Crónica sobre el viaje de un niño de San Isidro a la Laguna del Otún. Las adversidades y la falta de equipamiento no son obstáculo para Diego, un niño de verdad especial.Diego a

Por: Julián Arias

Fotos: Fabián Alzate

Día 1

-Vámono pue.

Desayune primero porque el camino es largo.

Diego saca del maletín un recipiente verde repleto de arroz con huevo y tajadas fritas de plátano maduro, un tarro azul de bebida energizante; entre la tapa y la botella, un pequeño pedazo de bolsa evita que la aguapanela con leche se derrame. Bebe un sorbo. Empieza a comer, la cuchara en su pequeña mano se mueve frenéticamente sintonizándose con cada una de las voraces mordidas, uno de los profesores le pide que coma despacio. Tiene que dejar para el almuerzo, le insiste.

-Ya acabé, vámono.

huellas diegoEste día Diego es uno de los 45 niños y niñas escogidos en el Centro Comunitario “El Comienzo del Arco iris” en San Isidro, para subir a la Laguna del Otún en el Parque Nacional Natural Los Nevados. San Isidro es una vereda del corregimiento de Puerto Caldas, ubicado al occidente de la ciudad de Pereira, al lado del municipio de Cartago, en los límites con el departamento del Valle del Cauca. Desde allí salió el grupo a las cinco de la mañana en un bus escalera, uno de esos camiones típicos y coloridos conocidos como chiva (Ford 600 modelo 70) utilizado para el transporte rural en la zona cafetera.

En este trayecto, mientras sus compañeros entonaban intensamente canciones de Oscar Agudelo y Julio Jaramillo, Diego se tornaba callado, pensativo. Con la cabeza apoyada en una de las ventanas atisbaba con curiosidad el paisaje citadino, su mirada se perdía entre las lámparas que alumbraban la carretera y los primeros rayos del alba que se mezclaban con la fronda del bosque en el sector de La Florida.

En la chiva llegaron hasta El Cedral  al final de la carretera; una casa de bahareque en el umbral de la montaña, una especie de fonda que sirve de aparcamiento para las chivas que vienen de la ciudad, de abrevadero para las mulas que bajan cargadas desde el páramo, y de cantina para los arrieros que llegan de hacer mercado.

La caminata está a punto de empezar.

Diego lleva un pantalón azul y un saco verde que fácilmente podría esconder a dos personas de su tamaño, unos guantes de lana, un gorro, un maletín que le cubre hasta la parte baja de la espalda, unas zapatillas color café; el pegamento derramado en el borde de la suela indica que están recién arregladas. Estos zapatos los compró su padrastro hace un par de días por $ 15.000 pesos en un almacén de segunda mano en el municipio de Cartago. Un montañista inexperto solo con observar esta indumentaria, opinaría que sería un riesgo la caminata de 12 horas por el abrupto camino. A Diego eso seguro no le importa, no le importa que el morral no sea el adecuado, que el calzado no sea el óptimo para este tipo de terreno, no le importa esa sinusitis crónica que le dificulta la respiración, solo desea conocer, caminar. Que se acaben ya las indicaciones y recomendaciones de los profesores, es hora de poner a prueba la calidad del trabajo del zapatero

-Camine pue, peezoso.

Diego arranca con el segundo grupo, empieza a recorrer el sendero que lo llevará a él y a sus compañeros por la cuenca del río Otún hasta los 3950 metros de altura de La Laguna. La primera parte del recorrido los lleva a través del Parque Regional Natural Ucumarí, por un sector lleno de lodo y arroyos hasta la finca El Ceilán, por el camino pedregoso que conduce a La Pastora y por la zona boscosa hasta Peña Bonita; entonces, la trocha se empina y se arruga. La fatiga aparece.

