Pero no terminamos de maravillarnos de que el poeta halle otras correspondencias más sutiles, y sentidos más profundos, que nos dejan perplejos, como en el siguiente caso en el que halla en la rosa el poder de concedernos el oro inmortal, quizá la misma santidad…

Placa en la casa natal de Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, España, 23 de diciembre de 1881 – San Juan, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958). Foto / cortesía.

Por: Jorge Triviño

Por uno de esos azares maravillosos del destino, en la calle quince entre carreras sexta y séptima, de la ciudad de Bogotá, me encontré con un póstumo libro de Juan Ramón Jiménez, aunque en malas condiciones, y por sólo cinco mil pesos pude obtenerlo. El sugestivo título llamó poderosamente mi atención: Con la rosa del mundo, en cuya portada aparece una hermosa rosa roja.

Es una compilación de 131 poemas, 67 aforismos y 14 prosas, sobre la reina de las flores, recogidos cronológicamente entre los años 1896 y 1954.

La dedicatoria no puede ser más hermosa, como explícita:

       “Es una especie de glissando emotivo, quisiera dedicar la humilde parte que me corresponde en este libro:

       A las cinco rosas íntimas que florecen cada día en mi corazón: mi madre, mi mujer, mi hija y mis nietas Paula y Victoria”

       Y para completar, está la frase de Ernestina Champourcin:

“Cuando se piensa en Juan Ramón siempre se piensa en rosas”.

Ya en el interior del libro, nos encontramos con los más excelsos florilegios a tan bella representante de las flores, pero más que eso, con la representación sugestiva de que el mundo es una rosa, es decir, un planeta donde se cultiva la sensibilidad —ya que al igual que la mariposa—, ambas representan la sensibilidad o alma.

Al planeta tierra se le ha denominado el planeta del amor y no hay nada más exacto para definirlo.

Algunos poetas han comparado a la rosa con el amor con el silencio, con la luz, con lo femenino, con lo virgíneo, con la dulzura, con la ternura y tuti quanti.

Pero adentrémonos aún más en los versos de esta preciosa obra de la literatura:

Hablé del beso y la estrella, del recuerdo y la esperanza,

de la rosa… Y pensativa siguió sin decirme nada.

       Y para convalidar, estos otros acerca del parentesco de la rosa con el amor, en la obra de Juan Ramón:

Y he venido por los montes con un manojo de rosas

del prado, como aquel día en que el amor fue la gloria.

Fotografía / Archivo

En cuanto a la representación de la rosa, con la dulzura del beso, de la obra Jardines lejanos, esta joya:

Francina, ¿en la primavera

tienes la boca más roja?

—la primavera me pone

siempre más roja la boca.

 

¿Es que besas más, o es

que las rosas te arrebolan?

Yo no sé si es mal de besos

o si es dolencia de rosas.

 

Y, ¿te gustan más los labios

o las rosas? — ¿Qué me importa…?

La rosa me sabe a beso,

el beso a beso y a rosa.

 

Entonces le puse un beso

en la rosa de su boca…

La tarde azul moría,

rosamente melancólica;

 

Las fuentes iban al cielo

con su planta temblorosa…

Francina deshojó a besos

su boca sobre mi boca.

 

Hay otra metáfora sorprendente de la rosa con el corazón, en otro de sus poemas, helo aquí:

 

El corazón es de rosas,

el corazón es de nieve,

tiene sus otoños de oro

Y tiene sus hojas verdes.

 

Si fuera un sueño… ¡ay!, si fuera

un sueño azul siempre… siempre…

si no rompiera la música

cuando viniera la muerte.

 

Y otro, en el que de nuevo lo asevera, para que no nos quede alguna duda:

 

¡Ceniza de mis rosas!

Mi corazón fue un jardín de dulces rosas. Su fragancia

me tuvo enloquecido: eran rosas de color, de música y de

perfume. Tuve un llanto de cristal

cantante para reflejarlas, rocío de los luceros de mis ojos…

 

Hay un poema más, que realmente nos sorprende por la analogía entre el miedo de las rosas y el de las mujeres, que sobrecoge y nos deja perplejos:

Miedo como de mujer

el de las rosas desnudas,

¡las rosas que hace una hora

tomaban en paz la luna!

