Es en la oscuridad, en el silencio, donde lo olvidado cobra vida, allí nadie sabe nada de nadie, pero todos son parte de todos, nadie se roba nada del cielo más que lo consumido por los sentidos, y entre pensamientos vagos y efímeros que tal vez perduren en la memoria esto puede arrancarnos de nosotros mismos.

Texto y fotografías: Fabián Antonio Alzate Marín*

No les podría contar de las dimensiones exactas del lugar en el que me encuentro, bien podría ser una caja del tamaño de un hangar o una bóveda que apenas alcanza a cobijar mi cuerpo, podría estarles narrando un sueño o un episodio de la realidad, lo que sí puedo decir con seguridad es que la oscuridad es absoluta, de un miedo paralizante, apenas si logro visualizarme en esta oscuridad enmarañada, envolvente. Del exterior se filtran murmullos, balbuceos ajenos, para no ser consumido por el pánico extraigo de mi memoria un par de recuerdos del lugar que a menudo me gusta visitar. Se abre paso en la oscuridad un diminuto halo de luz de memoria que trae consigo reflejos del exterior y, como si estuviera viviendo en carne propia el mito de la caverna de Platón, los agudos murmullos se convierten en imágenes.

Veo un hombre que va recorriendo la carrera octava abriéndose paso entre la multitud, acelera el caminar pues las nubes se deshacen y empiezan  las gotas a marchar hacia el suelo imponiendo su ritmo, inesperado para muchos, nadie entiende por qué en Pereira el sol se derrite fácilmente dejándolos en medio de un aguacero; mientras se levanta el polvo por el ataque incesante de la lluvia, la gente corre, busca refugio entre los negocios, las carpas y sombrillas de sol de los vendedores ambulantes se convierten en oasis temporales para los desprevenidos que no hallan explicación lógica alguna para este clima tan bipolar.

La llegada

Así, con las nubes desechas a sus pies, advierte su llegada al lugar un poco antes de lo previsto, reposa en la esquina de la calle 23 con octava un edifico plateado que rompe el esquema arquitectónico de esta floreciente ciudad dándole la bienvenida a una nueva urbe llamada centro, vender, comprar, chismosear, vitrinear (observar la mercancía exhibida en los negocios) son actividades propias del lugar, es esta esquina donde yace su lugar de llegada. En las afueras los carteles de programación insinúan el arribo de otros mundos.

Los “pi pi pi” del claxon de algún conductor afanado, la aceleración constante de un motociclista que parece no percatarse de que el semáforo no es una largada, los alaridos a través de un megáfono anunciando los aguates a mil y más afanes propios de la urbe contemporánea se van quedando atrás, se va acallando el estruendo de la música decembrina que aunque trascurriendo apenas el noveno mes una emisora ya advierte que “desde septiembre se siente que viene diciembre” atrás se van cegando las luces parpadeantes de los avisos al alrededor, no son necesarias, estorban, pues a su cita con el lugar le urge la oscuridad.

De nuevo quedo a ciegas en esta penumbra de la cual ni el recuerdo me puede salvar, del exterior llegan sonidos de locomotora, de caballos a galope que a su paso dejan una estela de polvo amarillo que es atravesado por las flechas y gritos de guerra mientras yo libro mi propia batalla con la penumbra.

El lugar

Con cada paso una alfombra roja imaginaria se extiende en el pasillo, hay frente a él dos caminos: el primero es un ascensor que en ocho segundos le dejará al descubierto el lobby del lugar; él prefiere el segundo, conquistar con sus pasos uno a uno los 44 escalones que hay hacia la cima del cielo, como lo llama él. Yo pude escuchar y contar cada paso mientras se acercaba al lugar, como si viniera hacia mí, como si la cita fuera donde yo estoy, percibo su agitada respiración mientras está de pie frente a la puerta, espera a que se abra, dicen que cuando dios cierra una puerta el diablo abre una ventana, pero esta puerta o umbral que él espera sea abierta no hace parte de la pelea callejera de estos dos. 16 retablos y no sé cuántas capas de barniz nos separan o al menos eso es lo que me atrevo a pensar o a recordar ya lo dije, es esta indescifrable oscuridad es fácil alucinar. Dentro de “esta” caja negra se fragua la luz de otros mundos.

Por unos segundos todo es silencio, se percibe la metamorfosis del maíz pira convirtiéndose en crispeta, el vapor de la greca anunciando con su olor la llegada de nuevas sensaciones que se filtran por los sentidos, en su mano un tiquete de colores blanco, amarillo y negro le da temporalmente las escrituras de una de las 306 sillas que duermen en lugar, mira a su izquierda, observa el balcón y da su última bocanada de ciudad antes  de que una luz en la oscuridad lo sumerja en sus sueños, en mis sueños, en otros sueños.

Inmóvil busco respuestas a esta espera, a este silencio, a esta oscuridad de la que soy preso, rehén, cautivo, estas visiones ya no parecen ser mis recuerdos ni mucho menos un sueño. Petrificado anhelo que ese hombre que está al otro lado cruce el umbral de esta caja negra de la cual soy prisionero.

El encuentro

Observo todos sus movimientos, son calcados y como si yo estuviera en de viaje en el tiempo me dispongo a armar mi propio deja vu, me encuentro frente a esos tres cientos seis soldaditos acolchados en fila que darán resguardo a este encuentro, con la certeza de que soy yo quien lleva las riendas de este encuentro aparto la silla ubicada en la mitad de la mitad. No sé si la oscuridad me quiere jugar una mala pasada; pero este hombre, sin vacilar, se dirige a ocupar la silla de la mitad de la mitad.

A sus espaldas un cuarto de 2×5 metros con olor a revolución industrial y un ventilador que mitiga el calor que producen las luces y el poco espacio que dejan para respirar las máquinas de proyección que les dan vida a las imágenes contenidas en el celuloide. En forma de rollos envueltos en carretes viajan a través de esta como en una montaña rusa, son cintas que con mano de cirujano fueron con cuidado empalmadas, pues en este recinto se les da vida a otros mundos a 24 imágenes por segundo.

Estamos ahí o por lo menos él está ahí yo, aun no sé qué lugar habito, si soy el reflejo de sus sueños o él el reflejo de mi delirio, parece que nos miramos, pero no nos percibimos, frente a él un lienzo blanco como la nieve de 9 x 6 metros, suficientes para no dejar escapar ni una pincelada de luz.

El diminuto orificio que trae a mi mente recuerdos dentro de esta caja oscura ahora se abre un poco más, ya podría dar cuenta con sombras y siluetas del lugar donde empezó esta historia, si es el cielo o el infierno lo mismo da; el hombre sentado en la mitad de la mitad dirige su mirada hacia mí, mientras por encima de su cabeza un halo de luz que inunda todo con imágenes me deja en una blanca ceguera y a él sumergido en su pedazo  de cielo, en el tercero de 16 pisos, en medio de la casi decadente melancolía del afán, donde se detiene el tiempo, donde los problemas con el mundo no nos pertenecen…

Es en la oscuridad, en el silencio, donde lo olvidado cobra vida, allí nadie sabe nada de nadie, pero todos son parte de todos, nadie se roba nada del cielo más que lo consumido por los sentidos, y entre pensamientos vagos y efímeros que tal vez perduren en la memoria esto puede arrancarnos de nosotros mismos.

…al salir de la oscura agonía, la luz reservada para la mitad de la mitad ya había sido ocupada.

*faalzate@utp.edu.co