La secreta se va convirtiendo a medida que avanza la lectura en un falso thriller, donde las dosificaciones no conducen al clímax o enfrentamientos entre protagonistas y antagonistas.

Por Daniel Ferreira*

La secretaLa secreta

José Nodier Solórzano

Editorial Torre de Palabras

2014

La vida rutinaria, tan inocua, se puede volver una pesadilla. Basta que aquello que representa el arraigo más simple, cambie de lugar. Por ejemplo, aquel vecino que sale en calzoncillos todas las tardes a dejar salir al perro a hacer sus necesidades, un día no sale y al siguiente tampoco y ocho días después hay gallinazos encima de su techo de asbesto y poco después se estaciona la ambulancia del CTI con sus luces estroboscópicas para levantar dos cadáveres. Basta con que algo se altere o represe o se enquiste y crezca como una avalancha en medio de cualquier rutina, y el movimiento telúrico llegará a derrumbarlo todo. Cuando la ficción explora ese cuchillo afilado por el que vamos caminando con los pies desnudos en nuestras anémicas vidas, puede hacerse una historia sobre cualquier cosa. Y puede hacerse en cualquier escenario. Y puede hacerse tomando de modelo cualquier vida. Que un escritor mencione directamente como escenarios espacios conocidos no hará que la historia sea menos universal. Lo digo a modo de introducción porque La secreta, de José Nodier Solórzano, es un thriller que ocurre en el Quindío. Más concretamente entre el Barrio Mercedes del Norte y los alrededores de Calarcá.

La secreta, para empezar con spoiler, es un parque de marihuanos que hay allí, embellecido por los guaduales. Es un lugar por el que tiene afición el principal sospechoso del asesinato, Raigoza, alias Pez Puma Cristal, miembro de una logia de matones que llevan todos alias de pez y adscritos a la organización criminal El Acuario, trasunto de la Mano Negra. La organización es la responsable en todo el país de numerosos asesinatos de líderes de izquierda, estudiantes militantes y gente que vive en la marginalidad. Tras la persecución contra Lucía, Jacob y Silvia, los hermanos, son obligados a vivir en la clandestinidad. La familia, de Medellín, se traslada primero a Armenia y luego a Calarcá. Del asesinato de Lucía no hay móviles ni claridad como tampoco habrá responsable ni justicia. Lo único que hay es consecuencias: el desquiciamiento de su hermana. El confinamiento de Jacobo. La vida rutinaria de los perseguidos por organizaciones delictivas sin rostro y sin nombre.

La acción es la finalidad de un thriller. Encadenamientos y dosificaciones de información que permitan al lector imaginar la naturaleza de la conspiración o de la persecución. La secreta se va convirtiendo a medida que avanza la lectura en un falso thriller, donde las dosificaciones no conducen al clímax o enfrentamientos entre protagonistas y antagonistas. Más bien hay que imaginar, por las declaraciones de todos los que vieron o conocieron a Raigoza, las razones para que se hiciera acribillar en un parque y la naturaleza perversa de la organización delincuencial para la que trabaja, o a través de los diarios íntimos de Silvia imaginar las consecuencias de una persecución absurda.

La prosa de esta novela breve tiene una inclinación lírica que acaba por negarle aún más el lugar anecdótico y sensacionalista del thriller y la sitúa cerca de la prosa poética. Los monólogos de Silvia y de otras voces femeninas tal vez sean los capítulos mejor logrados de un libro con múltiples puntos de vista, dos protagonistas ausentes y un narrador escurridizo. Sin embargo, la costumbre de los diarios íntimos es un pretexto elemental para imaginar la intimidad de una mujer a través de lo que consigna en su escritura, como si el autor eludiera el riesgo de afrontar directamente la suplantación sicológica y el dominio de sus personajes. Cuando lo intenta, en párrafos extensos de escritura automática, la novela alcanza niveles que por lástima decaen en otros capítulos. De todos modos, la inclinación lírica se pone al servicio de la libido, y es en los símiles y las descripciones sensuales donde el autor demuestra el dominio de las palabras y de las emociones humanas.

Hay una atracción de los personajes por los diccionarios y por el concepto de destino. Quería destacarlo, porque tal vez ahí resida el aspecto más relevante de las metáforas que podrían desprenderse de la historia de una persecución en Colombia.

