El escritor e historiador quindiano Jaime Lopera no sólo es una de las figuras centrales de la cultura en el Departamento del Quindio sino el único quindiano que acompañó a Gabriel García Márquez en Prensa Latina.

 

Por: Carlos Alberto Villegas Uribe

Soy poeta, lo declaro sin ambages ni pretensiones porque nada, ni nadie, es un hombre desnudo y solo frente a la inmensidad de las estrellas.

Como el abuelo Pedronel que cazaba significados en un vetusto Larousse, soy un cazador de signos polimorfos y multicolores. Él afinó los hilos que me condujeron al laberinto griego y me regaló una historia cultural que me sujeta a Occidente. A ese laberinto de dioses regreso cada noche al lado de una mujer que teje y desteje historias y destinos de navegante.

Vengo de un pueblo que valora la palabra, la cultiva como trigo fresco y la comparte con la alegría del aroma a pan recién horneado. En las noches, ese pueblo de poetas se extiende con su hermana gemela a los pies de las empinadas alturas de los Andes como un sembrado de estrellas.

Cada vez que contemplo ese prodigio desde el alto de La Línea me gusta afirmar con las palabras esenciales del poeta Baudilio Montoya: “Yo fui argonauta, fui un marinero de noble pauta que el horizonte miró pasar, mi barco supo tumbos violentos entre los vientos que despeinaban fieros el mar. Ciegos países de cielos grises vieron mi planta de viajador y tras el paso por cien desiertos, llegué a cien puertos y en cada puerto tuve un amor”.

En las tierras de Cervantes, el signo hablado trocó en código audiovisual y fructificó la videopoesía como señal incontestable y contundente de  una verdadera literatura de la postmodernidad.

En las orillas de Lisboa, en donde el cantado río Tajo no atraviesa la ciudad, solo la besa, la besa, la besa de Marbella a Bethlem, perseguí la singular multiplicidad de Pessoa, me encontré con un puebo y aprendí a disfrutar del amarillo que Sintra nos regala.

En el sur profundo de las tierras del gran Whitman, en donde el río Bravo extiende la frontera como una cicatriz ominosa para perpetuar la desigualdad y la envidia de dos hermanos y en donde aún aúllan los coyotes, aprendí la sensualidad en la danza hablada de una poeta filipina. En esas tierras lejanas realicé los primeros videofiguratum en donde explotaron mariposas polícromas y colibríes libando elíxires femeninos en la flor del dios escondido; todo para que una mujer amaneciera en mis auroras.

Alguna vez escribí en algún hormiguero en donde las termitas extendían galerías y sueños para el deleite de unos muy pocos lectores y hoy lo vuelvo a escribir con la conciencia de tiempos conquistados: Yo soy poeta, soy poeta cuando soy sentimiento y soy poeta cuando soy acción. Yo soy poeta y basta.

Jaime Lopera. Fotografía / Cortesía

Un escritor muy joven con unas alas enormes

El escritor e historiador quindiano Jaime Lopera no sólo es una de las figuras centrales de la cultura en el Departamento del Quindio sino el único quindiano que acompañó a Gabriel García Márquez en Prensa Latina, una de las etapas menos conocidas del Nobel colombiano en el oficio que el propio Gabo definió como la profesión más hermosa del mundo.

Por esa particular relación fue invitado, en compañía de Plinio Apuleyo Mendoza, a liderar una mesa redonda, realizada en abril de 2015, en la 28a. versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, dedicada a honrar la memoria del recién fallecido Nobel de Literatura, por lo cual Macondo fue el país invitado.

Disfruto de la deferente amistad de Jaime Lopera. Esa deferencia lo motiva a visitarme cada vez que viaja a Medellín en compañía de Marta Inés Bernal, su esposa y coautora de uno de los bestseller colombianos: La culpa es de la vaca.

En ese memorable abril, Lopera se acercó de nuevo a los altos de El Poblado y tuvimos la oportunidad de conversar sobre su conferencia en la sala José Asunción Silva donde casi 800 visitantes a la FILBO pudieron disfrutar de las anécdotas de Jaime y Plinio sobre el período de Gabo en Prensa Latina. En particular, la anécdota sobre la enrevesada jerigonza que debían descifrar en su oficio de infladores de cables, un oficio ya desaparecido de la tarea del periodismo por los avances de la tecnología. Como lo señaló Lopera en la conferencia, Gabriel García Márquez le atribuyó ese oficio a Mustio Collado, el protagonista de Memorias de mis putas tristes:

“Mustio Collado, el nonagenario personaje de García Márquez, revela que uno de sus múltiples oficios de juventud era el de inflador de cables en el Diario de La Paz. Aunque el oficio parece tener un cierto parentesco con la ingeniería de cables eléctricos, la verdadera actividad tiene más concordancia con el periodismo que Mustio ejercía. El asunto es así: el quehacer que Collado revela en este libro tiene un antecedente muy cercano a mi vivencia personal con dicho oficio. En efecto, por los años sesenta el gobierno cubano había decidido montar Prensa Latina, su propia agencia de noticias, y eligió como director de la oficina en Colombia a Plinio Apuleyo Mendoza, y como subdirector a Gabriel García Márquez, con sede en Bogotá. Con Prensa Latina se pretendía superar el indudable cerco de censura latinoamericana impuesto en torno a las actuaciones de la revolución cubana”

