Apología de Israel

¿Qué se puede esperar entonces? Israel seguirá utilizando su derecho legítimo como Estado de defenderse y de utilizar su fuerza militar.

Digo noreñaPor: Diego Noreña

Julio de 2014

Jamás hubo un pueblo más injuriado, más difamado y despreciado como el pueblo Hebreo, y sin embargo, nunca hubo uno tan fuerte en sus convicciones y en su fe; en otras circunstancias cualquier otro pueblo hubiese claudicado y desaparecido por completo, pero los judíos han sabido sobrevivirse a la tragedia de ser el espejo de un Dios que parece haberles dado el mandato de su eterna angustia. Y es que el odio hacia el judío brota como la mala hierba y se enraíza hasta en los más bellos ideales humanos. Si Contamos su historia contamos nuestra propia historia, la de una raza asistida por la locura para el dominio de lo desconocido. El deseo de su exterminio, planeado innumerables veces desde los faraones egipcios hasta el nazismo del siglo XX, alimenta el misticismo que los envuelve y los seguirá hasta la consumación de los siglos. Queda la pregunta ¿puede un pueblo desterrado erigir su propio destino, acaso estará condenado a seguir una brecha sin rumbo abierta por el odio, como siguiendo una herida en el corazón mismo del hombre? Siendo perseguidos y obligados a salir de cuanta tierra pisaban, mantenían sin embargo, la materia invisible de sus signos, el lenguaje de sus profetas, es decir, llevaban consigo una indisoluble memoria que habita su propia palabra. Es esta palabra de la memoria la que se imponía sobre cualquier lengua, sobre cualquier espíritu y llevaba fuego en él. Bajo esta palabra, se incluía la promesa de la tierra, pues ¿acaso no es la tierra la síntesis de los signos de la cultura?

Esta antigua promesa que había mantenido unido de forma invisible al pueblo judío, parecía, en 1948, que era posible. La creación del Estado de Israel y su reconocimiento internacional despertó aún más la indignación de quienes se sentían dueños indiscutibles de la tierra. No hace falta una reseña histórica para justificar la propiedad de la tierra, pues ni los unos ni los otros la poseen con absoluta certeza. La Palestina árabe es tan cierta como la Palestina judía. La locura del Islam, desatada con los argumentos del odio, el miedo y el absoluto rechazo a occidente, hará de la eterna guerra fratricida un motivo para poseer el anhelado poder que necesita y traer así de nuevo el oscurantismo sobre los hombres.

Resulta bastante interesante que haya sido precisamente el antisemitismo de las naciones poderosas occidentales uno de los principales factores de donde surge la necesidad de la creación del Estado judío en Palestina, basta con leer las líneas de la declaración Balfour, en la que los ingleses se mostraban a favor de ello, para evidenciar la preocupación de Europa y Norteamérica por la inmigración de judíos. En Palestina han convivido durante siglos tanto árabes, como cristianos y hasta los mismos judíos; parece simple para nosotros pensar que se puede convivir así, pues nuestras sociedades han dado pasos importantes, pequeños, pero los han dado, en el reconocimiento de que los Estados deben asegurar la estabilidad en la inevitable pluralidad de los seres humanos. Pero la constante negativa del mundo árabe hizo que esto fuera imposible. Es el mismo odio hacia el judío el que justifica a Israel.

Una vez declarado el Estado judío, siguiendo las prescripciones que dio la ONU en virtud de los alcances axiológicos obtenidos después de la segunda guerra mundial, los Estados árabes iniciaron de inmediato, como una bienvenida, la guerra santa. Y hasta nuestros días, el mundo árabe y el Estado de Israel no se han podido poner de acuerdo en ninguno de los intentos por establecer diálogos y acuerdos para la Paz. ¿Por qué? Porque los árabes sólo quieren una cosa: Todo. Sin embargo, aún para mí, es bastante chocante hablar del mundo islámico como una unidad. Los musulmanes poseen diferencias entre sí bastante profundas, tienen corrientes como los saudíes y los chiíes, entre los mismos chiíes hay zaídies y alauíes. En Iraq, por ejemplo, el grupo saudita ISIS declaró la guerra a los chiitas. Hay incluso facciones más transigentes como los sufistas y otras más radicales como los salafistas. Hizbolá, el grupo armado de Líbano es enemigo a muerte de Al Qaeda, lo mismo que los rebeldes del Ejército Libre sirio, y el ISIS mantiene choques con Al Nusra también en Siria, el Hamas político nunca reconoció a las Brigadas Qassam, que mantenían actividades hostiles contra Israel, y así sucesivamente. Estas mismas divisiones nos hacen pensar que en realidad el término palestino no nos muestra una clara unidad cultural y religiosa, como exponen los detractores de Israel, con lo cual desean mostrar al Estado judío como un estado que libra una batalla para acabar con los palestinos. Lo cierto es que Israel responde, como naturalmente debe responder todo Estado legítimo del mundo, protegiendo a sus ciudadanos de las contantes actividades hostiles por parte de grupos reconocidos como terroristas. Algo similar sucede en Colombia, cuando algunos sectores internacionales reconocen a las FARC o al ELN como grupos beligerantes y no como terroristas, condenando evidentemente el uso legítimo de la fuerza militar del Estado colombiano para evitar y contrarrestar los ataques de estas organizaciones.

