La producción y la rentabilidad del modelo agro-industrial aumentó considerablemente. Los habitantes de la casa rosada trajeron de nuevo las vacas de los relatos bíblicos, pero esta vez en la versión Neoliberal.

CronicaSoberania

Por: Juan Simón Hincapié

Génesis 41:1-4

Aconteció que pasados dos años tuvo Faraón un sueño. Le parecía que estaba junto al río; y que del río subían siete vacas, hermosas a la vista, y muy gordas, y pacían en el prado. Y que tras ellas subían del río otras siete vacas de feo aspecto y enjutas de carne, y se pararon cerca de las vacas hermosas a la orilla del río; y que las vacas de feo aspecto y enjutas de carne devoraban a las siete vacas hermosas y muy gordas. Y despertó Faraón. 

 

Después de escuchar las ideas del General todavía vigentes y ver el mapa argentino, es posible creer en una nación tan “unida y organizada”, que el apelativo de “granero del mundo” es una consecuencia inevitable. Las palabras del hombre que cambió el rumbo de esta nación, hacen que ante los ojos desprevenidos de cualquier persona aparezcan inconmensurables campos verdes que se pierden en el horizonte, miles de plantas de las que salen miles de toneladas de alimentos para satisfacer la humanidad. De igual forma se asoman millones de cabezas de ganado que calman el hambre de los descamisados de todos los rincones del planeta. El sueño del general tiene vacas gordas, las mismas que ve el faraón en su sueño.

 

Son las vacas de la “soberanía alimentaria”, aunque el concepto es de significación amplia y motivo de controversia, se puede tener como definición básica: “es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sustentable y ecológica, y el derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo”. Cincuenta años después del primer gobierno de Perón, Argentina se considera capaz de ser el granero del mundo. El presidente Menem le apuesta a este proceso y le abre campo a la soja transgénica como su pequeño aporte a la historia.  Los sucesores que reniegan del ex presidente en público, mantienen el mismo plan hasta la actualidad ganando una década más para modelo, con la esperanza de que se mantenga muchos años más.

La producción y la rentabilidad del modelo agro-industrial aumentó considerablemente. Los habitantes de la casa rosada trajeron de nuevo las vacas de los relatos bíblicos, pero esta vez en la versión Neoliberal.

 

La  revelación sojera

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Muchos años después, vuelve y sueña el faraón, pero esta vez es diferente. En la epifanía se revela una chacra de la que salen alimentos para la ciudad, en ella hay variedades de granos, frutas y verduras. Cerca de este terreno corren niños que respiran aire puro, toman agua del río y se alimentan de lo que producen las parcelas. Detrás de esta escena hay un brote de soja, se trata de un “yuyito” genéticamente modificado.

En un abrir y cerrar de ojos el paisaje cambia. Ante su mirada aparecen miles de surcos con miles de plantas transgénicas, una al lado de la otra, iguales en color, altura y resistencia a los agrotóxicos. Se revelan Infinitos monocultivos que desafían la lógica de la naturaleza. El “yuyito” devora la variedad de productos de las chacras, ahora solo quedan inmensos campos verdes que se pierden en el horizonte.

El sueño del faraón se propaga tan rápido, que nada se le escapa. Los bosques desaparecen al entrar en contacto con la frontera agrícola. Los cultivos mueren sin resistirse a la soja que les crece desde el interior hasta que explotan. El agua se tiñe con fertilizantes y agrotóxicos para satisfacer la sed de la planta verde. Los animales migran, pero languidecen víctimas del hambre que vienen con el avance sojero. Los campesinos se metamorfosean en seres estériles y son reemplazados por técnicos con maquinaria para la siembra directa y la fumigación.

Atrás no queda nada, se trata de un desierto verde, un sueño que se extiende a 20 millones de hectáreas; que se nutre con 200 millones de litros de glifosato; y que pesa 40 millones de toneladas, de las que emanan los dólares que atragantan las gargantas de unos pocos empresarios mientras el entorno se desnaturaliza. Cuando la visión se repitió con maíz, arroz y algodón, el faraón despertó con la frente empapada en sudor.

