No es que sea muy diferente, pero lo poco que soy me ha valido que me llamen marica. De pronto eso es lo que soy: marica. De pronto por eso fue que me pegó, porque me tomó por homosexual siendo yo marica. ¿Cuál es la diferencia?

 pareja gay

Por: Andrés Agudelo

Manuel llegaba esa noche; la noche del sábado que inauguraba la semana santa. No se lo dije, pero esperaba que saliera temprano de Bogotá. Yo tenía todo planeado. Esperaba que Manuel llegara, descansara, se bañara, pasara tiempo con su familia y a las siete fuéramos a la feria artesanal; de ahí, iríamos a comer algo, compraríamos media botella de aguardiente o brandy y entraríamos borrachos a un concierto de punk que había en el centro.

Nuestra última charla en persona había sido en los días finales de las vacaciones de diciembre, poco antes de que él se devolviera a estudiar a Bogotá. Desde entonces, lo habíamos hecho ocasionalmente por internet. Aunque me había convencido de que en verdad quería ir a ese concierto, el punk me importaba un carajo. Habían sido los mismos Sex Pistols, a quienes seducido por la anarquía me había forzado a admirar hacía unos años, los que me habían devuelto al sistema, desencantado, cuando todas sus canciones me empezaron a sonar igual. Quería que Manuel llegara para hablar.

El mismo sábado, unas tías llegaban de Bogotá. Habiendo salido a las cuatro de la terminal, nos llamaron de nuevo a las seis; acaban de tomar carretera. Eso me preocupó. Fui con mis papás a esperarlas a un centro comercial cerca de la casa de Manuel. A las siete y media, la parte del plan donde íbamos a la feria y a comer quedaba descartada; era demasiado tarde para que sus papás o los míos nos dejaran hacer cualquier cosa sin obligarnos a comer antes de salir. Desde las cinco lo había estado llamando y le había estado mandando mensajes por Facebook. Él cargaba un celular viejo, provisional, pues el suyo lo había botado. Las llamadas me mandaban a buzón y los mensajes no eran recibidos. Aunque tuve la inteligencia de no escribirle por WhatsApp, solo ahora, que escribo esto, me doy cuenta de lo absurdo de haber aferrado mis esperanzas a un celular de mierda.

El propósito de ir al centro comercial era, además de esperar mientras mis tías llegaban, irme caminando hasta la casa de Manuel cuando él estuviera aquí, y desde ahí, hasta el  resto de estaciones de nuestro tour. A las ocho llegaron mis tías a Villavicencio y, desesperado, lo llamé otra vez. Atendido de nuevo por el buzón, salimos para la terminal. Ahora, solo me quedaba esperar por un mensaje o una llamada antes de que recogiéramos a mis tías, para decirle a mi papá que no tomara la ruta corta a casa y quedarme de nuevo en el centro comercial. Las recogimos. Con ellas en el carro, lo llamé otra vez. Nada. Llegamos a casa. A las diez me escribió. Le hablé del evento punk con la delicadeza de comprender su cansancio. Me dijo que no estaba cansado y me propuso ir a un bar cerca de su casa. Me pareció buena idea.

Siempre he sufrido de la ilusión de las ciudades nocturnas. París de noche, Tokio de noche, Los Ángeles de noche. Las veo en la televisión y me convenzo de que la noche en una gran ciudad es hermosa. Entonces recuerdo que la noche en Villavicencio es horrible. No puedo cambiarlo, Villavo no es una gran ciudad. A diferencia de París, las noches aquí no tienen Boom Latinoamericano, no tienen Generación Perdida, no tienen revolución. Las noches aquí son caminar rápido, deteniéndose, mirando, sospechando de cada persona que esté afuera, buscando la misma hermosura inexistente. Ese sábado, a esa hora, tras meses sin probar alcohol, con ganas de hablar y luego de un día entero de zozobra, la idea de la noche villavicense no me pareció tan mala; me pareció, incluso, que podía llegar a ser hermosa. Mis tías estaban aquí, de paso podría impresionarlas: mostrarles que ya no era un niño; que era un hombre que salía a tomar cerveza al otro lado de la ciudad, sin importarle la hora o la visita.

No sospechaba que esa noche, que venía planeando desde hacía una semana, la terminaría en el hospital, con la nariz rota, cortesía de un defensor radical de la “familia tradicional”.

No es que sea muy diferente, pero lo poco que soy me ha valido que me llamen marica. De pronto eso es lo que soy: marica. De pronto por eso fue que me pegó, porque me tomó por homosexual siendo yo marica. ¿Cuál es la diferencia? A fuerza de que me confundan he llegado a entender que un homosexual es al que le gustan los hombres, mientras que un marica es el que no hace al pie de la letra lo que los “varoncitos” deben hacer.

