Una narrativa sobre la vida de un jefe en algún lugar, alguna empresa y ante la impresión de algunos empleados.

“Es una verdadera niñita, dijo sonriendo.
¿cómo te llamas? ¿Jacobita, Luciana, Margarita?
Luciano se puso rojo y dijo: me llamo Luciano”
Jean Paul Sartre
El Muro
Cuando el jefe nos invita a su casa (que es un caso excepcional) solo se puede apreciar en ella dos cosas: plantas y santos. Allí uno entiende porque éste llega perfumado a la oficina, y también porque parece más y más joven sin que haya una explicación racional del por qué a sus 60 años no tiene arrugas, ni se asoma una sola cana en su cabeza. Es un hombre que siempre sonríe a sus empleados. Es homosexual. Es agradable con todos. Es el jefe.
Pero su identidad sexual no es lo extraordinario, es su relación maternal. Los recuerdos de una madre que lo acogió cuando era solo un pequeño proyecto y lo crió como el hijo que siempre le pidió a San Antonio. El jefe no habla mucho de esto, pero se sospecha que de niño fue abandonado en un pastizal cuando su padre huyó del lecho matrimonial y cuando su madre, confundida sobre qué era belleza y que no, vio que el niño era (en su parecer) feo.
Su bautismo fue lo que hubiese querido Rousseau de niño: en un bosque. Luis Merchán, el párroco de la iglesia de Santa Marisela, organizó con su madre ir al potrero de la finca del ganadero Coloma, para allí, rociarle agua del río y ponerle un nombre que años después se ignoraba si había quedado registrado en la curia. Doña Antonia, la mujer que recogió al jefe, como la virgen María, seguía creyendo que su hijo iba a ser alguien importante en la vida. No lo dudó ni un instante y por ello, se esforzaba lavando ropa ajena para los patrones.
Sin tener con quien dejar al infante, lo llevaba con ella para los lavaderos de piedra improvisados al borde del río, donde además pastaban las vacas y las gallinas buscaban sobras del plantío de maíz. La cuna del bebé era la ponchera de ropa sucia, y mientras su madre despercudía las prendas de los jefes, las gallinas se subían encima y defecaban encima de él. Cuando el niño lloraba era porque sentía toda la suciedad del mundo encima suyo, o quizá la vida ya lo preparaba para esa idea de que siempre alguien desea cagarse encima de otro para sentirse importante.
¿Pero cuál era en si esa fealdad que poseía, según esa madre que ahora es una incógnita en su conciencia? Un gracioso lunar en su barbilla. El niño descubrió esta fealdad cuando tenía 5 años, y los chiquillos de la vereda le decían que lo había cagado una vaca en la cara. Su madre sustituta, apesadumbrada por el bullying que sufría, acudió a un cirujano, quien le dijo que para quitar el lunar había que trasplantar carne de su nalga. “de ninguna manera” dijo ella, “prefiero que crezca con un lunar, pero nunca sin nalgas. Ya alguien se enamorada de él, porque mi niño es bello”.
A los 8 años en la escuela era uno de los mejores alumnos y pasaba el año sin ningún tipo de observaciones. Su madre feliz le confeccionaba suéteres de crochet, y lo premiaba con regalos cada año y en una ocasión le obsequió un Topoyiyo, y todo ello, sin llegar a entender como avanzaba en la academia con tanta facilidad. A eso se sumaba que algunas veces llegaba a casa sin lápices, borradores, incluso sin dos cuadernos nuevos que le había comprado en una ocasión con mucho esfuerzo.
El misterio nunca se resolvió, hasta que mi jefe ya adulto decidió contarle al cura de la Iglesia Mayor, en una confesión privada, que cuando niño, él cambiaba sus instrumentos escolares con otros compañeros, a cambio de besos y tocadas y pasaba el año sin problemas porque se había enamorado de un profesor, con quien empezó una relación sentimental que duró más de 4 años. Su madre murió sin saber aquello, y hoy piensa que fue lo mejor, porque no hubiera muerto solo físicamente sino emocionalmente.
En el desarrollo de su juventud se enamoró de un hombre, un apasionado de las plantas. De él aprendería todo lo relacionado con los crisantemos, los girasoles, las rosas, y demás flores exquisitas. “La lucha de las plantas es un verdadero ejemplo de libertad. Deben revolucionarse internamente para que su semilla se abra y absorba, agua, tierra y nutrientes, y luego en la superficie, crecer verticalmente en dirección a la luz buscando su gloriosa libertad”. Escuchaba de la miel que, según él, emanaba de sus labios. Cada noche se entregaba a estas disertaciones y a su amor como lo hacía la reina de Saba frente a Salomón.
Un día sonó el teléfono y le informaron que Luciano había sufrido un accidente en moto y había quedado debajo de las llantas de un camión que transportaba caña. “No sabemos porque llevaba un ramo de flores” dijo el inspector y sin que este terminara de hablar, dejó caer el auricular y cayó abatido en el suelo. Su impresión y su pesar fue tal, que lloró en el jardín dos días seguidos hablándole a las plantas y a las flores como se le habla a Dios. En honor a su hombre y por amor se puso su nombre: Luciano. Ahora su espíritu y él serían uno para siempre.
Hoy adulto, a los 60 años, Luciano, mi jefe, ama a los santos, porque igual que Santa Mónica, cree que su madre es una santa, una mujer que representa la salvación misma para él. Ama las plantas, porque Luciano, su Luciano, dice, es la flor más bella de su existencia, ya que ninguna otra flor huele tan bien, incluso mejor que la fragancia que brota la Rosa de Sarón. Mi jefe dice a sus empleados, como si fuera un testamento existencial que cuando muera desea ser enterrado con las 38 vírgenes que tiene entre su casa y su empresa, y que en su lápida pongan con flores y letras doradas: Amó y fue amado.