Diego cHace más de 60 años colonos boyacenses y tolimenses abrieron estos caminos. Huyendo de la violencia de los años 50 atravesaron la cordillera central y se asentaron en la cuenca alta del río Otún. Así se formó esta trocha, que más que una trocha parece un torrente de piedra que se escurre desde la parte alta de la montaña. Las familias radicadas en el páramo bajaban las mulas cargadas con troncos, carbón, papa y  bloques de hielo envuelto en serrín de madera que traían desde el Nevado de Santa Isabel hasta Pereira.

Luego de siete horas de caminata, el sendero se encumbra intrigando con la montaña para impedir el avance de los viajeros. Las piernas se debilitan y la respiración se dificulta, cada paso es una zurra que maltrata los pies, la dureza del camino parece no tener fin. De repente, las miradas del grupo se pierden en la lejanía al observar el beso de dos inmensos gorilas con forma de montañas que se funden en una cascada de más de 20 metros de altura. Estas dos prominentes formaciones rocosas tapizadas de bosque, anuncian la llegada al Jordán. Diego llegó hace 30 minutos, tranquilo y sonriente espera sentado en el pasto el arribo de los últimos andantes.

En la sombra de las montañas queda la casa de Andrés Machete, un descendiente de colonos boyacenses afincados en estas tierras, que hoy se dedica a cuajar la leche para hacer quesos, arrear ganado y encaramar turistas hasta el Parque Los Nevados. Son las 7 de la noche, Andrés y las mulas cargadas con las carpas y la comida no aparecen. El frío empieza a descolgarse desde el páramo.

-¿Alguien tiene panela? Pregunta uno de los profesores.

-Yo teno.

Solidario y dispuesto, Diego saca de su maletín el atado dulce y lo entrega en la cocina. La aguapanela caliente abriga la espera.

Alrededor de las 8 de la noche llegan las mulas, la comida y las carpas. Diego  ayuda a descargar los bultos, armar las tiendas y recoger leña para la fogata. Después de comida y bebida calientes, es hora de dormir; la jornada del día siguiente se pronostica agotadora.

-No teno donde domir; yo ahí no duemo. Aparece renegando el muchacho.

Sus compañeros se burlan de nuevo: de los mocos, de su forma de hablar, de su cuerpo adolescente, de su mente de niño.

-Ahí tienen que dormir los tres, junticos para protegerse del frío. Les advierte conciliadora una de las profesoras.

Día 2

Afuera de las carpas las risas y el parloteo de los muchachos espantan el sueño. Diego ya está revoloteando por el lugar: con un palo remueve el agua represada en la quebrada que pasa bordeando la finca, enseguida corre afanosamente cuando observa la llegada de Andrés arreando el ganado, entonces, azuza las vacas y se une al ordeño. Luego, sujetando un bocadillo, juega con un cachorro que menea la cabeza de un lado para el otro siguiendo el ritmo de la golosina, ahora, quiere bañarse; en calzoncillos se pasea por el patio de la casa en dirección al baño.

El Jordán es la puerta a la parte alta de la montaña, un puñado de potreros rodeados de monte. Diego se detiene un momento y observa  curioso el paisaje paramuno, mira la manigua que se levanta a 3200 metros de altura cercando la casa de la familia Machete. Aquí no crecen los mangos como brotan en los potreros de las fincas vecinas a San Isidro. En la época de la cosecha, el muchacho salta los cercos de matarratón, sigilosamente se camufla entre los pastizales, de un brinco se trepa en los árboles de mango y agarra las frutas que luego vende en un improvisado puesto al frente de su casa.

En una ocasión la tarea iba por buen camino, el sol como de costumbre azotaba la pradera. Cruzando el cerco, en la sombra de los samanes, las reses rumiaban el pasto amarillento y seco, del otro lado, Diego ocultaba su pequeño cuerpo con las ramas de un matarratón, divisando por entre las hojas, el árbol repleto de los frutos verdes. Pasó el cerco, a gatas se encaminó en dirección al mango, el pasto se hizo su compinche. Tan solo faltaban unos metros para completar el cometido, entonces, los perros vigilantes notaron la presencia del pillo de los mangos. Diego salió corriendo, los caninos encrespados detrás, en medio del pánico y la carrera un abrevadero era la única opción para salir del apuro; de un salto hasta el centro del pequeño estanque el muchacho asustado fue a dar. Esa tarde sus clientes se quedaron esperando, con los dientes destemplados, al vendedor de mango con sal.

