante opinión pública. Se trata de la excusa perfecta para un guion original.

El sargento Mantilla representa el aparato judicial siempre ineficaz y bastante prejuicioso para acusar a mansalva la tragedia. En la primera parte, La fotografía ideal, Jhon Andrés, un joven obsesionado con su “cámara asesina”, como llamó a su dispositivo; le llevaría a temprana edad a concursos nacionales. Jhon Andrés sufría de perfeccionismo artístico. El joven registró su muerte con la cámara adherida al cuerpo, el último flash del vacío y el desbordamiento. El autor de la fotografía ideal buscó la cámara en el punto de la tragedia, así que:

(…) se la colgó al cuello mientras sonaba el timbrecito que indicaba que estaba programada para obturar en segundos, le dio varias vueltas a la correa hasta que le quedó aferrada a la piel, apretada, lo que trajo a la mente el ahorcamiento y la erección. Sonó la alarma. Era la una de la tarde en punto. Se lanzó.

La novela en un montaje simultáneo presenta un mismo encuadre de la muerte, la infinidad de formas de representarla. En El día de mi suicidio Elizabeth, la joven practicante de medicina cansada del juego macabro de sus superiores al nombrarla como un instrumento quirúrgico –una manera de desposeer al otro de personalidad– se pregunta por: “¿cuál instrumento quirúrgico será el mío? –seguía preguntándose Eliza, aunque sabía que no se atrevería a indagar para salir de la duda y menos ese día, el día de su suicidio.”. Sucesivamente, la trama se irá convirtiendo en un montaje por sobreimpresión y disolvencia cuando la muerte se pone de forma palimpsesto en cada acción y escena de los personajes. Así, Ricardo Miranda se encontrará con su propia historia familiar involucrada en todo el montaje de los jóvenes suicidas; desde el momento en que decidió criar a sus gemelos como personajes de una película; una escena sobre otra lo conducirán a reconocer su gran error humano y sus hijos como verdaderos creadores de la venganza. Finalmente, la novela cierra con una imagen del cine como puntada final a la gran obra y es:

Lo que nunca sospechó Ricardo era que una de sus películas, “Persona” de Bergman, se volvería la obsesión de su hijo. En ella hay un personaje llamado Alma, quien realmente no existe, es el alter-ego de la protagonista, y luego al final, en el último plano, se ve un carbón de un proyector de cine apagándose, como un extraño juego que propone Bergman, donde logra unir en la cinta la mecánica de la proyección, la mecánica de la imagen y la mecánica de los pensamientos del espectador.

Solo queda leer la novela para descubrir qué tanto esta reflexión se acerca a su verdadero objetivo. Lo cierto es que el escritor Jaime Andrés Ballesteros logró capturar la atención sobre problemáticas coyunturales en la modernidad con respecto a  lo que significa ser persona.

 

 Trabajos citados

Ballesteros, J. A. (2014). El guionista. Bogotá: Oveja Negra.

Ickowicz, L. I. (2008). En tiempos breves: apuntes para la escritura de cortos y largometrajes. Buenos Aires: Paidos Estudios de comunicación 27.

Puig, M. (2004). Los 7 pecados tropicales y otros guiones. Buenos Aires: El cuenco de plata/biblioteca Manuel Puig.

 

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