Los múltiples sentidos de las palabras pueden metaforizar las distintas acepciones de la vida. Una mujer encerrada en una casa, que ve el fantasma de su hermana muerta, que inhibe su sexualidad al punto de que empieza a perforarla en sueños, que acepta una vida de privaciones por el simple hecho de vivir en el miedo, se aficiona al diccionario. Señala que toma el diccionario como una guía oracular para guiarse por la vida. Las palabras que subraya a lo largo de su historia, aluden a sus estados de ánimos. Lancinante, dolor agudo; faltriquera, bolsillo escondido; borneo, mirar por un solo ojo; tabique, el que tiene entre las piernas; constreñido, lo que se esconde en el intestino; hipnosis, en la que vive; alabearse, el vicio que toma la madera; halitosis, el aliento inmundo de los hombres. Dice haber implementado como guía un diccionario escrito por hombres, el de la Real Academia, y señala en cada palabra subrayada las definiciones hechas por hombres, definiciones que son estados de ánimo de mujer, y la mayoría remiten a un solo concepto: encierro. El encierro en que vive, que fue provocado por hombres. Hombres como fieras, hombres como tigres. Es un tigre el que cuida la casa. Un hombre tigre, el que impide que salga. Las mujeres del libro o son putas, o son bígamas, o son retrecheras, o están encerradas, o mueren de forma violenta. La más libre, es la que está loca y fantasea con ser Manuelita Sáenz y haber salvado al libertador y tener dos amantes entre sus servidores y haber conocido a Melville en el exilio y haber disfrutado de un amor imposible. Pero todo ocurre en su imaginación. La perspectiva del libro toca el nervio de la violencia interiorizada en las mujeres en la asfixiante vida de un mundo regido por hombres.

La noción del destino tiene varios lugares comunes donde la definición se confunde con el destino de los personajes del libro: en este libro la vida humana es definida por los fines buscados y alcanzados. Ninguno alcanza lo que quiere, salvo el escritor que organiza las partes de la historia. Todos son víctimas de destinos impuestos. Cuando la vida es efímera o frágil o está amenazada por un poder supremo, se sobrestima el determinismo del destino: es destino lo que los demás nos hacen decidir. Pero en realidad el destino se asume, a diferencia de La Iliada, donde es medio y no fin, donde la voluntad de los héroes desafía el destino, en esta novela el destino tan mentado por los personajes se asume como resignación o como remordimiento. La vida no se toma en este libro como un proceso de continua evolución sino como un proceso de decadencia, de derrota, de amenaza, porque la muerte violenta está en todos lados, porque todo son errores y equivocaciones en un mundo de hombres que mueren por nada. El destino final del protagonista ausente, perseguido por sus propios compañeros de logia, que decide ahorcarse en lugar de darse un tiro, es modificado voluntariamente al buscar a alguien que lo acribille. Supremo acto de cobardía y de abandono del destino.

La secreta es un juego de espejos. Es la historia de Raigoza, contada por la gente que le conoció, y narrada por aquel que lo vio por última vez en un parque y recibió el material de la historia de las propias manos del protagonista. El efecto que suscita este distanciamiento, podría llevar el relato a lo inverosímil, y sin embargo las voces que se cruzan a lo largo del libro tienen emociones tan precisas, tal vez convocadas por palabras tan selectas, que empiezan a vivir y a respirar su encierro, su “halitosis”, ante el lector.

La devoción por los gentilicios y las hipérboles y descripciones exaltadas sobre calles, palabras locales como cuyabros, los nombres de las celebridades domésticas, Baudilio Montoya; la evocación del fundador de Armenia y el mote de Ciudad Milagro, las digresiones sobre el paisaje, las inserciones de poemas ajenos (con el agravante de incluirlos íntegros sin que respondan a la acción del libro), la descripción de las bondades del clima, parecerían más un afán por remarcar las identidades y los mitos fundacionales de la historia regional del Quindío para dejarlo todo fijado en el cuerpo del relato. Pero más que una ingenuidad de novelista que quiere destacar la data de su provincia, es el intento de hacer que una ficción se oculte en los escenarios de la vida cotidiana. Sin embargo, es extraño este afán de incluir la mitología local en diversos lugares del relato, ya que tiene una omisión imperdonable: en todo el libro no hay una sola taza de café aludida ni un párrafo que exalte el coffea arábica y, en esa tierra de idiosincrasia en las paredes y thrillers de motel, el secreto a voces es que tienen el mejor café del mundo, ¿o no?

*Novelista colombiano. Su obra ha sido premiada en México, Cuba y Argentina.