Diego sigue observando las enormes montañas, la fortuna hoy está de su lado, únicamente seis países del mundo tienen este tipo de ecosistemas, la mitad de ellos en Colombia. En un rato se encontrará entre pajonales y frailejones, algo nuevo para él, un paisaje que pocos pueden conocer.

Después de más de once kilómetros desde El Cedral, la ruta casi vertical y zigzagueante que lleva hasta el sector de El Bosque empieza a desgranar el grupo, algunos jóvenes deben devolverse al Jordán, otros a paso lento luchan contra el áspero camino y los más de 3500 metros de altura. Entretanto Diego, con la boca abierta, tres gotas de sudor y dos chispas de mocos en su nariz, los cordones de los zapatos desamarrados y un puñado de piedras que arroja con frecuencia contra la vegetación, camina tranquilo. De vez en cuando se voltea hacia algún profesor de sus afectos a brindarle un caramelo, otras veces alguna queja sobre dolores de cabeza o de espalda son la excusa para demandar un poco de atención.

 -Me dele a cabeza, yo me voy e mula.

El bosque quedó atrás, los pajonales se asoman en la fría montaña anunciando la entrada a la parte alta del páramo. Los frailejones circunvalan el camino animando a los montañistas a terminar la jornada. Después de seis horas de caminata el último trecho nos lleva a través de una laguna sin agua, una cabaña en cenizas, un fuerte indefendible y un puente de madera que cruza hasta la azufrera, entonces, rociada por hilos de agua, se presenta la Laguna. La ventisca y la brizna paramuna juguetean en la montaña, golpean los rostros jubilosos del grupo y nos advierte sobre la resistencia de los nudos a la hora de montar las carpas.

Día 3

El día está despejado, el sol y el azul del cielo se reflejan en la lámina de agua. Entre saltos y piruetas más de treinta jóvenes se encuentran desafiando la gélida Laguna. Aquí nace el río Otún, “el de la derecha” en Yoruba, como lo nombraron las primeras comunidades negras que ocuparon el territorio Quimbaya, el mismo que en su lecho recoge la memoria de los pereiranos y la lleva entre cascadas, historias y relatos hasta desaguar en el río Cauca, al otro lado de la ciudad, muy cerca de San Isidro.

Diego pasea por el lugar y me reta a nadar con él:

-Banémonos en la lanuna  flojo.

A su cuerpo solo lo cubre un desteñido calzoncillo azul. Con los mocos colgándole de la nariz y la boca abierta permanece en la orilla. Sus manos entrelazadas las posa en el contorno de su boca. Prepara el salto.

Aunque su figura se asemeje a la de un niño de 12 años, su pequeño cuerpo lejos de parecer frágil es un cuerpo fuerte, musculoso. Su madre Diana dice que tiene 16.

-Nació el 2 de junio del 99 -cuenta ella- Nació de ocho meses y estuvo un mes en incubadora, ese muchacho tenía ganas de salir. Cuando nació, el médico me dijo que el niño tenía un problema en la garganta y en el paladar, o algo así, también estuvo más de un año con asfixia, gracias a Dios se le quitó.

La madre de Diego trabaja vendiendo arepas en un negocio ajeno en El Cofre, un barrio de Puerto Caldas. Tiene 37 años, es una mujer delgada, morena, sonriente, madre de 5 hijos. Su hija mayor tiene 22 años y ya le dio el primer nieto. Hace diez años Diana decidió separarse de los golpes y de la mala vida, entonces, de la mano de sus hijos abandonó Cartago y llegó a San Isidro.

-Aquí acabe de levantar esos muchachos. Asegura.

