Dos triunfos atronadores de etapa para labrar el camino más certero a la derrota, he ahí una buena estampa del ciclismo, que es un deporte, pero a veces también es un fresco barroco abundante en claroscuros y contrastes dramáticos.

 

Por: Camilo Alzate

El relato tendría que empezar con el holandés Thomas de Gendt luciendo su anacrónica facha de guerrero frisio, temerario, medieval, desafiando a todo el pelotón de ciclistas en una fuga que iba a durar doscientos kilómetros completos con cada uno de sus metros y centímetros rasgándole la piel, la misma fuga que le conduciría solitario hasta el final por esa ruta estrecha y accidentada, más que carretera una montaña rusa de subidas y bajadas abruptas, de curvas y contracurvas.

Cien hombres desperdigados lo perseguían escurriendo saliva de la boca, apetito de fieras rapaces, tal vez, o era que iban con los últimos restos. Era el 13 de julio, la etapa 9 del Tour de Francia, y algunos corrían como si la premiación final fuera esa misma noche y no quince días más tarde en aquel París aún lejano.

Thomas de Gendt. Fotografía / L’Avenir

Corrían sin cabeza, a empellones, a fuerza de codazos y arrancones absurdos, por eso detrás de Thibaut Pinot saltó Julian Alaphilippe, tan pasional él, huyendo del grupo: quería alcanzar a De Gendt, que estaba apenas unos cuantos metros adelante, quería vestirse otra vez de amarillo metiendo tiempo frente a sus ocho o diez rivales de la clasificación general.

Ocurría una batalla preciosa, de esas que ya no son frecuentes en el ciclismo contemporáneo, arruinado con tantas computadoras y algoritmos y cálculos exactos que evitan el error. Y el error, lo aprende uno con los años, es un equivalente de la belleza.

Además, ocurría una batalla justa, si cabe hablar de justicia en el deporte. Thomas de Gendt, el valiente De Gendt (esa barba anticuada, ese casco negro de guerrero frisio, esa obsesión de fugarse del lote en cuanta carrera participa, siempre adelante con otros dos o tres aventureros, agachado sobre el manillar, la respiración agitada, siempre cazado a la puerta del último kilómetro cuando el pelotón pasa por encima aplastando la fuga, un ejército que con su marcha pisotea y castiga a los insumisos) retorcía el cuello, doblaba la cerviz con cada pedalazo, se incorporaba sobre el sillín, su rostro arrugaba mil gestos de contorsión.

Volteó a mirar atrás cuatro, cinco veces, Alaphilippe y Pinot le respiraban en la nuca. Y pensó, de eso estoy seguro, que otra vez lo iban a alcanzar a dos pasos de la meta, aún así eligió no rendirse: estuvieron a doscientos metros, a cien, a cincuenta, casi podía escuchar la vibración de los radios y las bielas que ya rebasaban con un acelerón fuerte pero el final estaba allí, a tres, ahora a dos curvas, ahora al frente.

De Gendt, el eterno escapado, el rebelde que no acepta rodar donde van los demás como borregos y prefiere marcharse solo, siempre a contracorriente, De Gendt miró atrás de nuevo y vio ahí el azul tan azul de Alaphilippe que pedaleaba mirando al suelo y el blanco tan blanco de Pinot que se empinaba sobre los pedales, dos guerreros francos fraguando su cacería, tan cerca pero tan lejos, y no pudo creerlo. Dejó de pedalear, alzó la vista al cielo, se agarró la cabeza en un gesto de desconcierto porque doscientos kilómetros le caían a plomo sobre el cuerpo. Un hombre enfrentado contra cien conseguía por fin la victoria.

Julian Alaphilippe. Fotografía / El Universo

Pero el relato tendría que continuar con la lucha íntima de Alaphilippe y Pinot persiguiendo al barbudo frisio, cada vez más cercano, cada vez más difícil de cazar. ¿Eran dos hombres contra uno? O dos hombres contra diez, porque al fin de cuentas lo importante no era ganar la etapa sino distanciar a los grandes patrones, a los pretendidos herederos del trono: Quintana, Geraint, Landa, Urán, Bardet, Yates, Kruijswijk… Dos franceses anhelando ocupar ese trono que, si hablamos de los suyos, tuvo por última vez Bernard Hinault en el ya antiguo 1985.

Las buenas carreras son como novelas llenas de capítulos y personajes y pequeñas tramas que, aunque no sean protagónicas por sí, terminan siendo determinantes para el resto de la historia. Las buenas carreras son polifónicas, ofrecen versiones, lecturas posibles. ¿Qué hubiera pasado si Alaphilippe no ataca ese día, sino que prefiere guardar energías para la durísima batalla de la semana siguiente? ¿Cómo habría sido la carrera si el agresivo Pinot no abandona por enfermedad, cuando iba justo con la voracidad contenida de todos los años anteriores?