 

El problema es que el sueño es una realidad. Cuando Norma Sánchez, investigadora del centro de estudios parasitológicos y de vectores (CEPAVE), habla del modelo de agricultura industrial, tiene un relato diferente al de las voces oficiales, pues argumenta que la soja va en detrimento de la soberanía alimentaria y es causante de problemáticas sociales.

Sánchez caracteriza el modelo como oligopólico y expulsivo, ya que la soja solo es rentable a gran escala, dado que requiere una inversión alta en paquetes tecnológicos y maquinaria. La situación solo favorece a los grandes grupos económicos, que obtienen la mayor parte en la distribución de beneficios. En Argentina, el 6% de los productores cultiva el 54% de la soja, lo que trae aparejada una concentración de poder tierra y de riqueza inusuales.

Cuando un pequeño productor que intenta trabajar el modelo pierde el campo por las deudas que adquiere, es más rentable arrendar que trabajar. Se trata de una paradoja en la que el campesino no tiene tierra y el empresario es el nuevo labrador, aunque más bien señala el paradigma del modelo. Sea lo que sea, como consecuencia desaparecen las unidades tipo familiar, de menos de 200 hectáreas, a través del arrendamiento o de la venta.

 

Tan escalofriante como el sueño del faraón, fue la caracterización del modelo agro-industrial como expulsivo. Cuando la frontera agropecuaria se expandió más allá de la zona pampeana, destruyó las economías regionales de carácter agro-ganadero. El negocio creció por encima de todo lo que encontró en su camino. Pasó por encima de la ganadería de leche y carne que requería grandes superficies, y la concentró en pequeños territorios. Arrasó con miles de hectáreas de bosques nativos, lo que trajo reducción de la biodiversidad. En este mismo sentido se disminuyó la diversidad de alimentos ya que las variedades quedaron reducidas a las pocas producidas a gran escala;  la cantidad de alimentos disminuyó, ya que se cultivaron comodities para la exportación, productos ajenos a la dieta y las necesidades argentinas, lo que atentó contra la soberanía alimentaria.

 

Por si fuera poco el “yuyo” que ahora es resistente a la sequia, motivo de orgullo para los dirigentes políticos que anuncian por televisión y celebran acuerdos con Monsanto, atenta contra la inclusión social. Es un generador de pobreza que reduce la mano de obra campesina necesaria, que la despoja de sus tierras y la obliga a migrar a la ciudad para que nutra los cinturones de miseria.

 

 

La revelación forestal

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Después de ver la soja transgénica, el Faraón se durmió y soñó por segunda vez. En su visión se encontraba en medio de antiguos y grandes árboles, era un bosque silvestre centenario, del que salían centenares de especies animales. Los cielos eran surcados por manadas de loros que elevaban singulares cantos que se mezclaban en armonía con el sonido del agua de los arroyos del lugar. De las ramas pendían monos en búsqueda de alimento mientras deambula de manera solitaria el yaguareté que observa de reojo entre los arbustos su próxima presa.

 

Detrás del Faraón se escucha un ruido extraño y se siente un olor a miel seca y diesel. Cuando gira hay un nuevo árbol diferente a todos los que había visto. Se acerca y toca la corteza que se cae a pedazos y le enchastra la mano. De las ramas cuelgan unos frutos extraños con forma de piña, mientras caen miles de pajas que cubren el suelo ahogando toda hierba que trata de emerger.

 

El olor a Diesel que impregna el ambiente se vuelve insoportable, cada vez es más fuerte hasta que aparece una topadora que produce un sonido grave y siniestro que retumba en el bosque. Los animales al escucharlo emprenden una frenética huida del lugar. Al moverse, la máquina expulsa una densa capa de humo mientras lanza ronquidos que desafinan y hacen tétrico el crujir de los arboles que caen como fichas de dominó.

Cuando la topadora desaparece, no hay animales, no hay vegetación, no hay nada, solo tierra al aire. El faraón se encuentra en medio de un suelo que se erosiona, solo queda el pino que tiene ese extraño olor a miel seca imposible de olvidar. De a poco aparecen más arboles iguales, son miles, se establecen como un nuevo bosque que crece lentamente, pero los animales no vuelven, el lugar está desolado.

