Tomo vuelo y me deslizo en historias con tanta unidad y con un vínculo tan certero y evidente que me pregunto por qué todos no son escritores, pero ¡qué estoy diciendo, si en esta ciudad todos son escritores, no cabe un poeta más! Pobre la pobrecita literatura, que perece cuando todos escriben.

 

Mohau Modisakeng, ‘Endabeni 1,’ 2015, Tyburn Gallery.

Por: Jose Hoyos

Yo mando. Mi mundo es el mundo todo. La cordura me abandonó y estoy agradecido. O sea que puedo contar la historia que quiera y como quiera. Andrés, mi fiel compañero de patio, ha llegado con mirada perdida y pelos eléctricos. Se ha sentado a mi lado en la banca que ocupo cuando me dejan salir a tomar sol y me ha pedido que le cuente una historia. Andrés tiene veintiún años y está aquí por prenderle fuego a su casa. Lo admiro. Le gusta que yo le cuente historias para poder dibujarlas con el dedo sobre la arena de este patio mugroso. Cuando no tiene imágenes en su cabeza no dibuja. Si tiene una idea, no la dibuja hasta que no vea en alguna parte, físicamente, eso que busca trasmitir. Si quiere dibujar sangre, primero se corta la piel. No se imaginan lo que ha sido capaz de hacer para conseguir imágenes reales que dibujar, ya les contaré. Poco habla, solo dibuja, es un artista. Es mi único amigo, cómo no voy a complacerlo. Yo cuento porque es mi juego, contar, inventar, divagar, mentir, delirar. Acérquense también ustedes, voy contársela a todos. Esa no, mejor esa no, la idea de hablar de libros es un poco imbécil, más bien muy imbécil, a menos que sean inspirados por el espíritu de la ira. En cambio está aquella otra que… no, esa tampoco, a quién va a importarle cuando me agarraron robándome dos libros en la biblioteca de mi pueblo y por primera vez la policía entró a una biblioteca. Si solo son inicios lo que tengo, pues los cuento y ya, yo mando. Por ejemplo este: “Había una vez un pájaro. Dios mío”. Lo usaría si Clarice Lispector me dejara, pero qué me va a dejar, mejor pensar en otra cosa. Mi amigo Roberto Rivas, de él voy a hablar, y lo que contaré no tiene nada de invento, es sobre su participación en un extraño incidente; puedo relatar por qué el borracho de Roberto Rivas estuvo uno días acompañándonos en este patio y cómo cansaba con el cuento de cuando él se convirtió en un hombre sin espíritu. Es una historia tonta, dejemos que madure un poco más. Tengo una mejor: ¿conocen ustedes el secreto sobre lo que hay detrás de los golpes que lanzaba Mohamed Alí? Apuesto que no, qué van a saber de la rabiosa sabiduría de un boxeador, si se la pasan entre libros mansitos y no conocen el arrojo de almas así de potentes como la de Alí. Tampoco esa voy a contar. Ya que les gusta tanto ese tema idiota de la inteligencia, voy a contarles la historia de Aristóbulo Rey, el genial ajedrecista pereirano que allá por 1920 y con solo treinta años enloqueció porque alcanzó a calcular los 300 millones de posibilidades que se abren después de la cuarta jugada en una partida de ajedrez, imagínense el abismo. Y eso no es todo, lo más atrapante es que no, no voy a contarlo todavía, mejor otra cosa. ¿El que busca encuentra?, ¿estás seguro, Andrés? Para que veas que no, voy a hablarte de un amigo de mi abuelo que buscó durante medio siglo y, ah, espera, primero voy a ir a buscar las palabras y después te lo cuento. Bueno, aquí me pongo serio y hablo de lo que más me gusta: garrotear escritorzuelos disfrazados de místicos alucinados, qué buenas caricaturas, y lo haría de no ser porque son una presa muy fácil, mejor algo con más nivel, Flannery O´Connor, por ejemplo, la gran, gran escritora estadounidense que en 1950, ya adulta y con dos de sus mejores libros publicados, no sabía quién era Franz Kafka. Veo que tengo su interés, entonces aprovecho para cambiar de tema. Hablaré de la rabia, qué rabia, furia, que me da hacer lo que no me gusta, sonreír a la gente, hacer trámites burocráticos o explicarme. Ya tuve una experiencia aterradora con eso de explicarme ante la burocracia académica cuando propuse en mi tesis de pregrado, mediante una serie de artículos lúcidamente absurdos, que aprender geología podía ser algo novedoso y divertido; mi tesis logró el objetivo, si este era reprobar categóricamente. Andrés, no voy a joder más, me detengo aquí porque eso de la furia contra el mundo me aliviana, y para ilustrarlo voy a contarte, contarles, una historia que creé (entiéndase inventé, o sea intuí, es decir: recordé) sobre el gran maestro en erigir razonamientos filosóficos a partir del arte de rabiar contra el mundo: Emil Cioran.

