Tahar Ben Jelloun, 2004

 

arafat

 

Una de las diferencias entre el oriente árabe y el occidente son aquellos hombres que lloran al anunciar la muerte de un jefe de Estado, un líder, un rais, aquel que encabeza un país o un movimiento de masas. Todo el mundo llora. Uno se imaginaría muy mal al portavoz de la presidencia de la República italiana o francesa llenándose de lágrimas delante de los micrófonos de radio y las cámaras de televisión del mundo entero, tal como M. Abderrahim lo hizo en el momento dónde debía anunciar el deceso oficial de Yasser Arafat. Hombres, combatientes llenos de coraje, militares, políticos, se dejan ir expresando sus emociones, afirmando la tristeza como si viniesen de perder al propio padre. Esta relación particular es significativa de todo lo que separa y a veces opone el Oriente y el Occidente. La subjetividad trae el resto: la gente no establece una distancia entre sí y los acontecimientos.

En el mundo árabe, la subordinación al jefe es antes que todo un vínculo afectivo. Lo político vendrá después. El individuo en tanto que entidad singular y única no es reconocido en estas sociedades, las gentes reaccionan como una sola y misma familia. Cuando el jefe de la familia muere, es toda la seguridad ontológica de cada uno la que se desmorona. La población se siente abandonada, huérfana de padre, y se lamenta exactamente como cuando a un miembro importante de su familia le cae la desgracia. Siente que no hay seguridad, se siente perdida. Aquella dimensión a menudo es un obstáculo para el establecimiento de la democracia. Arafat no hizo nada por permitir que la relación con su pueblo deviniera objetiva.

Arafat fue mucho más que un jefe de tropas, más que un político que dialoga con los grandes del mundo. Era un símbolo, valga decirlo, una imagen con la cual millones de personas se identificaban delegándole el poder de hablar en su nombre. El destino del símbolo es transformarse en mito. El mito se alterna con la realidad y escapa al proceso racional que funda las relaciones entre los ciudadanos y sus representantes. Puede que Arafat hubiera leído a Tolstoi cuando escribió en La guerra y la paz: “admitir que la vida humana puede ser dirigida por la razón, es negar toda posibilidad de vida”.

Arafat desempeñaba a menudo ese rasgo de su personalidad. Había obrado por inscribir el pueblo palestino en la historia, por darle una existencia, una visibilidad. Para eso recurrió a todos los medios, incluso los más discutibles. Se decía que era autoritario, no muy demócrata, malicioso, astuto. Amaba el secreto y cultivaba sus relaciones como un señor feudal. Era un excelente orador, cosa particularmente apreciada dentro del mundo árabe. Quien posee el verbo seduce y conquista los votos de los más vacilantes. Arafat sabía hablar a su pueblo, de la misma manera como supo dirigirse al mundo desde la tribuna de las Naciones Unidas ese 13 de septiembre de 1974, utilizando aquella metáfora con una mano portando la rama del olivo y la otra portando un fusil. Ese texto -probablemente escrito por el poeta Mahmoud Darwish- supo pronunciarlo martillante y repetitivo: “no dejen caer de mi mano la rama de olivo, no dejen caer de mi  mano la rama de olivo”. La metáfora habla por sí misma. Era la época en que Arafat avanzaba a grandes pasos hacia la paz. Desgraciadamente, el asesinato de Rabin iba a cambiarlo todo. De un hombre de Estado respetado por la Comunidad Internacional, Israel va a hacer un prisionero en su Mouqata’a de Ramallah. Finalmente Sharon se rehusará a crear un mártir a fuerza de querer humillarlo y denigrarlo.

Las lágrimas son sinceras. Este apego hacia Arafat recuerda al del pueblo egipcio a su Rais: Gamal Abdel Nasser, voz del nacionalismo árabe. El día de su muerte, seguida a una crisis cardíaca, centenares de miles de egipcios se echaron a la calle para manifestar su dolor y angustia. Después de Nasser, el mundo árabe no ha conocido otro líder carismático, amado y respetado (Gadafi, soñando, hizo todo lo posible por acceder a este estatus sin conseguirlo jamás). Sólo Arafat ha tenido aquel estatus de guía al punto que ciertos palestinos lo consideran como un profeta: el hecho de que haya escapado a 17 tentativas de asesinato y a un accidente de avión, lo hacen intocable, quizá incluso inmortal. Es por eso que se le llora. Mientras, el cinismo de un ministro israelí ha provocado una declaración donde manifiesta estar contento al ver desaparecer este hombre porque alimentaba en su regazo un odio inmenso.

En el mundo árabe se dice que la muerte pone fin a las intimidades. La muerte impone un respeto mutuo entre los enemigos. Cuando se habla de odio a propósito de un adversario político, es porque aquello no tiene nada de político, sino que intenta ajustar cuentas de orden personal.

 

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Traducción de Camilo Alzate para Iniciativa Debate