Fotografía / Cervantes Virtual

La rosa —que representa la sensibilidad—, o el alma misma, y es la única que puede conducirnos hasta la perfección, muy bien lo entendió el bardo en el siguiente poema:

 

       “En el aroma de las rosas nos vamos al infinito…

¿Adónde irá el aroma de estas rosas por la ventana abierta al oro del crepúsculo? Vámonos, ¿adónde?, con la música y la esencia… y dejemos la casa con las puertas abiertas. Alguien, al entrar ha de decir: «¿Adónde han ido?»

Y las rosas responderán: «Al infinito».

 

       Y para que no se generen suspicacias acerca de la connotación de la rosa con el alma —con su alma—, he aquí estos dos preciosos textos:

 

Como una blanca rosa a la que el viento arranca

la esencia y sin embargo no pierde su existencia;

entre el jardín profuso de mis tristezas, blanca,

mi alma perfuma el mundo sin consumir su esencia.

 

Rosa blanca, alma mía ¡qué misterio mantiene

la gracia renovada de tu esencia infinita?

¿una raíz de amor y de esperanza tiene

bajo tu cáliz puro la eternidad bendita?

 

¿Es el seno materno que nutre tu esperanza

la misma gloria que suspira tu perfume?

¿Está entre dos glorias; esa que no se alcanza,

y esa, quizás única, que nunca se consume?

 

 

A MI ALMA

 

Siempre tienes la rama preparada

para la rosa justa. Andas alerta

siempre, el oído cálido en la puerta

de tu cuerpo, a la flecha inesperada.

 

Una onda no pasa de la nada,

que no se lleve de su sombra abierta

la luz mejor. De noche estás despierta

en tu estrella, a la vida desvelada.

 

Signo indeleble pones en las cosas.

Luego, tornada cumbre gloria de las cumbres,

revivirás en todo lo que sellas.

 

Tu rosa será norma de las rosas

tu oír de la armonía, de las lumbres

tu pensar, tu velar de estrellas.

Además, la rosa está emparentada con la razón de ser del universo mismo: la luz, de la que surgen las galaxias, los soles y planetas, con la eternidad misma:

 

Este encanto sin fin, la inmensa rosa

de luz clara, que me habla de lo eterno,

¿sólo ha de ser la podre de una fosa

donde llueva el invierno?

 

Al igual que la rosa simboliza el alma, también representa los senderos del conocimiento, como en la ciencia de la Kabalah:

 

PRIMAVERA

 

Se abre y se cierra la fronda,

la esencia viene callada…

¡Esencia, esencia, ¡ay!, cómo

me entras la rosa en el alma!

Se abre y se cierra el azul,

la brisa viene callada…

¡Brisa; brisa, ¡ay! cómo

me entras la rosa en el alma!

Se abre y se cierra mi cuerpo,

su imagen viene callada…

¡Amor, amor, ¡ay!, cómo

me entras la vida en el alma!

Eres la primavera verdadera:

rosa de los caminos interiores.

 

La rosa, representa también: el olvido, en el siguiente poema:

 

 

ROSA Y ALMA

 

Ricas rosas de olor, que entre la yedra verde

dais a la noche vuestra momentánea fragancia;

cual la vuestra, la esencia de mi vida se pierde

en una noche breve de brisa y de distancia.

 

Alma y rosa, las dos ¿para qué os han traído

redondas a la gloria de la azul primavera,

si no sois más que símbolo de pasaje y de olvido,

ni seréis nunca centro del perdurable afuera?

 

¡Si la estrella no fuese de una ausencia tan dura,

si no fuera la tierra de una ley tan fuerte,

y vuestra esencia ¡rosas! se fijara en la altura,

y tu olor ¡alma diera ser profundo a mi muerte!