De pequeño, leí en un blog rústico de los años mozos del internet algo sobre ser feliz. De lo que leí, me quedó no dejarme encasillar por los roles de género y he tratado de vivir así mi vida. La primera vez que me puse una camiseta rosada me sentí la persona más valiente del mundo; en ese momento, mi autoestima tocó las nubes; yo mismo era el primer hombre que conocía en hacerlo. A los seis le pedí a mi mamá que me comprara una muñeca. Como niño, me pareció lo más natural: todos mis juguetes eran hombres y las historias que los hacía protagonizar, aunque de batallas violentas influenciadas por el anime y los comics, se veían limitadas por la ausencia del otro sexo. ¿Quién se inventó que las mujeres son ajenas a la violencia? Mi mamá puso el grito en el cielo. Menos mal no le dije que no quería una muñeca, sino muchas. Quería que cada uno de mis juguetes hombre tuviera una pareja; no quería que ninguno estuviera solo ni que tuvieran que compartir a sus mujeres. Como Dios de mis juguetes, la idea de emparejar a un juguete hembra con un macho y con otro, a mi antojo, violentando su libre albedrío, me pareció repugnante. También me gustan las flores, son bonitas. Me gusta la fotografía de moda, en especial la del siglo pasado: análoga, peinados voluminosos o flequillos, dientes feos, modelos flacas con culos largos ochenteros; cosas como Helmut Newton, aunque suene cliché. No me gusta el futbol ni ningún deporte. A todos los hombres les gusta el futbol, me dijeron una vez, asombrados. A mí no me gusta, ¿será que no soy hombre? Si no fuera tan flojo posiblemente practicaría ballet o patinaje artístico. La idea de moverme como he visto a bailarines y patinadores moverse me hace añorar la misma libertad que debe añorar un mal futbolista fantaseando con ser Lionel Messi. Veo Mamma Mia cada vez que la dan y digo sin vergüenza que Leonardo DiCaprio de joven estaba bueno. ¡Lo estaba! No soy ciego ni estúpido.

¿Será que soy gay sin saberlo? En el colegio no andaba con niñas y además de las muñecas, que por el desconcierto de mi mamá nunca llegué a tener, los demás juguetes “femeninos” (bebés de plástico y cocinitas) me parecían, aparte de aburridos, estúpidos. Me gusta sentarme a ver muchachas pasar por el parque y por mi pantalla. ¿Será que me hacía falta encontrarme con lo valentía homofóbica de un extraño para descubrir mi verdadero yo? ¿Será que me hacía un favor? ¿Y si me gustaran los hombres qué? ¿Tendría que acostumbrarme a que me peguen en la cara cada vez que quiero levantarme a algún man? ¿Será que todos los homosexuales de Colombia están acostumbrados a andar con la nariz rota?

Tomé un taxi hasta el centro comercial donde había estado más temprano y ahí nos vimos. Lo saludo con el nombre de un bar de música de plancha cercano, que quería conocer desde hacía tiempo (sí, también me gusta la “música de plancha”, en especial Miguel Bosé). Allí, tomamos cerveza mientras hablábamos. Hablamos de drogas suaves y fuertes; de las subculturas en Villavicencio y en Bogotá; de un negocio (poner una discoteca de música anglo) con el que ambos soñamos, pero ninguno tiene plata para hacer. Hablamos de viejas. Hablamos de culos y tetas, pero yo digo algo sobre el amor, los poemas, los paseos por el parque, agarrarse de la mano y decirse te amo. Me quejo porque están poniendo música nueva. Yo había entrado por la música vieja, la que escuchaban mis papás. Con dos que pasan de Miguel Bosé me siento satisfecho. Después de tres cervezas, nos vamos. Caminamos por una avenida pequeña hasta un parque, a un par de cuadras de su casa, nos sentamos y seguimos hablando. Hablamos de universidades, de las obras de teatro que escribí y dirigí en el colegio, de Bogotá, de movilidad, de política. No es la primera vez que estamos ahí. Antes, en enero, también nos habíamos sentado en esas bancas; entonces, como ahora, todos los negocios de alrededor estaban abiertos. La panadería de la esquina funciona veinticuatro horas, y al lado, una muchacha vende empanadas. Aquella vez nos habíamos sentado a tomar. Este sábado no estamos tomando y la caminata nos quitó las tres cervezas de encima. Sentado en esa banca, viendo los carros pasar y sintiendo el olor de las empanadas, me sentí en una gran ciudad de noche.

