Pasaron así tres semanas. De vez en cuando me preocupaba por el argumento, pero Browning decía siempre: «Deje de preocuparse. Usted duerma tranquilo, que mañana hay que levantarse temprano».

 

Por / William Faulkner

Acababa de terminar un contrato con la MGM y me disponía a volver a casa. El director con quien había trabajado me dijo: «Si desea trabajar de nuevo con nosotros, hágamelo saber y propondré en el estudio un nuevo contrato». Le di las gracias y me fui. Al cabo de seis meses aproximadamente telegrafié a mi amigo expresándole mi deseo de trabajar. Poco después recibí una carta de mi agente artístico en Hollywood, adjuntándome el cheque correspondiente a la primera semana. Me sorprendió, porque esperaba recibir antes una notificación o anulación oficial y un contrato del estudio. Me dije a mí mismo que el contrato se habría retrasado, y que llegaría en el próximo correo. Por el contrario, una semana después recibí otra carta de mi agente, con el segundo cheque semanal. Aquello empezó en noviembre de 1932, sucediéndose hasta mayo de 1933. Entonces, recibí un telegrama del estudio. Decía: William Faulkner, Oxford, Miss. ¿Dónde está usted? MGM Studio.
Envié un telegrama: MGM Studio, Culver City, California, William Faulkner.
La joven operadora inquirió: «¿Cuál es el mensaje, Mr. Faulkner?», «Ése es», contesté. «Las reglas dicen que no puedo enviarlo sin mensaje, tiene que decir algo», respondió ella. De modo que buscamos en el muestrario y seleccionamos —no recuerdo cuál— una de las felicitaciones de cumpleaños en conserva. La envié. Siguió una llamada telefónica de larga distancia, desde el estudio, que me indicaba coger el primer avión, ir a Nueva Orleans y ponerme en contacto con el director [Tod] Browning. Podía haber tomado un tren en Oxford y estar en Nueva Orleans ocho horas después, pero obedecí las órdenes del estudio y me dirigí a Memphis; de allí salía de cuando en cuando un avión para Nueva Orleans. Al cabo de tres días salió el primero.
Llegué al hotel de Mr. Browning alrededor de las seis de la tarde y me puse al habla con él. Se estaba celebrando una fiesta. Me dijo que descansase bien aquella noche, porque había que levantarse temprano la mañana siguiente. Le pregunté por la historia. Contestó: «Ah, sí. Vaya a la habitación número x. Encontrará al guionista. Él le hablará del argumento».
Fui a la habitación que se me había indicado. El guionista estaba solo. Le dije quién era y le pregunté por el argumento. Me dijo: «Cuando haya usted escrito el diálogo, le hablaré del argumento». Volví a la habitación de Browning y le expliqué lo que había pasado. «Vuelva», indicó, «y dígale esto y lo otro; no se preocupe, usted duerma tranquilo, que mañana hay que levantarse temprano».
Así que a la mañana siguiente, en una lancha alquilada de lo más elegante, todos nosotros excepto el guionista navegamos hacia Grand Isle, a unas cien millas de distancia, donde iba a rodarse la película; llegamos justo a tiempo para comer y desandar luego las cien millas hacia Nueva Orleans antes del anochecer.
Pasaron así tres semanas. De vez en cuando me preocupaba por el argumento, pero Browning decía siempre: «Deje de preocuparse. Usted duerma tranquilo, que mañana hay que levantarse temprano».
Una noche al volver, apenas había entrado en mi habitación cuando sonó el teléfono. Era Browning. Me dijo que fuese a su habitación al instante. Así lo hice. Me enseñó un telegrama. Decía: Faulkner queda despedido. MGM Studio. «No se preocupe», dijo Browning. «Ahora mismo llamo a este no-sé-cuántos y no sólo hago que vuelva a ponerlo en nómina, sino que le envíe una satisfacción por escrito». Llamaron a la puerta. Era un botones con otro telegrama. Éste decía: Browning queda despedido. MGM Studio. Así que volví a casa. Supongo que Browning se marchó también a alguna parte. Me imagino que el guionista sigue sentado en una habitación, no sé dónde, aferrando entre sus manos el cheque de la paga semanal. Nunca terminaron la película. Pero sí construyeron un pueblo en miniatura: una larga plataforma sobre pilotes en el agua, con cobertizos encima a la manera de un muelle. El estudio podía haber comprado docenas de ellas a cuarenta o cincuenta dólares cada una, pero en lugar de eso construyeron una propia, falsa. Es decir, una plataforma con un simple muro encima, de modo que cuando abrías la puerta y entrabas por ella, ibas a parar al mismísimo océano. El día que empezaron los trabajos de construcción, un pescador cajuna se deslizó chapoteando en su estrecha e ingeniosa piragua, confeccionada con un tronco hueco. Allí estuvo todo el día, bajo el sol abrasador, observando a los extraños hombres blancos que construían esa extraña plataforma falsa. Al día siguiente regresó en la piragua con toda la familia, su mujer dando de mamar al pequeño, los demás hijos y la suegra, y allí se estuvieron, bajo el sol abrasador, contemplando aquella actividad absurda e incomprensible. Dos o tres años después estuve en Nueva Orleans y oí decir que los cajuna seguían acudiendo a millares para ver aquella plataforma enana de imitación que unos blancos habían construido allí y luego abandonado.