La Virginia se convierte en un campo de batalla: la casa se aferra a sus entrañas, se acurruca en sí misma, echa raíces. Adentro la familia se agarra de las guaduas mostrando resistencia, pelean,  no se dejan, mientras El Cauca ruge, ruge, ruge: carga piedras que se chocan con otras, echando chispas por debajo del agua. Lo habita el mismísimo demonio. ¿Qué venganza está cobrando? En cada gota de agua pantanosa carga la ira de 50 años mal vividos ¡Cuánta ira! No le importa la resistencia y tumba la puerta para cometer su crimen, es un poseído.

YAYA

Por: Andrés Felipe Yaya

El Cauca, como un niño endemoniado, se metió a las casas, patios, calles de La Virginia. No le importó en dónde, a quién; todos por igual. No, por igual… no: El Cauca sabe en qué rancho mal construido se mete para acabarlo por completo. ¿Ustedes han visto cómo el agua tumba las casas? ¿Cómo traquean? ¿Cómo se zarandea? ¡Dios mío, es espantoso! ¡Antipoético! ¡Inhumano! La casa comienza a sacudirse, no se sabe si está temblando o son los ojos que se aferran para no ser escupidos por el rostro… Ahora, la casa es un largo recuerdo en la memoria; todo se lo tragan las aguas pantanosas y no hay ni conjuro ni Ave María que las detenga.

Y viene el grito: -“mi casaaaaa” “noooo”-.  Cae, cae uno, cae La Virginia dos metros más.  A mí se me suben los intestinos a la garganta: quedo mudo, muerto, otro. Todo se viene al piso: las ganas, la esperanza, el presente. No hay palabras que El Cauca escuche para detener sus  aguas; es un animal sordo: animal que nos arranca el pellejo dejándonos sin lo que realmente somos.

La Virginia se convierte en un campo de batalla: la casa se aferra a sus entrañas, se acurruca en sí misma, echa raíces. Adentro la familia se agarra de las guaduas mostrando resistencia, pelean,  no se dejan, mientras El Cauca ruge, ruge, ruge: carga piedras que se chocan con otras, echando chispas por debajo del agua. Lo habita el mismísimo demonio. ¿Qué venganza está cobrando? En cada gota de agua pantanosa carga la ira de 50 años mal vividos ¡Cuánta ira! No le importa la resistencia y tumba la puerta para cometer su crimen, es un poseído. Entra y le dan escobazos, lo barren y le hacen recordar que es solo agua; pero se enfurece y se introduce con mayor fuerza, acabando con todo lo que encuentre a su paso. Cuando entra  no hay quien lo saque. Entonces, saca su cuchillo: empieza a cortar cabezas, ruge, no se detiene ni se va. La casa se aferra, debilitada, apuñaleada, agonizante; no se rinde. Las guaduas se despegan de las vigas: caen con despacio, sin querer, rebelde, se desprende: cae y se pierde en las aguas, y lo que se va por agua jamás regresa.

¿Y qué queda en donde estaba la casa? ¡Recuerdos! ¡Puñados de recuerdos! La cicatriz en forma de barranco, en la cáscara del alma. Cuatro guaduas en pie, mojadas, y un montón de esterilla donde era la sala; armarios, camas, ollas, platos, ropa. La sangre de una lucha a muerte. Vecinos que buscan entre el pantano algo que aún sobreviva, que en corrillo tratan de crear la historia con lo poco que quedó y llegan a lo mismo: el río se la tragó. Se tragó una casa como si fuera suya sin que le importara a quien patea y deja en la calle. Y lo que se traga el Cauca no vuelve a salir; o si lo hace, es a kilómetros, en Beltrán: donde los muertos llegaban por montones, revolcados, podridos, a dar vueltas y vueltas sin parar, dementes. Ahora, los muertos no flotan, ni siquiera ni se dejan ver por los areneros porque descienden aguas tras aguas, encerrados en casas.