Emil Cioran ha resuelto, por fin, matarse. Concluye que la muerte le disgusta menos que la vida. Redacta una carta para su esposa explicando que no soporta más el exceso de conciencia. Toma el revólver que por años ha tenido cargado y a la mano y sale de su casa con destino a los bosques de Bucarest. Planea dispararse en la boca estando lo más alejado posible del mundo. Se interna en el bosque. Los bosques de esa región, solos y apartados, siempre fueron camino de pillos y malandrines que se escondían de algo o buscaban presa. Cioran hace una parada definitiva, toma aire, se llena de valor, y justo antes de sacar el revólver dos ladrones pasan por el camino y lo ven, solo, indefenso, prometedor, nunca habían estado ante un robo tan fácil. Se acercan, y mientras uno le pide un cigarrillo, el otro intenta tomarlo por la espalda, con tan mala suerte que el viejo ya tenía bien agarrado el revólver, hace fuego y le anida un tiro en la cara al primero, el otro corre, el viejo está excitado por la sangre y le dispara por la espalda, el ladrón cae fulminado. Cuando volvió a su casa encontró a su mujer abatida por la certeza de que ya se había suicidado. «Leí tu carta de despedida, creí que ya estabas muerto». Rejuvenecido y sereno, el viejo responde: «Ya no me suicido, ya maté».

Andrés me ha dicho que esa historia no es nada del otro mundo, que mejor hubiera sido ingeniarse algo menos cotidiano. Sí, Andrés, lo sé, voy a mejorar mi siguiente historia.  Pero no es rabia lo único que me consume, no, son muchas las alteraciones que dominan en un residente de un lugar como este, cosas que en nada afectan el espíritu, al contrario. Los hombres tienen que ser insólitos porque de lo contrario serían comunes, es decir, una lata. Ah, pero no cambiaría por nada del mundo esta condición, es adrenalina imparable, ábranme paso que puedo volar, es la clase de adrenalina que hace que uno pueda arrastrar un baúl fuera de una casa en llamas. Todas, absolutamente todas las experiencias son intrascendentes si se mantiene el control. O si no pregúntenle a Clarice Lispector acerca de cuando quiso fumarse a sí misma para “incrementar la experiencia” y puso un cigarrillo encendido al lado suyo en la cama y todo se prendió fuego y se salvó de milagro, eso sí es adueñarse de la experiencia de fumar. En términos de locura, todos somos gaticos domesticados si se nos compara con el tigre que era H.G Wells, maestro, vayan dos Rivotril y una Metadona en tu memoria. Según dice el reporte siquiátrico, mis delirios empezaron cuando asumí como historias reales las expediciones de Julio Verne al centro de la Tierra y al fondo del mar, y llegaron a su tope máximo cuando propuse, con Wells dominando mis pensamientos, conseguir hacerme invisible mediante experimentos químicos. No solo me declararon inestable mentalmente, sino también peligroso. ¿Peligroso yo?, peligrosos ellos, peligrosos e ignorantes, todavía no saben que la magia es la parte más elevada de la ciencia. Estos adustos examinadores, científicos, analistas, anclados a sus viditas no solo han renunciado a la parte mágica de la ciencia, también han desdeñado el poder que tiene el sentido del humor para incitar, enseñar, revelar, descubrir. Andrés, para ilustrarte lo que hablo vuelvo a Roberto Rivas, quien siempre que estaba borracho decía no tener espíritu ni alma y solo llenaba ese vacío empujándose otra botella. Repetía todo el tiempo la siguiente historia, siempre en tercera persona, como quien habla de otro.

