Este es el primero de cinco capítulos de una crónica pensada para reivindicar el imaginario colectivo del inmigrante venezolano. En esta primera, el testimonio de Richard Rojas y algunos compatriotas suyos.

 

Por: Rafael Mejía*

Tengo lo que llaman una ‘chaza’. Vendo tinto, chucherías, cigarros, así me mantengo sin hacerle daño a nadie, trabajando.

Richard Rojas es veterinario, tiene cincuenta y dos años y es venezolano. Vive en Bucaramanga con su esposa y una de sus hijas; su otra hija es psicóloga y vive en Venezuela, aún no ha podido migrar.

Todo está trancado, no hay ni cédulas en mi país. Lamentablemente los inmigrantes vamos a ser más, con pasaporte o sin pasaporte, porque generalmente no los están dando. Ni pasaporte ni cédula,

cuenta Richard cuando le pregunto por su núcleo familiar.

No tienen pasaporte porque no quieran, sino porque no hay. En mi país existe un pasaporte nuevo que se llama pasaporte express, y le dicen pasaporte estrés, porque no-lo-hay, no-lo-dan, entiéndalo.

Me dirigía al OXXO ubicado en la intersección de la carrera 25 con calle 32 en Bucaramanga, cuando Richard pasó a mi lado caminando rápido y hablando con alguien acerca de la salida de Kellogg’s de su país. Kellogg’s Company es una multinacional agroalimentaria estadounidense que elabora, principalmente, cereales y galletas; fue fundada en 1906 por Will Keith Kellogg y en Venezuela generaba alrededor de quinientos empleos.

Kellogg’s, así como Clorox, Kimberly Clark y General Motors, fue llevada al límite por cinco años de recesión e hiperinflación en el vecino país, hasta que tuvo que cerrar operaciones de manera forzosa el martes quince de mayo de este año.

Sin conocerlo en ese momento, decidí cambiar mi destino por cualquiera que fuera el suyo. Tomé varios pasos de distancia y seguí con dificultad su conversación a lo lejos. Llegamos al centro del Parque de los Niños; caminaban en dirección a una banca que mira la espalda del Galán Comunero.

Rojas ya había estado en territorio colombiano en varias oportunidades por razones laborales. En su momento, el hoy vendedor de tintos, chucherías y cigarros, trabajó para General Motors desempeñando funciones auxiliares en administración.

Sin embargo, su vocación y su estudio universitario es la medicina veterinaria.

Tenía un consultorio muy lindo, muy bello. Una profesión. Ahora no hay absolutamente nada. Si no hay medicamento para humanos, mucho menos para animales. Todo está desapareciendo, ya no hay nada.

Miro alrededor un momento y advierto ojos curiosos que me observan; pieles y rasgos físicos en matices y formas similares a las de mi entrevistado. Algunos se detienen un momento para oír las palabras de Richard, otros menos interesados disminuyen un tanto la marcha y continúan.

Entendí entonces que no debía buscar mucho para llevar a cabo esta crónica. A casi todos los venezolanos que me acerqué esa noche les interesaba relatar su circunstancia particular como inmigrantes, bien sea para quejarse, pedir ayudas o simplemente por narrarse.

Cuando le pregunto qué tan diferentes son ahora sus días de trabajo viviendo en Bucaramanga, el hombre, que dice tener cincuenta y dos años, de repente me mira como si tuviera doce.

Un día de trabajo en este parque es de verdad lamentable, porque cuando miro alrededor recuerdo todos los parques que nosotros les decimos plazas en mi país. Algo que era espectacular, como es aquí hoy en día. Me recuerda mucho a mis compatriotas que siguen allá.

Su respuesta no se encauza hacia lo que yo realmente preguntaba; noto en sus palabras tristeza, quizá una evasiva. De cualquier forma, siento que la nostalgia es una constante en estos procesos de migración, como si a todos los latinos nos diera duro el desarraigo.

Sigo ahondando en el tema y cuestiono sus días de descanso.

