Ahora hay una generación que vuelve con hambre y sed de victoria, con deseos de demostrar que el ciclismo no era una disciplina exclusiva para blancos europeos, también es –y además lo es por decreto de un Presidente– el deporte nacional de este país escondido entre los Andes. Un deporte donde se sublima, como en ningún otro, el sufrimiento de su pueblo.

Fotografía: Federación Colombiana de Ciclismo

Por: Camilo Alzate

A Efraín Forero todos le dicen “El Zipa” porque nació en Zipaquirá, pero sobre todo, por la sangre Muisca de sus venas. Los Zipas fueron los reyes indígenas de esos valles altos y fríos del altiplano cundiboyacense, antes de que llegaran los españoles. Para demostrar a un puñado de interesados que era posible organizar en Colombia una carrera por etapas, similar al Tour de Francia o al Giro de Italia, el Zipa realizó en solitario una travesía desde Bogotá hasta Manizales, cruzando en bicicleta el Páramo de las Letras, aquella ascensión descomunal de 83 kilómetros que sube de las orillas del Magdalena, a 500 metros sobre el nivel del mar, hasta las cumbres cercanas al Nevado del Ruiz, a 3.760 metros de altitud. Parece que el Zipa franqueó la cresta de la cordillera entre senderos de tierra y descendió otros 30 kilómetros hasta la ciudad de Manizales, donde arribó por la noche mientras una multitud lo esperaba como a un héroe, nadie creía que tal hazaña fuera posible. En ese entonces tenía 20 años.

Un año más tarde, en 1951, el Zipa Efraín Forero sería el primer campeón de la Vuelta a Colombia, que nunca ganaría de nuevo porque en su camino se atravesó el antioqueño Ramón Hoyos Vallejo, el “Escarabajo de las montañas”, el mismo que después derrotaría a Fausto Coppi subiendo al Alto de Minas, cierta vez que el campeonísimo vino con su equipo a correr unas competencias de exhibición al país. Ramón Hoyos ganó cinco veces la Vuelta a Colombia, fue campeón panamericano de ruta y también estuvo entre los primeros colombianos que corrieron una carrera en Europa: la Route de France de 1953, donde se vio obligado a retirarse antes de las montañas. No podremos contar lo que habría sucedido si Ramón Hoyos, el primer escarabajo, hubiese sostenido un mano a mano con Bahamontes o Charly Gaul en los Pirineos. Tampoco podremos asegurar si era cierto eso que le decían los italianos a Martín Emilio Rodríguez “Cochise” cuando ya viejo fue a correr como gregario de Gimondi: que de llegar a Europa más joven, a lo mejor Eddy Merckx no tendría cinco Tours de Francia en su palmarés. Cochise, el primer latinoamericano que ganó algo grande por allá (dos etapas del Giro y varias clásicas), ya tenía cuatro Vueltas a Colombia en el bolsillo, un campeonato mundial de persecución individual y había impuesto el record de la hora.

No podremos saber en qué lugar del podio del Tour hubiera terminado Fabio Parra si los controles y sanciones por dopaje funcionaran como funcionan hoy. Sabemos que fue tercero. Podremos decir que hubo dos positivos por delante.

Desde el comienzo los colombianos deslumbraron en Europa por su habilidad impresionante de pedalear cuesta arriba. Cuando Patrocinio Jiménez atacó en el Tourmalet nadie era capaz de seguirlo, ni siquiera Lucien Van Impee, el mejor escalador de su momento. Así ocurrió el descubrimiento de los colombianos en las grandes competencias del viejo continente durante el Tour de Francia de 1983, descubrimiento que llegó demasiado tarde pues en Colombia ya habían brillado varias generaciones de excelentes corredores que nunca pudieron competir por fuera de América latina. Muy a pesar de eso, un periodista italiano se refirió en cierta ocasión a esos colombianos debutantes en las carreras de los ochenta como unos “pobres ratoncitos oscuros” que no sabían lo que era el Alpe. Quizá este periodista acertaba en algo, nuestros ciclistas eran pequeños y oscuros como ratones, pero se equivocaba en lo demás: fueron los europeos quienes nunca conocieron las montañas de verdad, esas donde falta el aire y los cóndores hacen sus nidos, esas de cuarenta o cincuenta o sesenta kilómetros para arriba. Aquello quedó zanjado cuando Laurent Fignon –ciclista con caprichos de gato– persiguió sin éxito al ratoncito Lucho Herrera durante la etapa 17 del Tour de 1984, la etapa del Alpe famoso aquel donde se consagran los gigantes. Jaques Anquetil, que no en vano había ganado cinco veces aquella carrera, dijo algo diferente de los colombianos. “Si vuelven serán terribles”, dijo. Y tenía razón.

Ahora hay una generación que vuelve con hambre y sed de victoria, con deseos de demostrar que el ciclismo no era una disciplina exclusiva para blancos  europeos, también es –y además lo es por decreto de un Presidente– el deporte nacional de este país escondido entre los Andes. Un deporte donde se sublima como en ningún otro el sufrimiento de su pueblo.

Fue el reportero inglés Matt Rendell quien llamó a los ciclistas colombianos “los Reyes de las Montañas”. Creo que en cierto modo todos son hijos del Zipa, ese hombre con sangre de rey indígena que demostró en 1950 cómo era posible atravesar en bicicleta un país de alturas monstruosas y carreteras inexistentes.