 

Los pinos son derribados y reemplazados por otros iguales. El faraón está otra vez ante  un desierto que se expande. Se despierta asustado temblando de miedo.

De nuevo el faraón soñó con una verdad incómoda, esta vez se trata de la actividad forestal como cultivo para la industria de celulosa y de aglomerados en la provincia de Misiones. Para el ingeniero forestal Martín Aguerre se trata de una variación del negocio sojero, la diferencia es el tiempo necesario, pero el modelo es el mismo.

Aguerre comenta que “la industria papelera celulósica es la que tiene mayor características de lo que son los agro-negocios, son las estructuras más grandes del sector forestal, cuentan con altas inversiones que van de 1000 a 1500 millones de USD. Son extensivas en el uso de tierra, inevitablemente necesitan expandirse, y son intensivas en el uso de agua que termina contaminada, sin olvidar que tienen un alto consumo energético”.

Con un tono de voz amigable, relata como la proliferación de industrias de este tipo a nivel mundial produjo una baja en los precios de la pasta celulósica, lo que obligó a competir a este sector a través de producciones a gran escala, primero se expandieron a través del desmonte, con lo que se perdieron 70 millones de hectáreas de bosque nativo en Misiones durante el siglo pasado, pero después pasaron a comprar también la tierra agrícola en un proceso de concentración.

Hoy en el mundo La celulosa tiene precio bajo, lo que vale es el papel, pero acá se exporta pasta a europa y se importa papel. Martín Aguerre bromea y dice que “se trata de la historia de la lana y el poncho, pero en versión A4”.

La actividad forestal como cultivo para la industria de pasta celulósica, tiene las mismas consecuencias del modelo sojero, concentración de tierras, migración de campesinos a los centros urbanos, aumento del desempleo, aumento de la obtención de comodities y disminución de la producción de alimentos. Un claro ataque a la soberanía alimentaria. La realidad se hace tan escalofriante, que se asemeja más a los delirios de un cuento de terror psicópata que al producto de la convivencia humana.

 

 La revelación ganadera

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Después de ver los desiertos verdes, el Faraón se durmió de nuevo y soñó una tercera vez. Ahora se encontraba en medio de la pampa, millones de hectáreas en las que pastaban millones de vacas, que fertilizaban la tierra para la rotación de cultivos. Cabezas de ganado dispersas por todo el territorio, portadoras de leche de buen sabor, de carne jugosa y de un cuero adecuado para el abrigo.

Detrás de las vacas aparece un yuyo verde que las  espanta y las acorrala. Los animales que se dispersaban por amplios territorios, ahora  se concentran. Quedan cercadas por alambre no se pueden mover, están confinadas a la espera de que termine su existencia, pero el hacinamiento las transforma.

Miles de animales concentrados en unas pocas hectáreas comiendo a la par. Ya no son los rumiantes de los que se habla en la escuela, no tienen el pasto de su dieta natural. El faraón está ante un lote de omnívoros, que se comen todo lo que tienen en frente. Alimentos concentrados a base de soja o harinas de pollo. Se transforman en una especie de cerdos de 500 kilos con 4 estómagos, que devoran lo que entra en el hocico y que se beben el caudal de agua de un arroyo para saciar la sed. Ante todo la situación es grotesca y antinatural.

La situación empeora cuando los animales comienzan a defecar y miccionar, miles de animales mal alimentados que se liberan en el mismo lugar donde comen y viven pues no se pueden mover. Crean montañas con un amasijo de estiércol y orín de las que salen enjambres de moscas y manadas de ratas portadoras de plagas. Esa misma mezcla que libera un olor pútrido e insoportable, es arrastrada por el agua a través de ríos que llegan a las poblaciones cercanas. El faraón se despierta desesperado y con ganas de vomitar.

Las pesadillas son cada vez peores. Gabriel Arisnabarreta, integrante de Ecos de Saladillo, la clasifica como un mal sueño de tipo Feedlot o de engorde a corral. Se trata de la pata ganadera del modelo agro-industrial que azota a la argentina.

El escenario dantesco del relato no fue un descuido, fue la decisión política nacional que a fines de los 90 impulsó la práctica y que entre el 2007 y el 2010 la financió a través de subsidios. A pesar de las fuertes regulaciones y constantes críticas hechas en USA y en países de La Union Europea al Feedlot, este entró en argentina para abrirle campo al monocultivo de soja que continúa buscando tierras.