¿Y qué le dicen los médicos sobre Diego?

-El medico hace unos años me dijo que Diego era un niño especial, la verdad el sí es muy especial, es cariñoso y detallista. Siempre me trae dulces que le dan en la escuela. Cuando se va a trabajar me trae la plata y me dice que es para que compre mercado, aunque yo le digo que él está muy pequeño para trabajar.

En América Latina, según la Revista Latinoamericana de Educación Inclusiva y datos del Banco Mundial, solo entre el 20% y el 30% de los niños y niñas con discapacidad asiste a la escuela y éstos, cuando entran, suelen ser excluidos enseguida de los sistemas de educación. En Pereira 1.500 niños con déficit cognitivo asisten a centros educativos. Todas las mañanas, Diego camina alrededor de una hora hasta llegar al colegio Carlos Castro en Puerto Caldas; ya son varios años del mismo recorrido, intentando infructuosamente leer y escribir, aguantando las burlas de sus compañeros.

Según su mamá a Diego nunca le han hecho un diagnóstico para establecer su situación clínica real, tampoco ha recibido una formación acorde a sus evidentes necesidades educativas especiales.

Cuando Diego no está en la escuela o en el centro comunitario está rebuscándose algunos pesos para ayudar en su casa: carga mercados en la galería de Cartago, bota escombros con los carretilleros de la zona, descarga y extiende al sol cueros vacunos en la curtiembre de la vereda o se va con su cuñado a vigilar una bodega vecina. Hoy Diego es uno dentro del millón de niños y niñas -de acuerdo a una publicación del periódico El Tiempo de 2014 y el Departamento administrativo Nacional de Estadística- que trabajan en Colombia.

-Cuando no lo dejo ir a trabajar se me vuela, a mí me gusta más que esté en la Fundación-, dice Diana refiriéndose al Centro Comunitario “El Comienzo del Arco iris”, un espacio para la comunidad de San Isidro que busca suplir el papel del estado. Desde la educación, las artes y el trabajo comunitario se labora para construir un mejor porvenir para los niños y niñas del sector.

Hasta allá llega Diego tres o cuatro veces a la semana. Uno de esos días, apenas entrada la mañana apareció en el Centro Comunitario con una estopa al hombro. La noche anterior, acompañado de dos amigos, se coló en el patio de un vecino. Pedazos de hierro, cobre y aluminio tirados en el solar eran su objetivo, pero otra vez se dejó pillar. La soplona: la hija menor del dueño de la chatarra. A su mamá le llegaron con la queja, entonces, los ramales colgados en la cocina dejaron su marca en las piernas y el trasero de Diego, que enfadado y con los ojos empapados se fue a dormir. Al día siguiente, se despertó antes que el sol se asomara por las hendijas de las estacas de guadua de su habitación, empacó pantalones, camisetas, la pijama y el cepillo de dientes en la estopa de fique, se la cargó al hombro y se fue para la Fundación, decidido a vivir allí. Horas más tarde, entre charla y juego, su mamá y las profesoras lo convencieron de volver a su casa.

En el centro comunitario Diego deja de ser un hombre para volver a ser un niño. Borda bolsos y teje manillas que vende a los visitantes. Siempre dispuesto levanta la mano cuando algún profesor requiere ayuda en alguna tarea. Constantemente brinda un dulce o un abrazo como muestra de cariño. Diego es un muchacho auténtico, inquieto, alegre, risueño, sin caretas ni prejuicios, un adolescente en el cuerpo de un niño de 12 años que siempre da de lo que hace falta, un caminante que sin equipo adecuado se encuentra desafiando los cero grados del Parque Los Nevados, durmiendo en una carpa de tela fina, de esas que se utilizan para acampar dentro de la casa, con una cobija tan pequeña que cuando se arropa el pecho se destapa los pies. Puerto Caldas es una zona calurosa que no supera los mil metros sobre el nivel del mar. En San Isidro, el caño -una quebrada que pasa cerca a la vereda- se convierte cada fin de semana en el sitio para refrescarse de las altas temperaturas, hoy Diego, espera zambullirse en una laguna a 3950 metros de altitud y cinco grados de temperatura.