Seguimos hablando cuando en la banca siguiente se sienta un tipo con una bata de heladero. Se parece a Andréi Chikatilo, un asesino en serie soviético al que llamaban “El Carnicero de Rostov”. Está descalzo pero no me doy cuenta. Siempre he tenido respeto por los heladeros ambulantes; la mayoría son adultos mayores, personas humildes; veo a mi papá en ellos. Con este hombre no es diferente. Nos mira y nos pregunta si somos novios. (¿Dos hombres solos en un parque? !Hasta yo lo hubiera pensado!). Yo, que hablaba con la rectora cuando había algún problema en el salón y soy el que llama a la policía las noches que los vecinos no dejan dormir; yo, que le llevaba la contraria a los profesores por el gusto de oír mi voz, me adelanto a Manuel en responderle. No señor, solo amigos. Un anciano (unos cincuenta años, a decir verdad) que trabaja todo el día para no morirse de hambre; con una empanada en la mano; probablemente su única comida del día. Seguro se levantó a las cinco de la mañana y chupó sol todo el día para comprársela… mi compasión me traicionó.

Nos dijo que éramos maricas (¿querría decir homosexuales?), que nos dábamos culo y me preguntó si conocía a Bill Gays (ojo, no confundir con Bill Gates). Se paró, dijo algo del ex general Palomino y me pegó; todo antes de que alcanzara a pensar. Mi mente se demora en ponerse al corriente con mi cuerpo. Cuando me mando las manos a la cara él sigue siendo un pobre vendedor de helado; es cuando veo los ojos estupefactos de Manuel que se convierte en un malparido. Ahora me doy cuenta de que lo que dijo, lo dijo conteniéndose. Seguro quería gritarnos con ira: ¡sodomitas hijueputas!, pero no lo hizo; tenía que hacerlo bien hasta el final, sin ponernos en sobreaviso. Le funcionó. Aturdido, alcancé a ver su satisfacción. Misión cumplida, a ver si así aprenden cacorros. Se va.

dos

Foto archivo

Nos paramos y miro alrededor buscando un policía, un celador, algún adulto. Me estremece la soledad de la calle; no la había notado. Caminamos rápido hasta el puesto de las empanadas huyendo de la soledad. Ahí hay gente y pido unas servilletas. Estoy sangrando. Trato de mantener el buen humor y recuerdo cuando le pegué a un par de compañeros hace siete años, aunque yo a ellos no les saqué sangre. Digo algo sobre el karma y trato de reírme, pero el dolor no me deja.

La empanada se la había robado. No vende helado; la muchacha de las empanadas me dice que se la pasa de aquí para allá por el sector, drogado, loco o haciéndose el loco. Un muchacho acuerpado que está ahí se ofrece golpearlo; le digo que no, que gracias; en su voz noto que está invadido de rabia. Sé que no lo dice en serio, lo dice para compensar mi falta de hombría: que no le haya devuelto el golpe, que no lo haya mandado a la mierda desde el momento en que me preguntó si tenía novio; para mí, esa pregunta no es ninguna ofensa. Mi amigo insiste en que cojamos un taxi hasta su casa; yo le digo que caminemos, eran solo un par de cuadras; él está más conmocionado que yo. Paramos uno y le ofrecemos dos mil pesos. Manuel le dice que nos haga el favor, que me habían pegado y que estoy sangrando. Lo estoy, pero al taxista no se impresiona; quien sabe cuántos casos así verá en una noche. Paramos el segundo y éste nos lleva. Llegamos, entro al baño y veo mi nariz menos hinchada de lo que me temía; entumecida, eso sí. Sin hacer ruido para que sus papás no se despierten, nos ponemos a hablar en la sala. Una parte de mí quiere coger un taxi, llegar a mi casa sin que me escuchen; dormirme así y que a la mañana siguiente me encuentren todo ensangrentado para que todos sepan que soy un hombre, un macho que arma peleas por ahí sin tenerle miedo a la sangre; que se estremezcan imaginando como quedó el otro. La parte mía que quiere seguir siendo un niño llama a mi papá. Le digo que me pegaron; él se imagina que fue en algún pogo durante el concierto de punk  al que le dije que iba. En ese momento necesito a mis papás, añoro mi cuarto como nunca, mi cama, mi computador, me siento indefenso. Nunca me habían pegado (tal vez un par de cachetadas paternas por vago, pero nunca así). Ellos llegan, me despido de Manuel y me subo al carro; ahí me siento seguro. Ya no estoy sangrando y la expectativa temerosa de mis papás intensifica mi buen humor. Los saludo con una sonrisa de todo está bien. Irónicamente, estuve más optimista con la nariz fracturada de lo que había estado en mucho tiempo; tal vez algún mecanismo de defensa. Vamos a la clínica, me toman radiografías. Tengo fractur,a pero no es urgente. Luego de que no haya sangre nada es urgente, puedo esperar hasta el martes (pues el lunes es festivo) para ver al otorrino. Probablemente necesite cirugía correctiva.