“En esos años, cuando la tecnología de las comunicaciones apenas estaba en pañales, la transmisión de mensajes se realizaba por medio del código Morse.  El operador de radio en Prensa Latina trabajaba larguísimas jornadas sentado frente a un radiorreceptor donde recibía en dicho código, desde La Habana, las noticias de ese país que no aparecían en los despachos de las tradicionales agencias internacionales de noticias, principalmente las norteamericanas. Una vez procesadas, dichas noticias serían luego enviadas por teletipo a los diarios colombianos y, en muchos casos, cuando esa máquina fallaba, en copias al papel carbón que realizábamos en la máquina de escribir a punta de chuzografía (con uno o dos dedos de cada mano) y después llevábamos como mensajeros. El señor Norsa, nuestro operador en Bogotá, traducía y mecanografiaba las palabras del Morse mediante un juego impreciso y especial de signos que nosotros, los infladores de cables (el cuña Eduardo Barcha, Iván Ocampo de la Pava <q.e.p.d.>, Consuelo Mendoza y yo), vertíamos a un lenguaje más comprensivo. Por ejemplo, cuando Norsa nos escribía más o menos esta jeringonza:  “H  ago. co Fi acom min fun Gbno inau ay ciu matanzas enor compl. azuc darse inicio zaf region pres ano”, nosotros debíamos reescribir: “La Habana, agosto 20. El Comandante Fidel Castro, acompañado de sus Ministros y otros funcionarios del Gobierno, inauguró ayer en la ciudad de Matanzas un enorme complejo azucarero al darse comienzo a la zafra de esa región en el presente año”.

“Hecha esta primera operación de inflación del cable, que implicaba redactar coherentemente, añadir conjunciones, utilizar las proposiciones y hacer el lead de la misma noticia, nosotros mismos nos encargábamos de llevar el paquete de noticias a los principales diarios de la capital.  La sorprendente capacidad de trabajo de Plinio (que a menudo le dejaba poco espacio a la iniciativa periodística de Gabo, de tal modo que éste siempre tenía tiempo para dedicarse a sus espléndidas narraciones) se reflejaba en los reclamos que solíamos recibir del director cuando hacíamos mal el oficio. En cierta ocasión salió el director de su oficina, demudado y rabioso, blandiendo un papel en la cara del cuña Barcha para increparle la mutilación en varias partes de una importante noticia sobre la reforma agraria cubana. Eduardo, casi sin inmutarse, le contestó: “ustedes, mis profesores de comunicaciones, me han dicho que después de cinco palabras viene un punto: eso hice, cuadro”, y todos, incluso nuestros jefes, nos desternillamos de risa con la ocurrencia”.

“La experiencia de Prensa Latina duró poco. La empresa cerró todas sus oficinas en América Latina, al parecer por discrepancias radicales entre el director de la agencia y el ministerio de comunicaciones en La Habana y los copywriters, como los linotipistas, terminamos en el asfalto. Surgieron nuevos avances en telecomunicaciones mundiales, y el oficio de inflador de cables –-que solo los más iniciados habrán podido explicarse en La memoria de mis putas tristes— también dejó de existir”.

Otra de las anécdotas con Gabo es la recuperación en tierras cafeteras de dos sonetos escritos por Gabriel García Márquez. Jaime Lopera cuenta:

“El 11 de marzo de 1984 se encontraron, en el despacho del Gobernador del Quindío en Armenia, el médico cartagenero Néstor Padilla y el periodista Ramiro de la Espriella. Era un día de elecciones y el abogado De la Espriella había llegado como observador electoral del Presidente de la República, Belisario Betancur, con el encargo de rendir informe sobre el desarrollo de dichos comicios.

“Promediando la tarde, que transcurrió sin incidentes electorales, Ramiro había solicitado la posibilidad de que ubicaran al médico Padilla (quien a la sazón vivía en Armenia), pues era su amigo y condiscípulo de un colegio en Barranquilla para saludarlo y evocar sus años de juventud. Sabíamos que pocos costeños habitaban la comarca quindiana, pero la figura del médico era muy conocida popularmente por sus consultas gratuitas. Finalmente, lo hallaron y vino a saludar a su amigo. Luego de los interminables y ruidosos saludos costeños, Ramiro y Néstor se sentaron en una poltrona de la oficina del mandatario a reconstruir con apasionamiento todas las peripecias de aquellos años.

“En cierto momento, el médico —tal vez el único profesional costeño que existía por entonces en esos parajes— le dio por recitar de memoria dos sonetos que a todos nos parecieron de una belleza inigualable. Al rematar el último verso, y mientras nos sacudíamos de la sorpresa de escuchar unas poesías tan bellas y acabadas, ambos, al unísono, revelaron que su autor era García Márquez, su compañero de estudios en el Colegio de Barranquilla.

