Imagen tomada de: barcelona.indymedia.org

Los escudos humanos y la “pureza de las armas de Israel”

Mediapart, blog Bernard Ravenel, 29 de julio 2014

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¡Ah! Qué bella fue la guerra de los seis días en 1967, cuando Israel enfrentaba una coalición de ejércitos árabes, ganando con facilidad una guerra “justa” y “propia”, bajo el signo de la “pureza de las armas”… En 1973 la guerra de octubre que inició Egipto también fue ganada, pero con mucha menor facilidad. Israel no pudo entonces comenzar a imaginar que no podría sobrevivir seguro basado únicamente en su propia fuerza.

Al mismo tiempo, la derrota de las naciones árabes en 1967 aportó una brillante justificación a la estrategia autónoma de Fatah, lanzándose a la reconquista de la tierra Palestina en una guerra de guerrillas, rápidamente bautizada “guerra popular prolongada”; suponía movilizar todo el pueblo árabe. Aquella resistencia fue organizada casi toda en países limítrofes –Jordania, Líbano- buscando golpear objetivos militares y civiles en las fronteras del Estado de Israel.

Del mismo modo que emergía la resistencia palestina en la escala local, hacían su entrada en escena las sociedades árabes. Para Palestina, el centro de gravedad iba a pasar de una sociedad disgregada en diásporas a la sociedad palestina en el interior. Con la resistencia, un movimiento de guerrilla popular disperso en países vecinos derivó hacia la mezcla con la población local. El ejército israelí se encontró delante de un problema inédito: ¿Cómo destruir al “enemigo” sin dañar el “vecindario propio”, es decir, los civiles? Un problema fundamentado en el desplazamiento del conflicto desde el exterior hacia el interior del territorio palestino ocupado por Israel.

Este nuevo contexto llevaría a Israel a modificar su concepción y práctica de la guerra. Las guerras convencionales con los Estados árabes estaban finalizadas y ganadas. Un enemigo establecido evitaba al ejército israelí golpear civiles, puesto que tenía un “teatro de operaciones” bien delimitado en el espacio. A partir de entonces el enemigo a golpear se encuentra “como pez en el agua” dentro de la sociedad; la destrucción de esa sociedad es preámbulo a la derrota militar del enemigo. La disuasión israelí, que antes mostraba a qué se exponía su enemigo si osaba atacar, pasa inmediatamente al acto de destruir la infraestructura económica y social como “demostración concreta de utilizar la guerra” (Roger Nabaa, Esprit 2010, inspirada en el libro de Eyal Weizsman:A través de los muros. La arquitectura de la nueva guerra urbana, La fabrique, 2008).

Al final, la disuasión de sociedades consideradas enemigas pasa por destrucciones masivas que afectan directamente a los civiles. En otros términos, se acaba la diferencia entre la guerra y la disuasión. De ahí la desproporcionalidad como componente estratégico de la nueva disuasión israelí. Es en el Líbano de 1982 (año de las matanzas de civiles en Sabra y Chatila), luego en el Líbano de 2006 (en la guerra contra Hezbollah) cuando se da el punto de viraje hacia esta guerra asimétrica. Bajo tal circunstancia el lado palestino comienza la búsqueda de una nueva estrategia no militar, la estrategia de lucha no violenta puesta en marcha en 1987 con la primera Intifada, palabra árabe que significa insurrección, levantamiento. En aquella misma época las distintas facciones de la Organización Para la Liberación de Palestina -movimiento político esencialmente laico- son confrontados con el nacimiento de Hamas en 1988, fenómeno esencialmente islámico. Desde ese momento la OLP queda situada frente a un fenómeno político centrado en la cuestión de emplear diversas formas de lucha armada para liberar a Palestina.

Es entonces cuando Israel percibe la necesidad de desarrollar un discurso específico que haga aceptable su nueva estrategia militar, estrategia que a ojos de la opinión internacional toma con rapidez el cariz de “guerra sucia”. Es aquí donde se nos sirve el asunto de los escudos humanos. La actual masacre de civiles en Gaza constriñe a abordar este asunto.

En la jerga militar, usada por los grandes medios sin mayores cuestionamientos, un escudo humano está compuesto de civiles situados en proximidad de objetivos militares. Buscan disuadir al enemigo para que no golpee dichos objetivos. O mejor aún: se hacen de modo que aquel que a pesar de ello decida golpear, cometa un horrible crimen de guerra deslegitimando su acción y finalidades. Hay dos tipos de escudos humanos posibles: uno lo componen personas obligadas a jugar dicho rol (rehenes, por ejemplo) o escudos voluntarios que serían a su vez cómplices. Para Israel, es la segunda categoría la que se impone y tampoco hay margen de maniobra para evitar la primera. Aquella sería la estrategia de Hamas: utilizar la población obligando a Israel a matar civiles para alcanzar sus objetivos militares.

Sin embargo, en los hechos, a causa de la excepcional densidad demográfica de la franja de Gaza, la cotidianidad de sus habitantes (que es bien conocida por el Estado Mayor israelí) muestra una realidad bien diferente a aquella atribuida a Hamas. Así los civiles, avisados cinco minutos antes que se apriete el botón, no pueden alejarse lo más mínimo del lugar de su ya bastante precaria vida cotidiana, convirtiéndose en escudo humano solamente por un miembro de Hamas que habita el mismo inmueble, pero que con frecuencia ha partido antes a otro lado dentro de su entorno, que también comprende la escuela, la mezquita, alguna estructura sanitaria y un local de la UNRWA. El hecho de que sean contiguas las instalaciones “militares” y las estructuras civiles, los milicianos y las personas, hace imposible una distinción. Aun más cuando en éste tipo de confrontaciones los roles suelen intercambiarse con rapidez.

Un último análisis revela que la teoría israelí del “escudo humano” no es más que el pretexto para una estrategia militar que no respeta el Derecho Internacional Humanitario, considerado como un obstáculo para los propios objetivos, y en consecuencia rehúsa distinguir entre civiles y combatientes. No es la resistencia armada el verdadero enemigo: es toda la sociedad palestina. El “sociocidio”, tal como lo definió el sociólogo palestino Salah Abdel Jawahd, que se ajusta a la depuración étnica. Las elucubraciones de los portavoces israelíes vuelven siempre sobre el tema de los escudos humanos, son literalmente obscenas al justificar el bombardeo de una escuela, un hospital o el barrio de Chouljaiya. Un comportamiento que entraña la previsible respuesta de la víctima: “también todos los israelíes se convierten en objetivos legítimos”, declaró el vocero de Hamas, Sami Abu Zuri.

Israel ha desatado una espiral del horror “legítimo”, con el riesgo de arrastrar la sociedad palestina, pero también la israelí, hacia una irremediable catástrofe.

 

Versión original: 

Traducción de Camilo Alzate para Iniciativa Debate