Los fenómenos paranormales son más habituales de lo que se cree. El fenómeno síquico del desdoblamiento afecta a una de cada diez mil personas. En este caso esa persona se llama Roberto Rivas. Al principio fue un asunto doméstico; podía ver cómo su cuerpo dormía tranquilo mientras él, en espíritu, volaba por los aires de la casa, eso sí, con mucho cuidado de no pasar cerca del ventilador de aspas. Se aburrió de desdoblarse nada más en la casa y se aventuró a salir y pudo sobrevolar a su antojo toda la ciudad. En uno de esos paseos el espíritu llegó tan lejos, que para regresar a casa tuvo que tomar un taxi. Empezó a llenar con licor el vacío de andar huérfano de espíritu. Aprovechando su condición, el espíritu se volvió ambicioso, hasta que un día tuvo serios problemas legales: quiso salir de un centro comercial sin pagar un par de zapatos. El espíritu fue encontrado culpable de hurto y condenado a dos años de cárcel. Por eso ahora Roberto Rivas es un hombre sin espíritu.

De algo me tiene que servir la demencia, puedo escribir las cosas más descacharrantes, y qué. Mi escritura parece enmarañada, pero no es así, el enmarañado soy yo, solo yo. Además entiéndanme, escribo bajo el letargo del Valium y eso puede ser engañoso, uno lo ve todo tan claro, pero al lector no se le hace nada claro, cosa poco importante desde que las emociones se despierten. Antes de salir al patio recibí mi dosis mañanera. Mi desayuno es un plato de barbitúricos. Tomo vuelo y me deslizo en historias con tanta unidad y con un vínculo tan certero y evidente que me pregunto por qué todos no son escritores, pero ¡qué estoy diciendo, si en esta ciudad todos son escritores, no cabe un poeta más! Pobre la pobrecita literatura, que perece cuando todos escriben. Se ha llegado a un punto en que escribir claro parece algo cavernícola. El garrote del que hablo es también para el loco que escribe esto, con la única diferencia de que yo sí soy un alucinado. No como el insuperable Ególito Subiría. ¿Saben lo que le pasó hace poco?, ¿no?, entonces déjenme contarles.

Entró a la librería Roma con la seguridad de quien sabe lo que busca. Repasó cada sección con la mirada, leyó los lomos con la cabeza ladeada, siguió de un estante a otro, y así hasta darle la vuelta a todo el local. Se ajustó las gafas oscuras, llamó a una empleada y le preguntó por el título que buscaba, ella puso cara de duda, de que ese libro no le sonaba mucho. Sin embargo, fue hasta la bodega y escarbó. «No señor, ese libro no está, y tampoco he oído nada sobre ese autor». Ególito repitió el procedimiento en cada librería de Pereira. Iguales resultados. Estuvo en esas durante varias semanas, tratando de recuperar el brío narcisista que le produjo su foto en la contraportada, la publicidad pasajera, la entrevista, la reseña volátil. Y le costó mucho aceptar lo poquito que dura todo eso, y tuvo que resignarse con volver al anonimato de los escritores que publican un libraco que a los pocos días es olvidado y perece reducido a unas cajas tiradas en algún sótano, y a veces ni eso.

