No miró a “su mujer” y no le habló; pero sus ojos expresaban el desprecio que una mente racional experimenta por las gentes que se empeñan en pensar el universo a través de los sentidos.

Luego, hacía la remembranza  de sus padres, de sus tíos, de sus abuelos; igualmente,  de “los muchos animales que él  había conocido en su existencia”, que era larga para entonces.

Por: Hernando López Yepes*    

El primo de mi padre visitaba nuestra casa cuando menos lo esperábamos. Tan pronto saludaba y le entregaba algún presente a nuestra madre, caminaba hasta un rincón del comedor o de la sala; allí le daba razón a nuestro padre del estado de salud de “su mujer” y de sus hijos, del rigor de los inviernos y del pobre rendimiento de la última cosecha. Luego, hacía la remembranza  de sus padres, de sus tíos, de sus abuelos; igualmente,  de “los muchos animales que él  había conocido en su existencia”, que era larga para entonces.

La voz de “el primo Juan” (este era el trato que le daba nuestro padre) se hacía gorda al recordar a La Pizarra: una mula que llevaba a sus hermanos desde el pueblo hasta la casa de la finca, cada vez que se embriagaban. Poco, o nada, le importaba a aquella mula que estos hombres no pudieran conducirla: La Pizarra “conocía los caminos y sabía levantarles los cerrojos a las puertas; derribaba, con el pecho, cuanto obstáculo encontraba. No había muros ni fuerzas que pudieran detener a aquella bestia que era grande, inteligente y obstinada”.

Todavía, buscaba La Pizarra la manera de salir de nuestra casa, cuando el primo convocaba la presencia de Pulencio: un burro tierno que fue criado en la parcela de su abuelo y que “sumaba, sin haber ido a la escuela”. Los hermanos del primo lo supieron porque el burro transportaba cada día, solamente, quince viajes de arena desde el río hasta la casa. En el momento en que sumaba quince viajes se arrojaba de barrigas, y a pesar de los garrotes que caían sobre su lomo se negaba a levantarse.

Mi madre procuraba estar distante del lugar donde se hacían aquellas charlas; porque, cuando se acercaba con un poco de café o con un  refresco, el primo Juan la retenía por un brazo y le entregaba una enseñanza que ella no le había pedido: le explicaba  que los gallos de pelea alimentados con el plátano maduro ganan lustre en su plumaje; la instruía en la manera de curar las hemorroides: “su cuñada  había sanado  con la untura de una mezcla de manteca de marrano con azufre triturado”. Finamente, le decía que los racimos de los plátanos sembrados en el filo de los cerros dan, siempre, frutos malos. Allí, el viento los azota desde  muchas direcciones, y es  por ello que la cáscara del plátano se pega de la pulpa y no es posible separarlas.

Nosotros, los muchachos, nos marchábamos del cuarto, en el momento en que esas charlas comenzaban. No sabíamos que el primo Juan tenía mucha riqueza en su cabeza. Comenzamos a saberlo aquella noche en que escuchamos que  le hablaba  a nuestro padre de sus   luchas con las brujas y de encuentros con el duende y con el diablo. Solo puedo decir que al escucharlo caminamos o corrimos, y que no nos detuvimos hasta vernos a su lado.

Cada frase que salía de su boca era una chispa que encendía estrellas negras sobre un cielo enrojecido; cien mil sombras de esqueletos, duendes, brujas y otros trasgos conjurados por su voz se apretujaron en la sala, en la cocina y en los cuartos. Nuestros cuerpos se encogieron; nuestras manos se abrazaron a las  piernas de mi padre y se negaron a soltarlas. Las historias que contaba penetraron nuestra carne, como un frío que a pesar de que dolía no queríamos que cesara. En el momento en que ordenaron que debíamos acostarnos, nos negamos a dormir en nuestra alcoba; temerosos de que fuera alguna bruja y se sentara en nuestro pecho o que algún muerto, con su mano fría y huesuda, se acercara a acariciarnos.

No tuvimos que pensarlo y, mucho menos, discutirlo; aquella noche decidimos que este hombre que sabía tantas cosas sobre brujas, duendes, diablos y tesoros enterrados, podía ser y debía ser nuestro pariente: “nuestro primo segundo”, según dijo nuestro padre.

Yo quise estar cercano, en el afecto, a mi pariente; fue por ello que tomé la decisión de recitarle, al día siguiente, mi poema favorito: “Manecita rosadita”. Así, lo hice.

Cualquier niño experimenta en el momento en que recita su poema,  incontrolables emociones: él vacila, se detiene, recomienza, retrocede y… difícilmente logra terminarlo. Yo entregaba cada verso y, al hacerlo, me ocupaba en observar la reacción de los oyentes: mis hermanas y mi padre contemplaban, a través de la ventana, a las personas y a los perros que pasaban por la calle; solo el primo me escuchaba. Cuando pude terminar me dio el regalo de aplaudirme y de afirmar que él nunca había escuchado recitar ese poema con tan buena aplicación. Esas palabras me colmaron de alegría; sin embargo, mi conciencia no dejaba de morderme por haberlo rechazado tanto tiempo y por haberlo comparado, muchas veces, con “un feo Cristo gordo”.