¿Me dolió? Físicamente, no mucho. Siempre pensé que un golpe en la nariz dolería más. A lo mejor la adrenalina me tenía anestesiado. En el fondo, me alegra haber conocido ahora como es el dolor, en caso de futuros puñetazos. Me siento orgulloso de haber actuado como lo hice. Si alguna pelada hubiera estado con nosotros, se hubiera impresionado de cuan valiente fui. Seguro muchos machos hubieran llorado, humillados por la rabia y la impotencia. También sería una buena anécdota (o artículo) que contar.

¿Me dolió el orgullo? No en realidad. No le guardo rencor al tipo ni quiero venganza. Gracias a él siento un poco de la satisfacción heroica de los perseguidos: Mandela, Jaime Garzón, Martin Luther King, Ana Frank. Me gustaría que hubiera justicia, eso sí, pero un policía que me encontré en el hospital me dijo que no había nada qué hacer. ¿Quién va a pagarme por el dolor del golpe, la cirugía y la recuperación? ¿Quién va a pagarme mis gafas nuevas (también me las jodió), que no llevaba ni un mes usando? ¿Quién va a compensar la angustia de mis papás cuando tuvieron que salir a las dos y media de la mañana a recoger a su hijo (por fortuna estaban despiertos)? ¿Quién va a compensar su angustia de cada noche que salga? Nadie me va a pagar. Como millones de personas en este país, elijo resignarme a sufrir esperando tercamente por una justicia que no va a llegar.

Lo que me lastimó fue el golpe de mundo real. Me sacó de la ciudad nocturna hermosa, de las divagaciones sobre teatro, música y películas, del anhelo de amor romántico y la música de Miguel Bosé, y me mandó al miedo, a la confusión, al desamparo. Al miedo. No miedo al tipo ni a los puños, miedo a la vida. De un puñetazo me puso al lado de los apuñalados por robarles el celular; de las violadas en un potrero, que nunca conocen la cara de su agresor; de los soldados o guerrilleros novatos, sacados de su melancolía nocturna por ráfagas de fusil súbitas desde la oscuridad; de los desplazados, que escapan en medio de la noche dejando atrás a sus hijos o padres descuartizados, sin entender bien por qué; de Malala, que iba en un bus con sus amigas y al segundo siguiente le volaron el rostro; de Diego Becerra, que estaba teniendo una gran noche y al segundo siguiente lo mataron; me lo imagino de espaldas, escuchando el disparo con la bala ya en el cuerpo. El miedo es horrible. No es el miedo que te impide superarte, el miedo al que te sobrepones para salir de tu zona de confort; no, es el miedo a la muerte, el miedo que te mata cuando se le da la gana, sin importarle quién seas y sin derecho a replicar. Es el miedo a la realidad. A la mala suerte (porque eso fue, mala suerte ¿O hubiera estado más seguro en un aeropuerto de Bruselas?); a las vidas felices que se destruyen en segundos; a salir y nunca volver, a lo que veo en la televisión y pienso: pobre gente. Menos mal que a mí no me puede pasar. Si el man hubiera tenido un cuchillo en la mano y la creatividad para usarlo, yo estaría muerto; así no más, otro titular en el noticiero en medio de un nuevo escándalo de corrupción y los trinos de algún político. El miedo al odio. La vida real está llena de odio. El odio es horrible. Un momentico de odio te puede joder la vida, puede joder a mucha gente, puede hacer mucho daño.

Llegar a casa del hospital fue como llegar a casa después de vacaciones. Fue como despertar. Más que extrañar la fantasía, es saber que fue eso, fantasía. Sin aviso, ni tiempo para prepararme, entrar de golpe a la realidad me encegueció. Quedo perdido en ella; desvalido y no está el sosiego donde lo dejé: en mis libros, en las caricaturas, en Miguel Bosé, en mi cuarto, en mi cama, en mi computador. El miedo se lo llevó.

Organizando en mi mente este último párrafo, me devuelvo a leer lo que está arriba. Leo cada línea con calma, y con calma cambio cada cosa que no me gusta. A diferencia de la madrugada del lunes, cuando terminé el primer borrador, estoy pensando. Pensando, me doy cuenta de que ya no me duele la nariz; me duele es eso, pensar: pensar que esa misma noche, en algún otro lugar del mundo, a un verdadero homosexual, a un cristiano, a un ateo, a un musulmán, a un pobre, a un gomelo, a una fea, a una bonita, a un negro o a un palestino, lo atacaban con los mismos argumentos (¿o la misma falta de argumentos?). Lo atacaban por ser quien es, por el odio que probé y no me gustó, y que él o ella, a diferencia mía, no vivió para contarlo. No al odio, muchachos.