Generalmente, desde que llegamos a este país, no sabemos lo que es un día de descanso. Trabajamos día y noche como cualquier otro ciudadano de cualquier país. Porque no nos podemos dar ese lujo, vinimos fue a trabajar. Tengamos sueño, cansancio, flojera, así estemos enfermos… tenemos que salir a la calle.

 

Ciudad receptora de migrantes

Bucaramanga es una de las ciudades de Colombia donde más se ha sentido este fenómeno migratorio. Algunos, como Richard, se han radicado en el oriente colombiano por su cercanía a Venezuela; otros tenían como fin otro destino, pero la falta de recursos no les permitió sino llegar allí. “Acá estamos cerca del país”, dice. Y continúa:

Si en estas elecciones el régimen cae, seremos un río de gente volviendo a nuestro país. Vamos a volver todos. Queremos volver a casa; allí lo tenemos todo.

Richard Rojas asegura que se puede sobrevivir en La Bonita –como le dicen a Bucaramanga– con cuarenta mil pesos diarios. Que eso alcanzaría para cubrir los gastos de su alimentación, servicios residenciales y “útiles personales”. Fotografía / Rafael Mejía.

Richard Rojas asegura que se puede sobrevivir en La Bonita –como le dicen a Bucaramanga– con cuarenta mil pesos diarios. Que eso alcanzaría para cubrir los gastos de su alimentación, servicios residenciales y “útiles personales”. Pero su ‘chaza’ no le permite alcanzar esa meta monetaria todos los días.

Sin embargo, estamos mejor que en nuestro país,

declara.

Con ese gobierno está todo cada día peor. Maduro no quiere acceder a la ayuda nacional ni internacional. El presidente que tienen acá en Colombia (Juan Manuel Santos, actual cabeza del poder ejecutivo colombiano) nos ha querido ayudar, pero él (Maduro) le sale con unas patadas….

Preguntándole a Richard sobre sus encuentros con los agentes de control migratorio, le escucho una frase que captura por completo mi atención y de la que todos hemos sentido el yugo de su significado en algún momento.

Me gusta su control, estoy de acuerdo, pero acusan mucho al venezolano. Acá hay un dicho (subrayo el dicho): que por uno pagamos todos.

Y aunque no sea grato aceptarlo, a veces es lo que se respira en las calles de Bucaramanga y su área metropolitana: prejuicio; para este caso específico, una muestra borrosa de xenofobia, si se quiere.

Si le pregunta a Richard Rojas, a José Antonio Azoca Rodríguez, a José Coronado, a Luis Alfonso Leal Guillén o a su hermano Pablo Emilio (todos inmigrantes venezolanos) por una propuesta para que el Estado colombiano los ayude de manera efectiva, hablarán sin duda alguna de trabajo.

Rojas dice:

Nos niegan los empleos. Nos piden un permiso de trabajo, tenemos que traer un curso de alturas para trabajar en construcción, tenemos que traer un pasaporte.

El único freno del señor alcalde (Rodolfo Hernández, actual alcalde de Bucaramanga) fue una pancarta que decía Bienvenidos hermanos venezolanos. Muchos de mis compatriotas fueron dañando la imagen del buen venezolano, porque han venido a hacer lo malo. Pero no todos somos iguales.

A las cinco personas que entrevisté a inicios de mayo para los efectos de esta crónica, les pregunté qué le dirían a otro venezolano que estuviera en Colombia y que hipotéticamente pasara por su misma situación. Richard Rojas contestó:

Roguemos que este domingo Venezuela salga completamente del régimen. Y agradecer a los que nos han ayudado. Sobre todo a Colombia. También Perú y Ecuador nos han ayudado. En Ecuador y Perú nos entregan todo: la carta andina, nos dan todo. Cómo poder sobrevivir y trabajar en cualquier parte. Lamentablemente, en Colombia no nos los entregan. Todo tiene un límite.

Y finaliza:

A mucha gente le dieron su permiso de trabajo, pero no a todos. Muchos tenemos pasaporte y no nos entregan el permiso, porque es como por temporadas.

Las elecciones presidenciales de Venezuela se llevaron a cabo el veinte de mayo y, como en Colombia, nada cambió.

* rmejia710@unab.edu.co