Cuando se lee, lo que nos interesa encontrar son variaciones sobre un tema del que ya se conoce mucho.(…) Solo un asunto es objetivo: se aprende a escribir bien, no por escribir muchas cosas mal, sino pocas cosas bien.

 

Por: Diego Firmiano

Roland Barthes, quien fue un gran ensayista, intuía que los libros se dirigían hacia la masificación y por eso no dudó en expresar un pensamiento brillante pero insurgente:

“Desde que la literatura existe, la función del escritor es combatirla”.

Un aforismo a modo de guía para determinar si acaso la palabra literatura ya perdió su rumbo ante la confusión de creer que imprimir libros hace un escritor, o que cualquier texto organizado puede ser catalogado como escritura literaria.

Es obvio que los géneros literarios se han diversificado y no hay nada más proteico en la modernidad que lo escritural, sin embargo, ante un nuevo libro con olor a tinta fresca y papel alcalino, surgen cuestiones como ¿es justo un ejemplar más entre tantos otros que jamás alcanzaremos a leer en vida? ¿Posee tanta importancia un tema para querer multiplicarlo? ¿Por qué un texto físico y no uno digital?

Por supuesto que hay derecho a imprimir, a sacar en físico un buen trabajo, a concursar en ofertas literarias, pero el escritor debe ser consciente de su incursión y vocación en el mundo y entender que las obras son producidas para la crítica, antes que para los lectores.

 

Foto por: Diego Firmiano

 

Así, hay que empezar haciendo una pequeña justicia a un libro que no contiene el “clic” necesario para interesar a un lector y es la profundidad simbólica de su portada. Me refiero al ejemplar de cuentos del antioqueño Juan Arcila (1991) titulado “Los triunfos de la muerte”, impreso en Ediciones Cosa Nostra (2018), cuya imagen de Caronte conduciendo un alma por la laguna Estigia no es tan simple, pero ayuda a entender el por qué esta obra solo puede ser exploraciones o experiencias narrativas y no literatura como tal.

¿Es por esto menos libro? No. ¿Significa que debe el autor dejar de escribir? Jamás. Todo intento de escritura es válido porque el lenguaje es una herramienta creativa del espíritu humano para descubrir y retratar la realidad. Sin embargo, hay una brecha enorme difícil de zanjar cuando se trata de literatura.

La imagen de la portada, hecha por Edgar Muñoz, parece inspirarse en el subtítulo interno: El lago de los mirlos, donde un hombre pierde su alma, y como es lógico, la muerte es la responsable de tal desaparición. Allí se ve un Caronte serio, sosteniendo un báculo a modo de timón con el que conduce su barca (con un alma a bordo) no al infierno, sino al centro de un árbol, al Qliphoth, el árbol de la vida, en sentido invertido, gobernado por Belcebú, el famoso dios de las moscas.

Place, a conciencia, quedarse con esta sugerente impresión externa, ya que los diez cuentos internos, plasmados en setenta y tres hojas no son una ruta para descender al buen infierno de la literatura (a donde nos dirige Caronte), sino que lleva al lector a mirar, por una ventana única, historias manidas, comunes y simples en torno a ese bello tema de la muerte.

El joven Andrés Arcila pudo haber dicho mucho sobre la muerte y sus diferentes formas entre la vida. Tuvo casi un centenar de hojas con las cuales escribir a sus anchas una estructura que atrapara al lector, que lo hiciera sentir agonía o zozobra, aun así es su acercamiento es intelectual, genuino, pero no compacto.

 

Foto por: Diego Firmiano

 

Es difícil advertir en Los triunfos de la muerte una influencia del estilo narrativo de suspenso que manejan otros escritores jóvenes como Álvaro Vanegas (1980), Gabriela Arciniegas (1975) o Esteban Cruz Niño (1979), aunque obviamente estamos ante una editorial independiente y delante de una primera obra publicada y por ello hay que ser paciente con la cocción literaria.

Sin embargo, se desconoce por qué poetas como José Luis Pemberty hacen elogios ripirógrafos como:

Los triunfos de la muerte es un compendio de relatos… Con un lenguaje abundante y versátil, y con una clarísima influencia de grandes clásicos del género…

No. Esta grandilocuencia no aporta en nada a despertar el interés por la obra reseñada. Es más, si se supone que la narrativa debe mover montañas, o sentir el hachazo que parte el hielo de la apatía lectora, este libro no asegura esos giros de interés, o suscita el “clic” necesario, ya que carece de prosa, de ingenio, de formas de usar en lenguaje para causar impresiones, no solo mentales, sino emocionales, aunque el prologuista intente convencernos de que el autor nos conduce a modo de sonata por la sinfonía de los párrafos.

O como afirma:

Si usted, estimado lector, no es músico, no importa; si hace una lectura de estas narraciones en voz alta, sentirá que canta.

Nada más peligroso que hablar en voz alta una rima que no suena. La muerte y la música están relacionadas de alguna forma en la vida, especialmente en una cultura tan violenta como la antioqueña, donde  esta realidad trascendió a mito y a narración, sin que por ello logre erradicarse del imaginario paisa.

 

Foto por: Diego Firmiano

 

Si lo que pretendía este joven autor era narrar esa realidad tan latente del norte de Colombia, en su primer libro, faltó originalidad, fuerza argumental, conmoción.

Lo más cercano a sentir el fuego frío que emana del Qliphoth (y aquí hay otra justicia) es el cuarto subtítulo –El día que Dios se robó el tiempo-. Narración donde se siente una influencia, si acaso no un parafraseo, de Jorge Luis Borges, que resalta una estructura diferente en estilo, forma y ritmo de cara a los demás relatos.

Realmente este aparte gusta, pero no logra como el jengibre,  quitarnos el sabor de estar ante una obra en general que no dice nada nuevo, sino que recrea historias comunes del interesantísimo y vasto tema de la muerte.

Cuando se lee, lo que nos interesa encontrar son variaciones sobre un tema del que ya se conoce mucho. En este caso: el final humano, la muerte como genio inspirador para aprender a vivir o como decía Schopenhauer, el mayor juego de dados que es el juego del nacimiento y de la muerte.

Reitero que Juan Arcila pudo haber logrado más con un tema tan vasto. Sin embargo, a modo constructivo, aún falta estructura para que logre el efecto esperado en los lectores. Por ello solo queda decir que esta compilación de cuentos es una escritura experimental, narraciones objetivas que son desfiles de causas y efectos predecibles.

Con esto no se pretende desdibujar el esfuerzo de este joven que incursiona en las letras, porque nadie, como afirma Joan Fuster, sabrá cuanto tiempo le costó escribir a él lo que nosotros leemos en diez minutos. Solo un asunto es objetivo: se aprende a escribir bien, no por escribir muchas cosas mal, sino pocas cosas bien.