Louis Malle y la invención del ciclismo

 Jaques Anquetil, Jef Plankaert y Raymond Poulidor son filmados escalando en solitario una cuesta horrorosa que les obliga a retorcerse entre gestos de contorsión y sufrimiento. Es una batalla de tres, pero también es una lucha de cada uno contra sí mismo. El ciclismo se resume en la pelea a muerte de unos rivales que se destrozan entre ellos sin necesidad de tocarse. 

 

Por / Camilo Alzate González

“Hay que beber, hay que beber” susurra el ciclista Jean Bobet. La pantalla es atravesada por la horda de corredores descontrolados que invaden un modesto bistrot de alguna villa perdida en la campiña francesa. Una escena que parece, y tal vez lo sea de verdad, el asalto de una tropa bárbara que arrasa con todo por donde pasa. Cervezas, botellas de champaña que los corredores se enfundan en los bolsillos traseros de sus maillots, vinos suntuosos y también vinos baratos, pedazos de pastel y croissants que se llevan a la boca entre manotadas atosigantes, paletas que irán rotando de mano en mano, de boca en boca por todo el pelotón, helados derretidos, finas botellas de coñac.

Jean Bobet (hermano menor de Louisson Bobet, quien fuera campeón del Tour de Francia tres veces consecutivas entre 1953 y 1954) aclara en seguida que no se trata de una invasión bárbara: “el director de la carrera pagará después”. Jean hace las veces de narrador en la película y su voz en off habla desde adentro del lote con conocimiento de causa sobre temas como el dopaje o las montañas infernales de los Alpes que los corredores tendrán que afrontar durante la competencia. Bobet justifica aquel pillaje feroz que los ciclistas llamaban, con jovialidad o con descaro, “la chasse à la canette”, la cacería de las latas, o la cacería de las bebidas, según como uno atine a traducirlo, costumbre instaurada de cada Tour en las etapas calurosas; Bobet explica que “un corredor puede perder hasta cuatro litros de líquido”. La chasse à la canette fue abolida en 1968, justo después de la muerte en carrera del corredor británico Tom Simpson por una sobredosis de anfetaminas. Hay que beber –dice Bobet– hay que beber.

Vive le Tour! fue el documental corto con el que Louis Malle quiso honrar la carrera de bicicletas más importante del mundo, de la que él mismo era un gran aficionado desde la infancia al igual que buena parte de sus compatriotas. Malle hizo parte de la nueva ola del cinema francés, una corriente agrupada en torno a la revista Cahiers du cinema, donde confluyeron directores como Jean-Luc Godard, François Truffaut o Alain Resnais. 

El propio Malle, que ya era un cineasta consagrado con su película Los amantes de finales de los cincuenta, empuñó la cámara para perseguir al pelotón encima de una motocicleta por campiñas y cuestas de los Alpes y los Pirineos a lo largo de tres semanas, registrando momentos claves de la carrera como el desfallecimiento de varios ciclistas dopados (el dopaje no otorga fuerza sino que “suprime el dolor” convirtiendo al corredor en “una máquina de pedalear”, eso dirá la voz de Jean Bobet), o las caídas que cortan al pelotón dejando despojos sangrantes en la mitad de la carretera, o esa muchedumbre que a lado y lado de la vía aguarda el paso de la serpiente multicolor que apenas será un relámpago impredecible. Porque el ciclismo es como un orgasmo masculino: esa espera y ese esfuerzo tan largo para un instante definitivo tan corto y tan decepcionante.

La de Malle es una cámara que no se detiene ni un segundo registrando el colorido espectacular y el desenfreno veloz de la carrera. Resulta la conjunción de tantos colores y de ambos movimientos, el de la cámara y el pelotón, lo que permite al espectador captar el sentido brutal y vertiginoso del ciclismo en su esencia más pura: una fiesta rodante, un carnaval sobre ruedas que, no obstante, terminará derivando poco a poco hacia una tragedia que derrocha sufrimiento y dolor.

Y este es el gran acierto de Malle, que logra transformar de un modo casi imperceptible aquello que ha comenzado como un carnaval festivo y risueño hacia una carnicería espantosa en la que los rostros desencajados y el sufrimiento ocupan por completo el primer primerísimo plano de la cámara.

Louis Malle inventó la narración del ciclismo. Esta era una gesta para ser contada no solo con palabras, también con imágenes en movimiento que superaran el relato monótono de minutos y segundos perdidos o ganados, ese conteo inútil de primeros y segundos y terceros y últimos lugares en la meta, un relato que por décadas llenó las páginas deportivas de los periódicos, con tablas de clasificación iguales a estadísticas inútiles que nada dicen más allá del registro aburrido y notarial. Renunciando a ello, su mirada se fija en los dramas humanos de la competencia, obsesionada con el desfallecimiento del corredor que se ha quedado vacío sin un gramo de fuerzas. Esa cámara luego se complace en el jolgorio festivo de las monjas y los niños y los ancianos que esperan formando la algarabía de las cunetas, y más tarde capta igual a un prodigio inesperado la aglomeración de corredores junto a una fuente para tomar agua como si fueran pájaros exhaustos. 

No hay hilo conductor. No hay orden lógico. Todo está impregnado por el caos veloz, tan colorido como espectacular, tan alegre y dramático, ¿pero acaso no es eso una carrera ciclista? La imagen del corredor que se desploma pedaleando para derrumbarse inerte al borde de la carretera (un corredor al que Malle siguió minuciosamente intuyendo lo que iba a ocurrirle) marca el cambio drástico de la competencia que acabará convertida en un infierno para todos. 

El epílogo, y acá Louis Malle capta el ciclismo en toda su dimensión, no puede ser sino una exaltación del dolor absoluto. Jaques Anquetil, Jef Plankaert y Raymond Poulidor son filmados escalando en solitario una cuesta horrorosa que les obliga a retorcerse entre gestos de contorsión y sufrimiento. Es una batalla de tres, pero también es una lucha de cada uno contra sí mismo. El ciclismo, creo que lo he dicho antes, se resume en la pelea a muerte de unos rivales que se destrozan entre ellos sin necesidad de tocarse. 

Me parece que Louis Malle lo entendió todo. Su cámara enfoca uno por uno los rostros en primerísimos planos cortos que se alternan con la vista panorámica de la premiación final en París, ese momento de gloria que quedará para los libros pero que es apenas un segundo, un destello fugaz, pues la victoria no será más que una excepción: aquel momento efímero y casi sin importancia, mientras lo real y lo auténtico constituyen el dolor y el sufrimiento sin límites. 

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