Andrés, no es lo mismo una casa en llamas que una casa en llamas con tu padre adentro, travieso muchacho. Ya que hablamos de lazos familiares hasta el incendio, cómo no invocar al insecto más admirado por cuanto chiflado retraído se dedique a escribir: Kafka. Ay Flannery, envidio tu desconocimiento, un abismo así de hondo y oscuro sería mejor no conocerlo. ¿Se imaginan lo que es para un alucinado como yo internarse en ese angustiante y absurdo mundo de alienación y laberintos burocráticos y repulsión familiar y desesperación existencial? Eso, sumado a la infinita incomprensión de mis teorías académicas y científicas es como para desbaratarle el juicio a cualquiera, es la desesperación al cuadrado, esa que una y otra vez rebasa su meta. Lo que voy a contarles nadie lo sabe, solo yo, y lo sé porque yo mismo lo creé (entiéndase inventé, o sea intuí, es decir: recordé).

Franz Kafka huye a las tres de la tarde de la oficina donde trabaja. Camina rápido hacia su casa porque lleva en mente un relato que, como los dolores de parto, no da espera. Entra agitado y se encierra a escribir. A mitad del relato oye gritos desde la calle, se asoma a la ventana y ve que un hombre corre despavorido con una espada que según parece ha robado del museo Narodní. Algunos policías lo persiguen ayudados por ciudadanos espontáneos propensos a la ley. El hombre es atrapado. Un policía le mete un pañuelo en la boca y los otros lo muelen a bolillo. Kafka los ve alejarse llevándolo a rastras, no parpadea, está conmocionado, cierra la ventana y continúa escribiendo América, un relato ambientado en Nueva York en el que al referirse a la estatua de la libertad dice: “Su brazo con la espada sobresalía”. ¿Cambió a propósito antorcha por espada?

Bueno, lo del gazapo de la antorcha sí deben saberlo, o qué es lo que leen ustedes pues, ¿periódicos? Pero lo otro no: solo a mí me son revelados esos secretos, recuerden que conozco lo que se habla debajo de la superficie, bajo mares y continentes, en las entrañas del planeta Tierra. Sí, hablar de libros es un acto imbécil, pero mi chifladez me permite contradecirme. Contradecirse es lo único que locos y cuerdos tienen en común. Sin contradicción no hay género humano. Ahora que hablo de periódicos, permítanme una divagación más. ¿No les parece que hoy las noticias son demasiadas? Parte de la felicidad de estar recluido aquí es no tener ningún contacto con esos masatos de letras escritos por primates y manejados por primates con poder (los más peligrosos) que ustedes tanto respetan y que llaman El Periódico. Periódicos que no son dignos ni de los árboles que se talaron para producir el papel que usan. Otra cosa sería si se limitaran a registrar las cosas realmente importantes para la humanidad: “Sócrates es declarado culpable. Analistas griegos creen que elegirá el destierro”. “Última hora: el cacique Atahualpa es secuestrado”. “Un italiano asegura que la Tierra es redonda. El Santo Oficio se indigna”. “Galilea: desempleo lleva a un judío a asegurar que es hijo de Dios”. “Senado romano denuncia irregularidades en nombramientos hechos por Calígula”. “Martín Lutero dimite y arremete contra el Papa. Polémica”. “El señor Cristóbal Colón descubre un continente. Crónica”. “Graves problemas mentales aquejan al profesor Friedrich Nietzsche. Reportaje”. “Decepción mundial tras alunizaje del Apolo 11: no encontraron más que rocas y polvo”. Cuánto papel y tinta ahorraríamos si no se registrara cada menudencia, solo, digamos, mis ideas y alguna que otra guerra. Menos mal no es solo periódicos lo que se ha escrito para izar la historia. Andrés, imagínate la paradoja, es solo mirando al pasado como se entiende el presente. Sin embargo, el señor Ásemberg, amigo de mi abuelo, tiene serias razones para no querer mirar el pasado. Paso a contarles.