Cada frase que salía de su boca era una chispa que encendía estrellas negras sobre un cielo enrojecido…

Se moría aquel año cuando fuimos de visita donde el primo. Nuestras manos, nuestros pies y nuestras mentes no dejaron de moverse, en esos días; me parece que seguíamos los pasos de mi primo, donde quiera que él se fuera. De sus labios aprendimos muchas cosas; entre ellas, que los gatos de tres pintas: café y negro sobre blanco son “del sexo femenino”. Nuestras manos, orientadas por sus manos, fabricaron finas velas con semillas de higuerilla que ensartamos en palitos; con las flores del banano, atravesadas por espinas, bellos toros y vaquitas.

Transcurridos unos días, descendimos hasta el pueblo; porque el primo Juan quería que conociéramos la iglesia, el cementerio y, también, a otros parientes.

Hacíamos, aún, nuestro mercado cuando al  primo le ofrecieron la boleta de una  rifa, en beneficio de los niños de la escuela; el primer premio consistía en  la cabeza de un  marrano acompañada de un menudo que, según explicó el primo, eran las tripas  del marrano. Nuestros gestos de fastidio lo animaron a comprar muchas boletas.  El sorteo  se efectuaría al medio día, en la glorieta de la plaza.

Entramos en la iglesia que  era  grande, oscura  y fría. Juan, mi primo,  hundió sus manos en el agua de la pila; trazó cruces en su frente, y nos sostuvo entre sus brazos;  pues nosotros deseábamos hacer lo que él hacía. Caminamos, después, hasta el altar; allí lo vimos dibujar algunas equis en su pecho y masticar dos oraciones. Luego, dijo:

¡Arrodíllense, niños! ¡Den las gracias por las cosas que han tenido y pidan luego! Pidan, niños, pidan, pidan. Pidan todo lo que quieran; pero nunca esperen nada, porque Dios es caprichoso: ¡Él no escucha y, cuando escucha, nos entrega lo que no le hemos pedido!

Buscamos, en los puestos del mercado, “un gallo fuerte y joven que tuviera el ojo vivo y siete puntas en la cresta”; no lo hallamos. Nuestro primo Juan nos dijo que Natalio (el viejo gallo de la finca) dejaría de ser el rey del gallinero; porque cuando lo buscaban las gallinas, las mandaba “pa’l carajo”. Después dijo, en voz  muy baja, que los gallos de ojo muerto y cresta humilde no complacen las gallinas. Mis hermanas preguntaron y aprendieron que el trabajo de los gallos es correr tras las gallinas, en los patios de las casas.

Después de visitar el cementerio y, de aburrirnos en las casas de unas gentes muy ancianas, nos sentimos hambreados; nuestro primo Juan compró, para calmar nuestra fatiga, “nalgas de ángel”: unas tortas que, por culpa de su nombre, no pasaron más allá de nuestras bocas. Como el hambre persistía compró “arepas de alma negra”, que nosotros no pudimos rechazar y que tragamos con agüita de panela. La idea de que pecábamos llenó de confusión nuestros estómagos.

El sol se descolgaba en el momento en que emprendimos el regreso. Nuestro primo caminaba a muchos metros de nosotros; en sus hombros sostenía un gran costal que contenía muchas cosas; entre ellas, la cabeza y el menudo del marrano. Los muchachos caminábamos a prudente distancia, pues los ojos de la bestia nos miraban por los huecos del tejido del costal que lo llevaba. Aquellos ojos malignos nos miraban, a pesar de que nosotros caminábamos con los ojos cerrados.

Pero, como El Buen Dios escucha, a veces, las plegarias de los niños: la cabeza del marrano empezó a oler y nuestro primo la arrojó en una cuneta. En ese instante lo alcanzamos y nos fuimos, loma arriba,   sostenidos de su mano; nuestras bocas no pararon de hablar hasta el momento en que llegamos a la finca: ya  sabíamos que el miedo se conjura con palabras.

Después de sus jornadas de trabajo, nuestro primo leía, para nosotros, una página o dos de “El rústico Bertoldo”; todavía conservo, en la memoria, lo ocurrido en el momento en que leía la alabanza que hizo El Rey, de las mujeres:

“El Rey dijo: El hombre sin mujer es como la viña sin poda, jardín sin fuente, río sin barca, prado sin yerba, monte sin leña, espiga sin grano, árbol sin fruto, palacio sin balcones, torre sin escalera, rosa sin olor, pino sin sombra, un diamante sin brillo, en fin…”

Su esposa, al escucharlo, caminó de la cocina  hasta el lugar donde se hacía la lectura; el orgullo que sentía por su esposo lector la iluminaba. Nuestro primo Juan, al verla junto a él le puso fuerza a la lectura:

“Bertoldo respondió:

– El hombre sin mujer es como un burro sin cabeza.”