Nunca podremos decir con precisión donde empezó a perder este Tour –su Tour- Julian Alaphilippe: probablemente en la primera escapada, unas jornadas antes: ganó la etapa y se puso la apetecida camisa amarilla de líder. O en la mitad de la competencia, venciendo en la contrarreloj con autoridad inapelable, una autoridad que parecía autoproclamarlo como el único patrón posible. Ambas victorias mostraban tal fortaleza y apetito de arrasarlo todo, pero estaban agotando las fuerzas que iban a desampararlo dos semanas después.

Es difícil no amar a Julian Alaphilippe, ese ciclista loco que ataca porque sí y porque no, ese corredor que no escatima pedalazos ni esfuerzos, desmedido, tan irracional como carismático, disipado, hasta que se desmorona por completo y experimenta el límite de todo padecimiento posible lanzando manotazos. Difícil no enamorarse de su rostro de niño travieso, de su estilo arriesgado y pasional sobre la bicicleta, de su fragilidad y sus desfallecimientos apoteósicos.

Egan Bernal, un triunfo que no resuelve muchas preguntas. Fotografía / AFP

Dos triunfos atronadores de etapa para labrar el camino más certero a la derrota, he ahí una buena estampa del ciclismo, que es un deporte, pero a veces también es un fresco barroco abundante en claroscuros y contrastes dramáticos.

¿Dónde comenzó a ganar el Tour –su Tour- Egan Bernal? ¿En la contrarreloj por equipos que lo situó desde la segunda etapa entre los siete primeros? ¿En aquella jornada de montaña cuando sobrevivió al ritmo enfurecido de los franceses, Pinot y Alaphilippe, que volvieron a atacar? ¿En el Col du Galibier, la misma cumbre de Marco Pantani y de Juan Mauricio Soler y de Nairo Quintana, reventando a sus rivales con una marcha pesada, pero imposible de seguir, un pedaleo que más parecía el empuje desbocado de un tractor cuesta arriba?

Si la victoria dependiera de un momento decisivo, de un instante que otorga la consagración o la desgracia, yo diría que aquel momento ocurrió en la penúltima jornada de montaña, subiendo al Col del Iserán, cuando Egan Bernal volvió a atacar y se quedó solo en punta cruzando la cresta de los Alpes.

Atrás, muy atrás, Julian Alaphilippe perdía definitivamente la camisa amarilla: también afrontaba la cuesta solo, también sufría. La ruta labra el destino y pone a cada uno en su lugar, aunque nadie se libra de su suplicio.

Egan Bernal, solo, irremediablemente solo entre las montañas, sin nadie que le ayudase pasándole una botella de agua, pero también sin nadie que le siguiera ni le hiciera sombra, un espécimen que no fue hecho para rodar con los demás pues ha disfrutado de la soledad esquiva de los campeones.

Egan Bernal y Geraint Thomas al terminar la etapa 20a. Fotografía / Reuter

Atrás, muy atrás, igual de solitario, igual de desamparado, Julian Alaphilippe seguía hundiéndose en su agonía mientras otros corredores de segunda y de tercera lo sobrepasaban. Entonces recordé la soledad de Eddy Merckx remontando el Mont Ventoux, recordé a Induráin llegando “demasiado lejos en el dolor” durante la subida de La Plagne, y pensé en Coppi reventándose contra el Alpe d’Huez y en Luis Ocaña rompiéndose los huesos en una cuneta y en Bartali arrancando sin nadie que lo siguiera bajo la nevada y la ventisca feroz de los Alpes, y también pensé en Ramón Hoyos con la legendaria diarrea que lo obligaba a parar cada diez minutos en su primera o su segunda Vuelta a Colombia, y en el Zipa Forero y aquella travesía solitaria por el Páramo de Letras para descubrir que había un país intransitable que, no obstante, él iba a atravesar en bicicleta. Sigue siendo intransitable nuestro país, donde Julian Aliphilippe estuvo entrenándose en la soledad de los Andes, que ahora también son un poco suyos. ¿Hace cuánto no veíamos un ciclista ganando así un Tour? ¿Hace cuánto a uno perdiendo igual?

Prefiero creer que el ciclismo puede contarse como una historia cuyo epílogo no es ese aburrido podio de flores y champaña y ganadores, un trámite predecible, sino que acaba un día antes en la plenitud del furor, del desgaste y la tragedia. Prefiero creer que las buenas carreras son polifónicas (como las buenas novelas) y que admiten siempre nuevas lecturas.

Yo he leído un relato con muchos protagonistas y dos héroes enormes. Y aunque el sufrimiento en la ruta al final los colocó en lugares distintos, ambos conquistaron la soledad que sólo está reservada a los grandes campeones. Ninguno debería faltar cuando volvamos a contar la historia, porque la escribieron juntos.