“En un intervalo de aquella velada, el jefe de prensa Alpher Rojas hizo una grabación de la recitación del médico Padilla y, días después, hicimos la trascripción de la misma. Han transcurrido muchos años y gracias a Gabriel Echeverry, recuperamos una copia de los dos poemas que, al confrontarla con dos textos aparecidos después en la revista Diners, confirman la autoría. Ellos son “Alguien llama a tu puerta”, y el “Soneto matinal a una colegiala ingrávida”.

Soneto matinal a una colegiala ingrávida

Al pasar me saluda y tras el viento

que da al aliento de su voz temprana

en la cuadrada luz de una ventana

se empaña, no el cristal, sino el aliento

Es tempranera como una campana.

Cabe en lo inverosímil, como un cuento

y cuando corta el hilo del momento

vierte su sangre blanca la mañana.

Si se viste de azul y va a la escuela,

no se distingue si camina o vuela

porque es como la brisa, tan liviana

que en la mañana azul no se precisa

cuál de las tres que pasan es la brisa,

cuál es la niña y cuál es la mañana.

 

 

Si alguien llama a tu puerta

Si alguien llama a tu puerta, amiga mía,

y algo en tu sangre late y no reposa

y en su tallo de agua, temblorosa,

la fuente es una líquida armonía.

Si alguien llama a tu puerta y todavía

te sobra tiempo para ser hermosa

y cabe todo abril en una rosa

y por la rosa se desangra el día.

Si alguien llama a tu puerta una mañana

sonora de palomas y campanas

y aún crees en el dolor y en la poesía.

Si aún la vida es verdad y el verso existe.

Si alguien llama a tu puerta y estás triste,

abre, que es el amor, amiga mía.

Marta Inés Bernal y su esposo Jaime Lopera, coautores de La culpa es de la vaca. Fotografía / Cortesía.

“Por intermedio de un amigo, yo se los había enviado a García Márquez con una nota a su casa en México para que confirmara su autoría, lo cual hizo indirectamente al darle la primicia de publicarlos a Germán Santamaría, director de la mencionada revista”.

“Dasso Saldívar, en su biografía de Gabo, apunta que el novelista finalmente había confesado sus poesías: “las primeras cosas que escribí las hice en Barranquilla, cuando estaba en el Colegio San José, que, por cierto, se publicaron en la revista Juventud”. En esa revista, en las ediciones de 1940-42, y en plena mocedad, García Márquez garrapateó sus primeros sonetos. Esta confirmación del biógrafo Saldívar valida los auténticos detalles a mi inolvidable experiencia con aquellos dos condiscípulos costeños de Gabo, en mi despacho de Gobernador del Quindío aquella tarde de elecciones en el 84.”

A finales de marzo de 2017, Alpher Rojas, coprotagonista de aquella historia, me comentó por email: “Gracias, querido Charles por compartir este documento que nos mete de cabezas en la historia del gran Gabito. Le complemento un detalle: Yo fui quien buscó y llevó al médico Padilla -liberal de Izquierda- al despacho del gobernador a conversar con Ramiro de la Espriella. Conservo uno de esos poemas —”La Espiga”—, que no eran dos sino tres.

La espiga

Hermana de la luz, presagio inerte

de otra vida mejor que la de ahora;estación donde el hambre se demora

para olvidar su cita con la muerte.

Hermana de la luz, presagio inerte

de otra vida mejor que la de ahora;

estación donde el hombre se demora

para olvidar su cita con la muerte.

Novia de mi canción, la espiga ignora

que su debilidad es la más fuerte

y que solo el amor tiene la suerte

de inclinarla en el hombro de la aurora.

Camino de la sed, ruta del viento,

la busco en mi canción y la presiento

en el extremo de su sombra fina.

Pero es vano tratar de retenerla

y solo un verso puede sorprenderla

en la primera infancia de la harina.

 

“Años después, en el homenaje que —a iniciativa mía y como usted bien sabe— le rindió la alcaldía de Bogotá, yo le conté toda esa petit histoire al Nobel.”.

Jaime Lopera. Fotografía / La Crónica del Quindío

Las anécdotas iniciales las había conocido a través de un documento de Jaime compartido por internet bajo el título: “Mis años con Gabo”; pero ahora, contadas por el propio Lopera, hacían más memorable ese abril macondiano cuando pude reencontrarme con el quindiano que caminaba por la Avenida Séptima de Bogotá con un escritor muy joven con unas alas enormes.

Todavía sueño con ver impreso el libro  “Mis años con Gabo”.  Mientras tanto, contemplo la foto histórica de esas jornadas peripatéticas y la dedicatoria de puño y letra de nuestro inmortal Gabo: “ESTE soy yo con el cuate Lopera, quien no quiere aprender a escribir cuentos” y a continuación la firma del futuro Nobel y la fecha de regalo: octubre 21/60.