Sucede que algunos de los valores morales, políticos y jurídicos más reconocidos y aceptados universalmente por el mundo moderno poseen su raíz en el pensamiento judío. El Estado de Israel, por supuesto, está constituido conforme a estos valores. De hecho, después de 1948, Israel concedió la ciudadanía a todos los árabes que viven en su territorio y por tanto el derecho a votar–al igual que las mujeres.  La ley de Israel permite la libertad religiosa en los lugares sagrados de Jerusalén, dando el control de las mezquitas del Monte del Templo al Waqf musulmán. Asimismo, Israel desde siempre ha intentado llegar a acuerdos con la Liga árabe, siendo todos infructuosos. Es irritante escuchar comentarios por algunas personas que piensan aún que este conflicto es entre un Estado armado hasta los dientes y un pequeño grupo de personas armadas de piedras y palos. Veamos por ejemplo: los cohetes Grad y Qassam, conocidos y desarrollados por Hamas, son los más utilizados contra Israel, cohetes sin sistema de guía, lanzados sobre ciudades pobladas como Siderot, Ashkelon e incluso Beersheba y el puerto de Ashdod, al sur. Sus cohetes de mayor alcance son el Fajr-5 o M75, que puede alcanzar hasta 75 Km, lo que genera una amenaza para ciudades más densamente pobladas como Tel Aviv y Jerusalén; y el Khaibar-1, de fabricación Siria, que puede alcanzar hasta 160 Km. Si bien el ejército Israelí tiene por lejos más fuerza armamentística, no por ello estos ataques desde Gaza dejan de ser una amenaza, además ¡para eso se fortalecen los ejércitos, para defender sus intereses y proteger a sus ciudadanos!

Desde Gaza se lanzan constantemente ataques con estos cohetes y sus objetivos son las ciudades más pobladas y los corazones económicos de Israel, ya que evidentemente, para Hamas, vale más un cohete sobre Tel Aviv que uno sobre la zona montañosa al oeste de Mateh Yehuda. La “Cúpula de Hierro”, el más sofisticado  sistema de interceptación de misiles aéreos ha impedido el impacto sobre Jerusalén de aproximadamente 30 misiles, por ello, las muertes del bando de Israel han sido menores. Estas facciones terroristas de Hamas han tratado de evitar las respuestas de Israel refugiándose entre las poblaciones civiles, exponiéndolos, como ya ha sucedido, a caer en el fuego cruzado, y ya que en Gaza los territorios son más densamente poblados, las bajas de civiles son casi inevitables. Aun así, Israel ha tratado de poner en marcha programas para la protección de la sociedad civil, sistemas de anuncio antes de los bombardeos, aceptando peticiones de la ONU sobre treguas humanitarias para la atención, la ayuda y la evacuación de palestinos, etc. Lastimosamente insuficientes.

Y es que esta guerra no tendrá fin, ya que la misma ley islámica no acepta la comunión igualitaria del musulmán y el judío. El Corán, por ejemplo, denomina a los judíos y a los cristianos como dimmíes, es decir, como gente “culpable”, pues han recibido las revelaciones genuinas de Alá, pero las distorsionaron al no aceptar a Mahoma como su profeta, lo que les da un estatus inferior en la sociedad, casi igual a los paganos o idólatras absolutos. Y aunque resulte insólito, en los años cuarenta, mientras los judíos en Palestina libraban una guerra anticolonial contra los británicos, los árabes se dedicaron a expulsar a los judíos más que luchar contra su dominio colonial ¡Y ahora entonces resulta que son un pueblo al que le robaron su tierra! Pero para entonces no les importaba  estar bajo un gobierno inglés. Por ello, es imposible que este conflicto tenga una solución, al menos, una solución diplomática o política. Los árabes no solo reclaman las ocupaciones que Israel ha hecho a raíz de estos mismos enfrentamientos (lo que ha llevado a pensar que el Estado de Israel es un estado expansionista), sino que reclaman la posesión total de toda la tierra y la expulsión de los judíos. La Liga árabe nunca aceptó las delimitaciones que hizo la ONU en donde establecía en Palestina dos Estados, dejando a Jerusalén bajo control internacional. Recordemos las palabras de Azzam Pasha, secretario de la Liga árabe, durante las negociaciones del 16 de septiembre de 1947, donde le dijo a un diplomático judío llamado David Horowitz: “El mundo árabe no está en disposición de llegar a un arreglo. Es probable Sr. Horowitz que su plan sea racional y lógico, pero el destino de las naciones no se decide por una lógica racional. Las naciones nunca conceden; luchan. Ustedes no lograrán nada por medios pacíficos o por arreglos. Tal vez puedan lograr algo, pero sólo por la fuerza de las armas. Nosotros intentaremos derrotarlos. No estoy seguro de que tendremos éxito, pero lo intentaremos. Pudimos expulsar a los cruzados; pero, por otra parte, perdimos España y Persia. Puede ser que perdamos Palestina, pero es demasiado tarde para soluciones pacíficas”. Y las del Rey Abdula de Transjordania que dijo: “El único camino que nos queda es la guerra. Tendré el placer y el honor de salvar a Palestina”.

¿Qué se puede esperar entonces? Israel seguirá utilizando su derecho legítimo como Estado de defenderse y de utilizar su fuerza militar. Muchas calumnias y mentiras pueden envolver el conflicto, pero lo cierto es que es y seguirá siendo una guerra sin fin. Ninguno se irá, ni cederá. Será la historia quien nos diga hasta dónde llegará la crueldad y el odio entre nuestra especie y si la razón triunfará o no, sobre una sociedad que se niega a aceptarla por ser una calumnia de occidente o porque en algunas de sus más esperpénticas expresiones significa el ocaso de su propia sociedad. Israel seguirá luchando por el reconocimiento de su pueblo, el derecho de ligar su destino a una tierra y la libertad de elegir sus leyes basadas en los valores que conservaron aun después de años de ostracismo. Algo nos queda sin duda de tanto horror, el deber de pensar que tenemos la posibilidad de convivir aun entre nuestras más profundas diferencias.