 

Podríamos analizar un poco más este poema, entendiendo, como lo hace Juan Ramón Jiménez, que la rosa representa lo sutil, la esencia vaporosa que se ha de esfumar cuando ya no estemos.

Y como esencia, es, no obstante, perdurable como él lo asevera:

 

Y yo solo me arranco las rosas, porque quiero

que el camino no sea tan rojo ni tan largo…

Una rosa, otra rosa… ¡Pero nunca me muero!

El alma se me va, ¡y de pie, sin embargo!

Para el poeta, la rosa significa, además: el poema, y su belleza, en uno de los más hermosos de cuantos se han escrito:

 

EL POEMA

¡No le toques más,

que así es la rosa!

 

Hay otra connotación, también muy válida, ya que los grandes poetas —como lo fue él—, encuentran semejanzas y relaciones realmente trascendentales en los seres y en los acontecimientos, por ello, no nos sorprende la siguiente significación:

 

Rosa de la amistad y del amor,

rosa una, que tiene

de nuestra alma llena el secreto inefable,

su ideal de la vida y de la muerte.

 

La rosa representa también el amor puro y limpio, o como lo expresa Juan Ramón:

 

¡Amor blanco —¿qué amor? —, que fuiste cual la luna

de mi juventud pálida, toda llena de historias;

no sé quién eres tú; pero sé bien que eres

como una rosa blanca que perdura en la sombra!

 

En otro de sus poemas, nos plantea que la rosa es la ilusión, pero también el valioso oro:

 

Para mi corazón os quiero dulces hojas.

Seréis vírjenes blancas de un sepulcro divino.

Luego a la primavera, os abriréis ya rojas

y seréis la ilusión y el oro del camino.

 

Y vuelve sobre la misma correspondencia en el siguiente poema:

 

Luisa, pues que somos

poetas, adornemos nuestra ilusión con rosas;

Más serán la gala de las felices hojas

y pondrán en el aire que tiembla de esperanza

una correspondencia de amistad sin palabras…

 

Pero no terminamos de maravillarnos de que el poeta halle otras correspondencias más sutiles, y sentidos más profundos, que nos dejan perplejos, como en el siguiente caso en el que halla en la rosa el poder de concedernos el oro inmortal, quizá la misma santidad, en el poema Balada de la tarde eterna:

 

¡Oh la tarde eterna!¡Qué Boticelli de otro mundo la ha pintado en mi corazón? Iremos juntos, Poesía, con nuestros pies desnudos y beberemos en la fuente clara y nos perfumaremos las palmas de las manos con la rosa divina, y en nuestra frente resplandecerá el oro inmortal.

 

Podríamos llenar muchas páginas con los poemas que el autor de Platero y yo escribió sobre las rosas, pero dejo al lector que busque y disfrute de quien —aparte de escribir—, cultivaba en su jardín las rosas.

 

No, no se perderá. Lo que yo he dicho

bien, está ya en la vida

para siempre.

Como la norma de una rosa

que ha legado a sí misma,

para todas las rosas venideras…

Perdidas las palabras

al viento del olvido,

un día, de otra lira

florecerá la estrofa

idéntica a la mía deshojada…

 

Y antes de finalizar, este texto de la hermosa obra Platero y yo, titulado:

 

¡ANGELUS!

 

       Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes:

rosas azules, rosas blancas, sin color… Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos… ¿Qué haré yo con tantas rosas?

       ¿Sabes tú quizás, de dónde es esta blanda flora, que no sé de dónde es, que enternece cada día, el paisaje y lo deja dulcemente rosado, blanco, celeste —más rosas, más rosas—, como un cuadro de Fra Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

       De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas…

       Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra, pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas… Más rosas…

Tus ojos, que no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.

       Nos deja, el poeta, también este precioso testimonio de que la tierra —al igual que el cielo— es una rosa:

 

La tierra era una rosa toda abierta,

y yo lo vi

a la luz de mi frente, y yo lo vi.

        Esperemos que algún día aparezca otro poeta con una aromada rosa: la de su alma, como la de Juan Ramón Jiménez.