Es 1945. Hay una guerra, siempre hay una guerra. Un niño judío sobrevive a un campo de concentración nazi. Salió convertido en un viejo de nueve años. Una vez terminada la guerra se ve solo y sin noticias de sus padres ni familiares. Migra lejos. Ahora saltemos cincuenta años. Ya es un hombre que echó raíces en Pereira, tiene un trabajo convencional, esposa, casa, amigos, nacionalidad, pero todavía sigue sin tener noticias de sus padres, la pareja Ásemberg. Tampoco tiene la paz de saberlos muertos. Lo que sí tiene es un diario. Escribe: Un diario es un vínculo con uno mismo cuando se pierden todos los lazos, cuando todas las cosas en que uno creía se desquiciaron. Lo que se desquició fue su esperanza. Se ha pasado la vida buscando, hurgando en archivos, viajando, insistiendo, y nada. Son las dos de la mañana y alguien toca su puerta, él abre y se encuentra con una pareja de ancianos que ha viajado desde Buenos Aires porque han logrado averiguar que en Pereira vive un hombre que responde a la historia y al apellido del hijo que tanto llevan buscando y se miran y se abrazan y lloran porque confirman que tendrán que seguir buscando ya que ni él es el hijo ni ellos los padres que andaban buscándose.

No todo el que busca encuentra. Andrés se ha molestado. Ha dicho que con esa historia solo quise tomarle el pelo. No soy yo, es la historia la que se burla del protagonista, bueno, la que se burla de todos nosotros porque no bien se termina un capítulo siniestro y ya se está repitiendo. El género humano parece estar viviendo su adolescencia. Es un primate. Pensar, eso es un decir. En mi etapa de estudiante de geología yo era un solo arrebato de contradicción sin saber qué era la contradicción. ¿Alcanzas a imaginarme como geólogo, Andrés? Imposible. Mi destino era ser un demente derechamente mentiroso, es decir, un creador. Yo era un estudiante atento hasta que un día la distracción vino a salvarme. Por fortuna se me apareció el diablo en forma de anciano sabio en una calle oscura del centro de la ciudad y me dejó unos papeles que me hicieron corregir el rumbo y me alentaron a meter cuento. En lugar de explorar el mero subsuelo resbalé a las honduras más lóbregas de la mente humana. Nadie que llegue hasta allá puede regresar cuerdo. Le pasó a Aristóbulo Rey: el ajedrez se le volvió la puerta de entrada al infierno.

