“No debe sonar a mera especulación el afirmar que para un sinnúmero de colombianos el pasaporte para cruzar la frontera de la realidad y emprender el imprevisto recorrido de la imaginación fue la radionovela.”

Por: Édison Marulanda Peña
Hoy quisiera hablar de un gran amor que me ha acompañado toda la vida: la radio. Es por esto que el primer acto de autonomía que recuerdo es haber adquirido, con mis exiguos ahorros de niño, un radio transistor Sanyo. Como era usual en muchos hogares, en la casa del barrio Collarejo de Cartago, sector donde habitaba uno que otro “pájaro” retirado, permanecía activo durante horas sin cuento un aparato de mediano tamaño marca Philips en el cuarto de la tía abuela; esta mujer, Ana Olimpia, sobrevivía confinada en su habitación por culpa de una lesión de cadera y la artritis más agresiva que había inutilizado sus manos y pies. Ayudándola en pequeñas tareas diarias no solo aprendí los rudimentos de la paciencia, sino que ambos escuchábamos desde las radionovelas más taquilleras de los años 70 hasta los espacios de humor como La simpática escuelita que dirige doña Rita donde participaban: Sofía Morales, Teresa Gutiérrez, Efraín Jiménez con su personaje de Aniceto Calvete; Los tolimenses, con dos supuestos campesinos que intercalaban anécdotas y canciones, Emeterio y Felipe; Las aventuras de Montecristo, con el versátil humorista antioqueño Guillermo Zuluaga, a quien años después tuve el placer de presentar en un show en el Club del Comercio de Pereira, en uno de los banquetes para conseguir los recursos destinados a concluir el templo Santuario de Fátima, que con gran sentido estético dirigió el presbítero José María Ruiz (q.e.p.d.).
No debe sonar a mera especulación el afirmar que para un sinnúmero de colombianos el pasaporte para cruzar la frontera de la realidad y emprender el imprevisto recorrido de la imaginación fue la radionovela. Este género, ya extinguido, conducía a la experiencia de la ficción, por ejemplo el mundo esotérico de Kalimán, el hombre increíble, que sostenía una lucha incesante para servir con su conocimiento y poderes extraordinarios a la humanidad, a la que defendía de las fuerzas del mal que emergen en todas las épocas y civilizaciones. Tal es el caso de su enfrentamiento con “el extraño Doctor Muerte”. En la narración Gonzalo Zuluaga, quien remplazó a Esther Sarmiento de Correa, cuya voz impostada resultaba andrógina e imprimía el toque requerido para desenvolver el suspenso. Voces del elenco de radioactores y actrices Todelar, encabezado por la primera figura Gaspar Ospina, Erika Krum como Solín, aún se escucha en la memoria de dos generaciones:
Kalimán y el pequeño Solín avanzan por los solitarios pasillos rumbo al salón donde el anciano maestro y los médicos del monasterio aguardan. Kalimán penetra al recinto envuelto en las sombras, su figura se recorta majestuosa envuelta en la larga túnica dorada y el anciano maestro exclama:

–Bienvenido, Kalimán, al salón de la magia blanca, donde solo penetran aquellos que como tú son los elegidos, los asombrosos, los increíbles aspirantes al poder y fuerza mental del Tercer ojo.

Todelar descollaba no solo por las radionovelas. También se recuerda que tuvo su “edad de oro” en las noticias con el grupo de periodistas y voces del Noticiero Todelar de Colombia como el inmolado Jorge Enrique Pulido y su sección “Tres minutos de escándalo”, Manolo Villarreal y Eduardo Aponte. Con un tono muy alto el locutor, casi cantando anunciaba: “Un muuuundo de noticias para un muuuundo de oyentes”, y el cabezote terminaba con un reto de guerra para la competencia: “Nos oyen y nos creen”.
Ciertamente fue gracias a mi madre Luz Dary, que encendía la radiola comprada en el almacén de Mora Hermanos, que aprendí a disfrutar de la balada. La señal de Radio Cartago de Todelar era 1020 AM, donde en los horarios de mañana y tarde, diferentes de las franjas reservadas para encadenar los informativos, se emitía una programación musical contemporánea, tan fresca como la de Radio Tequendama de Bogotá, con su entrañable personaje Pom Pin y la Vitrina de éxitos. Esta última conquistó en la capital de la República el primer lugar gracias al talento probado y la voz sensual de Gonzalo Ayala, quien prolongó su éxito como actor de tv y la grabación de temas como La carta que nunca envié y en la cara B del disco sencillo de 45 rpm, Son cosas mías, en el subgénero de la canción hablada. Nada semejante a la programación que en Pereira varias estaciones mantenían: un “cross over” hecho de tango, ranchera y bolero. Hasta que en 1974, otro hijo de Cartago, Gustavo Adolfo Rentería Pino, fue contratado por el legendario gerente de Caracol, Augusto Salazar Urrea, para dirigir y programar Radio Reloj 1300 AM. Rentería fue audaz y apostó por hacer una programación compuesta solo de balada y pop, géneros que posicionó en el gusto de los jóvenes con su programa Arcoíris Musical, el más escuchado del fin de semana en la ciudad de Pereira los sábados de 9:00 am a 12m. Desde allí promovió campañas sociales y de servicio.

Mucho tiempo después –no frente al pelotón de fusilamiento– la vida brinda la oportunidad de estar frente a frente con figuras de radio que nos han deparado incontables emociones, información, experiencias, opiniones. Una de ellas es la que acabo de entrevistar con motivo de la versión no. 57 del Clásico RCN, Héctor Urrego Caballero. El enciclopedista del ciclismo, licenciado en Educación física de la Universidad Pedagógica y con la habilidad para el aprendizaje de lenguas como francés, italiano e inglés. Claro, si quiere conocer la evocación que hizo el profesor Urrego de tantos hitos y vivencias del pedalismo nacional e internacional le tocará escuchar Cantando historias, el próximo viernes en la emisora cultural RAC.
Como dice Juvenal Gordon, en la radio nos encontramos…