 

Arisnabarreta cuando habla parece que relata un cuento, pero lo que hace es resumir lo que pasa. “La soja desplaza los animales del campo que pastaban libremente. Primero a zonas marginales  al norte del país, luego al oeste, después a las zonas más bajas de la pradera pampeana y por último terminan en pequeños corrales de engorde”.

Sus narraciones clarifican el modelo. Hace que un corral de engorde se entienda como ciudades, pues  se trata de seres vivos que no se pueden mover de un terreno, que pesan más que un hombre, que necesitan que les acerquen el alimento (que por ironía de la vida está hecho a base de la soja sembrada en los lugares que antes pastaban) y el agua, y que hacen sus necesidades que deben ser tratadas.

Para materializar lo dicho, una vaca diariamente se desase del 5% de su peso en estiércol y orina. Un corral de engorde de 10.000 animales produce 100.000 kilos de estiércol y orina, y requiere de 400.000 litros de agua por día, durante 5 meses. Saladillo es un pueblo que se encuentra rodeado por 12 de estas ciudades a pesar de que la legislación prohíbe este tipo de emprendimientos en las condiciones geográficas y ambientales de esa zona.

Un alimento no es solo una porción que llega a la panza, se trata de un proceso cultural, que no se puede cambiar por decisión de unos pocos, como pretenden algunos grupos económicos. La producción en feedlot es un atentado a la soberanía alimentaria que necesita producir de forma sustentable y acorde a las condiciones de la zona. A pesar del panorama desalentador que describe Gabriel Arisnabarreta, guarda la esperanza de que se pueda dejar atrás el engorde a corral, de la misma manera que se olvidan las penas y pesadillas del pasado.

 

La revelación social

Después de superar las nauseas, el Faraón pudo dormir otra vez. Esta vez se sueña rodeado de campesinos que van a cultivar los alimentos que requiere la ciudad. Se levantan con los primeros rayos del sol. Y se dirigen a los sembrados de los que vuelven al caer la noche.

De regreso a casa, a los agricultores se les forman ampollas que crecen y se hinchan hasta reventarse y dejar ampollas expuestas al aire, que expelen el olor de un organismo descompuesto. El brote se riega por todo el cuerpo de estas personas que están lejos de Dios, pero muy cerca de los cultivos transgénicos. Las mujeres que esperan a los labradores no paran de menstruar, sangran desde lo más profundo de sus entrañas. Campesinas que se mueren y que abortan a cada instante.

Es un cultivo maldito que esteriliza a sus labriegos. Los pocos niños que nacen vienen con malformaciones craneales y sus cuerpos desde temprana edad desarrollan anomalías. Desesperado el Faraón cierra los ojos y grita. Cuando los abre, está en una ciudad rodeado de siete obesos que no paran de atragantarse y de derramar comida, acompañados de siete famélicos que agonizan mientras ven como es devorado todo ese alimento sin que les llegue un simple bocado que les pueda salvar la vida. El Faraón grita tan fuerte que se despierta asfixiado, indignado y con ganas de llorar.

Altera pensar que este último sueño también se haga realidad. Pero el Dr Andrés Carrasco a través del estudio de embriones y los datos arrojados por las estadísticas oficiales encontró que en la localidad de La Leonesa, ubicada al lado de un cultivo de 6000 hectáreas de arroz, fumigado con glifosato se triplicaron los casos de cáncer en niños menores de 15 años y se cuadruplicaron los de malformaciones en recién nacidos.

 

A pesar del estudio las autoridades “responsables” (el Senasa) clasifican la sustancia como de baja toxicidad. Mientras tanto en las ciudades deambulan personas que ven el crecimiento de las villas miseria y como cientos de compatriotas viven a través del subconsumo.

 

La revelación de conjunto

En un último sueño el Faraón  identificó como las vacas flacas de la “soberanía alimentaria” el engorde a corral, en el monocultivo de soja y de pino.

Despertó y creyó que lo peor de la visión ya había pasado, pero cuando abrió los ojos, el modelo agro-industrial todavía estaba aquí.