Cuando Aristóbulo Rey tenía ocho años ya podía jugar las partidas a ciegas; a los doce inventó una nueva variedad del juego: una pieza que tomaba otra, adquiría, además de sus movimientos, los de la que tomó; con quince años sostenía simultáneas con los taimados ajedrecistas que se reunían alrededor de la ceiba que había en el parque El Lago y a cada movimiento le decía a su rival: «Ahí le dejo esa inquietud», y seguía su camino. Nunca se permitía más de treinta segundos de pensamiento por cada jugada. Pero los trastornos empezaron a los veinte, cuando consideró que su mente tenía facultades eléctricas tan potentes como para mover las piezas a voluntad. Un día estaba comiendo en casa y viendo a sus padres y hermanos en la mesa reunidos se abalanzó sobre la madre y la empujó en línea recta hasta una esquina de la sala mientras decía: torre A8 jaque. A su padre lo movió en ele: caballo C5. A su hermano menor lo echó a rodar en diagonal: alfil B3, dijo, y se detuvo a pensar el siguiente movimiento. Ya había alcanzado el título de Gran Maestro cuando se recluyó en su casa quejándose de que en la calle se jugaba una partida tramposa: sus fichas, las blancas, debían enfrentar a las negras, o sea toda la gente del mundo, lo cual era desigual porque eran muchas reinas adversarias, y caballos y torres y alfiles y peones. Nunca pudo dejar de ver a las personas como enormes fichas que creían moverse a voluntad sin saber que detrás había un jugador designando cada movimiento. Estaba seguro de que ese jugador era él, Aristóbulo Rey. Lo catastrófico fue que las fichas le empezaron a desobedecer y él empezó a perder las partidas contra un adversario favorecido con la ventaja tramposa de conocer de antemano los movimientos de su rival. A ese rival lo llamó Destino. Concluyó que contra ese no había forma de ganar. Cuando Aristóbulo era mirado directo a los ojos, solía echarse a correr despavorido gritando que en esa mirada había reconocido a un emisario de Destino. «Solo vienen a darme muerte, el mate final», decía. Señaló a su familia y personas cercanas como los más peligrosos emisarios. Seguro de que lo iban a envenenar se negó a comer y empezó a alimentarse de una limadura que extraía de las fichas blancas. El diagnóstico de esquizofrenia y la camisa de fuerza no tardaron. Ya en el manicomio, escribió una cantidad oceánica de anotaciones sobre posibilidades de jugadas que nadie jamás en la historia del ajedrez había considerado. Pudo escribir cerca de noventa mil. Lo increíble es que junto a cada una aparecía una minuciosa descripción del sitio exacto, forma, color, contextura y olor de la parte de su cerebro que se la había dictado. Esas anotaciones, sin parangón alguno en la historia de la ciencia o el arte, sostienen que la gente normal, o sea las fichas negras, ordinarias e ignorantes, conocen los sonidos estomacales y pueden hasta tocar el latido del corazón, sienten la expansión de los pulmones al respirar y oyen el traquear de los huesos, pero no perciben ninguna señal del cerebro, la fuente de toda sensación parece depositada en el negro vacío de la abstracción, vaya paradoja. A Aristóbulo Rey le pasaba lo contrario: desde su puro pensamiento logró arribar a las zonas físicas del cerebro, verlo, olerlo, oírlo, tocarlo, ser testigo directo de su actividad. Juraba que esa experiencia no era nada alentadora, ni bonita, ni tranquila. La camisa de fuerza da fe de ello. Pero más ingrato aún, sentenciaba, es que a alguien que ha llegado a un punto de conocimiento absolutamente inédito y tan avanzado como nadie pueda imaginarlo, se le llame loco, se le recluya y se le condene al descrédito. Aristóbulo Rey no pudo soportar semejante descaro de la ignorancia, y para representar la idea de que el ajedrez es un asunto netamente cerebral, talló una ficha de marfil (el rey blanco) hasta volverla casi una daga y apoyándola contra la pared se la incrustó en la nuca hasta que la punzante pieza tocó cerebro. No puede pretenderse un suicidio más coherente con un ajedrecista en extremo mental.

Mi querido Andrés, si desacreditar semejante dominio de la razón y de las facultades cognitivas no es el absurdo, entonces no sé qué es el absurdo. Allá, afuera, está el mundo irracional; aquí, adentro, está la verdad. Tú y yo, mi amigo incendiario y parricida, somos la verdad. Porque ninguna verdad puede alcanzarse sin una buena dosis de chifladez, o de arrojo, que era lo que le sobraba al profeta Mohamed Alí. Un profeta solo puede venir al mundo adoptando alguna de estas formas: borracho, prostituta, poeta, boxeador. ¿Qué crees, Andrés, que movía los inspirados golpes telúricos de Mohamed Alí? ¿Cuál era el origen de la fuerza de su carácter y su determinación de hierro? ¿De dónde sacaba el coraje para desafiar a cualquiera que se le pusiera enfrente, primero con palabras y después con golpes arrojados como piedras de volcán? ¿Qué hacía que lo que la gente malinterpretaba como boconerías se convirtiera en realidades exactas, profecías que cumplía su soberbio gancho de derecha? Una sola palabra, potente como rabia de vikingo, responde todas estas preguntas: po-e-sí-a. No me vengan entonces con el cuento de que Alí era un boxeador, él era un poeta. Los golpes no son suficientes para derribar a gigantes como Foreman, así como el sol no alcanza a iluminar las profundidades que sí el poeta. La poesía derriba cuando palpita en el puño del poeta.