laguna el mosquito 2Allí está, en la orilla, preparando el salto, el sol brilla sobre su torso desnudo y evidencia los moretones y las llagas producidas por una infección en la sangre. Su boca abierta le permite respirar mejor, o tal vez no, quizá sea una señal para los escépticos, un símbolo que indica que está listo para tragarse el mundo, dispuesto a caminar largas jornadas por rutas complicadas, preparado para álgidas noches de poco abrigo, decidido a cargar sobre sus hombros pesados fardos. Tal vez inconsciente de lo intrincado del camino, hoy está aquí, convencido de querer brincar al agua.

Diego empieza a correr sobre el pastizal cubierto de rocío, de un salto se hunde al lado de sus compañeros; el agua salpica en chispazos cristalinos. Hoy es día de fiesta en la Laguna. La alegría y los juegos del grupo se vinculan armónicamente al esplendoroso paisaje. Diego no para de brincar, de un giro se cuela en el agua e inmediatamente sale temblando, buscando abrigo. Muerde un bocadillo, una camiseta blanca le sirve para secar su cara y su cabeza. Con los ojos brillantes, risueño y travieso se acerca para retarme de nuevo.

-Camine pue, medoso.

Esa Laguna es muy fría, le contesto.

 Grupo 1

Día 4

Ya en El Cedral, luego de seis horas descendiendo la montaña, el grupo se funde en abrazos, el cansancio se asoma en los rostros sudorosos. Diego está  dichoso, los zapatos aguantaron la travesía, entonces, se introduce en el círculo formado por los caminantes al frente de la fonda, coge las manos de dos de sus compañeros y escucha atentamente las palabras de uno de los profesores.

-Hoy es un día muy especial, asuman esto como un triunfo, guarden en la memoria estas largas jornadas atravesando montañas. Entiendan la importancia de los sueños, el esfuerzo que implica cumplirlos. El camino no es fácil, es largo e inclinado, pero si emprendemos el viaje unidos en común-unidad la loma se endereza y la trocha se suaviza, porque sin las condiciones mínimas, sin comodidades ni equipos adecuados, hoy podemos asegurar que rebasamos los obstáculos para trepar hasta la punta de la montaña.

Después de cuatro días caminando la cordillera, las fuerzas del grupo deberían estar diezmadas, pero no es así, de nuevo los cantos desentonados inundan el interior de la chiva. Diego, entre tanto, está callado, ensimismado, con la cabeza recostada en la ventana. Las rancheras de Vicente Fernández levantan los ánimos. “Súbale volumen”, gritan los cantores:

Tal vez mañana yo despierte solo

pero por el momento quiero estar soñando

no me despiertes tu

no ves que así yo soy feliz

Diego continúa mirando por la ventana, su mirada de nuevo parece perdida en las luces de la noche citadina. La música de fondo, el canto de sus compañeros, el ruido de la ciudad, parecen no importarle.

¿Qué quiere hacer cuando sea  grande?, interrumpo su sosiego.

-Cuando cumpa 18 taz, taz, taz… me voy pa batallón.

Responde él, encogiendo los hombros y apoyando de nuevo la cabeza en la ventana. Hace tiempo que esa idea ocupa sus pensamientos. Ahora lo miro en silencio. Me imagino a Diego en un par de años al frente de un oficial del ejército, seguramente le impedirán prestar el servicio militar. Quizás deprimido regresará a su casa, enfurecido se envolverá en llanto hasta quedarse dormido. Entonces, lo imagino levantándose en una nueva mañana,  con su sonrisa pícara y su mirada de niño, con sus nuevos sueños, al fin y al cabo, Diego, aprendió a saltar cercos, y a recorrer cuesta arriba terrenos enmontados.