Esta frase inesperada golpeó, como un garrote, la alegría y el orgullo de su esposa; quien, sin decir palabra, caminó hacia la cocina.

Tantas cosas ocurrieron en la casa de mi primo que es difícil elegir la más bizarra. Sólo puedo decir que, aunque quisiera, no podría olvidar lo sucedido  en nuestra  última visita.  Era, aquella, una noche muy oscura, los muchachos contábamos estrellas; cuando solo nos quedaban unas pocas por contar, el primo Juan habló de esta manera:

“No soy un descreído; pero pienso que este mundo en que vivimos se sostiene en las mentiras: a la luna no han llegado, todavía; cerca de ella sí estuvieron, pero mienten cuando dicen que han estado sobre ella.”

Nosotros, al oírlo, suspendimos nuestra cuenta.   Para entonces,  teníamos la certeza de que el primo era “un gran sabio”. Aquella noche nos habló de muchas cosas; entre ellas, nos dijo que la tierra se desplaza,  por el cielo, con tal velocidad que el ser humano no alcanza a  calcularla  y que…

-¿Corre como un caballo? –Le preguntó su esposa.

– No, no, no, no, mujer  – respondió el primo. No hay caballo que pueda correr tan velozmente como lo hace la tierra.

– Entonces, ¿como un carro?

– No, no, no, no, mujer; tampoco. La tierra es más veloz que cualquier carro que conozcas.

– Tal vez, ¿cómo un avión?, propuso ella.

– Es mucho más veloz, afirmó el primo.

– Entonces, si la tierra se mueve velozmente, diga usted, ¿por qué razones no se caen estos platos de la mesa?

– No se caen porque existen unas fuerzas que no vemos y que actúan sobre las cosas, las bestias y las gentes. Esas fuerzas unen platos y tazas a la mesa; y a la mesa con la tierra. Supongamos que uno trata de arrojar algún papel desde un vehículo que viaja velozmente. Uno espera, al arrojarlo, que se aparte y que descienda  en el balasto o el asfalto. Sin embargo, el papel no lo hace: da la vuelta y nos parece que se esfuerza por entrar, por los vacíos  de las ventanas, al vehículo…

El primo se calló. Pensó, tal vez, que no tendría que entregar otras razones; mas su esposa lo increpó de esta manera:

– ¡No nos cuente usted tantas falsedades y díganos, por Dios, que son mentiras estas cosas que nos dice!

-¡Claro que no, mujer! -respondió el primo-. Ahora mismo viajamos por el cielo, tan veloces como balas de fusil.

A la luz de las velas vimos cómo, en ese instante, huyó la vida del rostro de su esposa. Sus manos temblorosas buscaron una silla; al encontrarla, se dejó caer en ella y dijo, airada:

-¡Ay, Juan, ay, Juan, ay, Juan! Yo no me explico ¿por qué es usted tan cruel? Tampoco sé, ¿por qué se atreve a hablar sobre estas coas, delante de los niños? Por su culpa no podré vivir tranquila, ahora que llevo en la cabeza tantas cosas tan terribles.

Mi primo, el primo Juan,  no quiso responderle. Cerró los ojos, apretó los labios; defendió sus emociones con el cruce de sus brazos sobre el pecho, y echó el peso de su cuerpo en el respaldo de la silla. Después de haber guardado unos dolorosos minutos de quietud y de silencio, vimos cómo retornaba a la existencia. No miró a “su mujer” y no le habló; pero sus ojos expresaban el desprecio que una mente racional experimenta por las gentes que se empeñan en pensar el universo a través de los sentidos.

Muchos años han corrido desde entonces. Esta tarde he venido a su morada. Camino, con respeto, hasta el lugar donde reposa; lo saludo y deposito algunas flores en su tumba; limpio el polvo de su cruz y cuelgo en uno de sus brazos una bolsa, con “los huesos de santo” que a él tanto le gustaban.

Le doy gracias por su empeño en entregarme las maneras de pensar y de sentir de cuantas gentes construyeron un sendero que él amó y que, sin embargo, caminó apenas a medias y en forma zigzagueante.

No le digo nada más; tampoco oro por su alma, porque él mismo la salvó con cada acto de su vida. Me niego a abandonar este lugar sin confesarle y confesarme, que él ha sido y que ha de ser eternamente; es decir, hasta el momento de mi muerte: no mi primo segundo, sino “El Primo Primero”.

*hernandolopezyepes@hotmail.com     @HernandoLopezY