Ya casi vienen por Andrés para llevarlo a su sesión semanal del tratamiento ese que le aplican, me pide la última historia. Entonces hablaré de mí (solo para él, porque creo que ustedes ya no están ahí, si hubieran soportado tanto disparate más de algunos pocos minutos sería porque algo tienen de dementes). Me veo obligado a contarles el suceso que precipitó mi reclusión en este lugar, justo por los días en que me hice sacar todos los dientes de arriba y los reemplacé por una esmerilada placa de metal para que todos vean el filo que soy. Prefiero ser filoso que filósofo. Ese acto ya es suficiente para manicomio perpetuo. Eso sí, para no irme a cortar cubro el filo con un estuche de acrílico, ser loco no significa ser idiota. Sepan disculparme que hable de libros, pero la gota que desbordó mi cordura está relacionada, cómo no, con las letras. No me lo vas a creer, Andrés, pero empecé a verlas —cómo decirlo sin redundar— literalmente.

Qué puedo decir, fue puro descuido. Tal vez las letras ya estaban flojas. Pero no lo parecían cuando tantas tardes manipulé el libro y lo llevé de un lado a otro apurando sus páginas. Al final sus letras quedaron regadas por todo Pereira. Es que era un libro gordo y pesado, ese peso pudo facilitar el desbarajuste. Fui descuidado porque días atrás no le presté mucha atención a una K y una Z que encontré tiradas en el piso, bajo la mesa donde estaba leyendo. Fue en el café que hay frente a la entrada del Centro Cultural Lucy Tejada, donde la gente suele sentarse a leer. Creí que esas dos letras eran ajenas. Esa tarde, cuando paré la lectura y salí con el libro en la mano, dejé un hilo de letras que chorreaba a medida que caminaba; todo el final de un capítulo quedó regado por completo. Dos páginas enteras quedaron tan limpias como si nunca hubieran sido impresas. No me importó mucho, ya había leído esa parte. Pero cuando empecé a encontrar cada vez más pedazos en blanco, adjetivos faltantes, palabras mutiladas, frases a medias, acciones sin verbo, entonces ahí sí me asusté. Peor todavía: cada que cerraba el libro las letras se desprendían y cruzaban de una página a otra, y cada que lo abría, ese montón de símbolos se caía como en deshielo. Hubo ocasiones en que tuve que mantener el libro acostado o moverlo muy despacio porque hasta el viento más liviano esparcía letras por los aires. Un día mientras bajaba al primer piso del Lucy Tejada, a las obras completas de Bernardo Arias Trujillo que llevaba en la mano se les desprendieron de golpe todas las letras y llenaron la mitad del ascensor. Me pasa igual con todos los títulos y autores que leo. A donde voy tengo incluso que recoger letras del piso a manos llenas. Ahora ando con los bolsillos repletos de letras y palabras sueltas. Todo lo que he leído compone El Libro. Pues bien: El Libro se ha diseminado. Incapaz de armarlo, solo me queda inventar un orden, crear.

Por eso cuento historias, Andrés, a ver si me reconstruyo. A ver si me reinvento. Qué más podría hacer con tanta letra. La ventaja que dan las letras es que uno manda: yo mando. Estoy recluido indefinidamente en una clínica mental por pensar y decir cosas que, paradójicamente, están cargadas de lucidez. En el manicomio está la lucidez. Mi querido Andresito que quemaste a tu padre para obtener una imagen real de un cuerpo calcinado y así poderlo dibujar (si supieras lo que sé de mi papá también lo quemarías), ahí tienes pues una historia hecha de historias lúcidamente absurdas hasta casi competirle a la realidad.