Este es el segundo de cinco capítulos de una crónica pensada para reivindicar el imaginario colectivo del inmigrante venezolano. En esta oportunidad, Luis Alfonso Leal Guillén comenta sobre la xenofobia que padece y presencia como migrante venezolano que es.

Ayer salí a eso de las ocho de la mañana. Iba a sacar el carrito por primera vez con Cream Helado. En el Parque Bolívar había una concentración de políticos, y vendí. Vendí veintitrés mil pesos y me quedaron nueve mil. Fotografía / Rafael Enrique Mejía Gómez

Por: Rafael Enrique Mejía Gómez

¡A los venezolanos hay que echarles candela!”. Esta es una de las tantas frases xenófobas que ha escuchado Luis Alfonso Leal Guillén desde su llegada a la capital santandereana. “Yo volteé y lo vi y seguí mi camino. No le di importancia a eso”. Luis justifica esta clase de comportamientos con el actuar de algunos de sus compatriotas, en este y en otros territorios. “Pero lo entiendo. Muchos venezolanos vinieron aquí a hacer cosas malas. Por uno pagamos todos”.

Me imagino que usted ha escuchado: han asesinado, han golpeado, han hecho cosas… Y de verdad yo entiendo a las personas que se cohíben de ayudar venezolanos porque pensarán que todos somos iguales. Pero no es así, pues. Muchos, como yo, venimos a trabajar y a surgir.

Tiene treinta y cuatro años; dos hermanas y cuatro hermanos. Esta es la primera vez que Luis pisa territorio colombiano. “Si estuviera en mi país… allá lo tenía todo: negocio, carro, casa… y tuve que vender todo regalado para comprar un pasaje acá”. Nació en Nueva Barcelona del Cerro, ciudad ubicada en el estado bolivariano de Anzoátegui. Oriundos del lugar, como Luis, prefieren nombrarla “Barcelona”, así a secas.

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Recién encendía un cigarro en el centro del Parque de los Niños, cuando llegó Leal Guillén empujando un carrito de helados a sentarse en el mismo lugar. Había varias bancas desocupadas alrededor, pero por alguna razón que desconozco decidió sentarse allí, al otro lado del asiento. Él revisaba su teléfono celular mientras yo fumaba despacio mi cigarrillo.

Ayer salí a eso de las ocho de la mañana. Iba a sacar el carrito por primera vez con Cream Helado. En el Parque Bolívar había una concentración de políticos, y vendí. Vendí veintitrés mil pesos y me quedaron nueve mil. Pero hoy salí a la misma hora y solo he vendido tres mil quinientos pesos en todo el día. De esos tres mil quinientos, me vienen quedando como mil quinientos, más o menos.

Como los demás entrevistados al reflexionar sobre la historia de su país, Luis compara a Colombia con Venezuela. “Venezuela era como es Colombia ahorita”. Compara el uso que podía darle a los sueldos que devengaba en Barcelona con el caso salarial colombiano. Actualmente, en la nación de Bolívar se gana mínimo 2.550 bolívares, afirma Luis Alfonso. “Eso ahora solo te alcanza para un cartón de huevos y dos paquetes de arroz”. Y agrega: “Poco a poco fue creciendo la inflación y tuve que ir vendiendo, hasta que me quedé solo con el carro”. Luis Alfonso arribó a La Bonita el diecisiete de diciembre de dos mil diecisiete en busca de una mejor suerte.

Empecé con helados Bonice, pero como no vendía mucho Bonice, saqué el carrito de Cream Helado. Más pesado, más duro pa’ salir, pero por lo menos hago más pesos.

En su tierra natal, Leal se dedicaba a la reparación de propelas (hélices) y a la limpieza de motores en una tienda de artículos para navegar. La tienda, llamada Abordo, era de su propiedad. La jornada laboral de Leal iniciaba a las siete de la mañana con una ducha y un “buen desayuno”. Solía retornar a casa antes de caer la noche. Ahora tiene que levantarse a las seis a.m. y vuelve a casa ya finalizando el día, tipo diez y media u once.

Yo vivo en Buenos Aires, arriba (refiriéndose a la zona Norte de la ciudad), y bajo caminando hasta el Parque Turbay para sacar el carrito. Y empiezo la caminata: treinta y tres (carrera treinta y tres), Cacique (Centro Comercial Cacique), Parque La Hormiga. Camino casi toda Bucaramanga.

Luis Alfonso Leal Guillén dice poder sobrevivir un día en La Ciudad de los Parques con mínimo veinticinco mil pesos. Esta suma, según él, le permitiría cubrir los gastos de alimentación y el pago del alquiler de un cuarto. El valor de este último dice que oscila entre los cinco mil y los ocho mil pesos.

Mientras conversamos sobre la situación laboral de la mayoría de los inmigrantes venezolanos, le pregunto a Alfonso por el estado legal de sus documentos y asegura estar en regla. “Yo estoy legal. Tengo mi pasaporte sellado, tengo mi permiso y no consigo un empleo. Lo que recibo es rechazo por ser venezolano”.

Ahondando en el asunto laboral, sale a relucir la explotación a la que algunos venezolanos se ven sometidos por empleadores colombianos. Avaros sin ética ni escrúpulos que se aprovechan de su situación actual. “Toma veinte mil pesos. Te doy el almuerzo y la cena y vas bien”. Leal Guillén me cuenta el caso de un compatriota suyo al que “le sacan el jugo”: trabaja dieciséis horas diarias por veinticinco mil pesos. Es decir, a poco más de 1.500 pesos la hora.

Yo tengo un compañero que baja a una pollera que es de un turco. Y el turco le da veinticinco mil pesos, pero lo pone a trabajar desde las diez de la mañana hasta las dos de la mañana.

En días como hoy, cuando sus ganancias no superan los cinco mil pesos siquiera, a Luis le molestan aún más aquellos comentarios xenófobos que lo asaltan en la calle. Han desconfiado de él y hasta lo han señalado públicamente como si fuera un criminal. Quizá porque ignoran que Luis pasa los días en esta ciudad trabajando sin descansar una sola vez en la semana. “Días de descanso no tengo. Trabajo de lunes a lunes”.

Finalizando la entrevista, le pido a Luis Alfonso que imagine un encuentro con alguno de sus compatriotas que esté viviendo una circunstancia similar en Colombia. Piensa unos segundos, se aclara la garganta y dice:

A los trabajadores, a los que de verdad están trabajando y luchando por lo que quieren, que sigan. Dios no les va a faltar. Ahorita están abajo, pero mañana pueden estar arriba. Y a los venezolanos que vienen aquí a rayarnos, a hacer cosas que no hacen allá en Venezuela… Por lo menos, muchos vienen aquí a fumar. Allá no pueden y aquí sí. Otros vienen a limpiar vidrios… y le echan agua a la gente. No deberían hacer eso porque están rayando a los que venimos a trabajar.

“¡Nos están perjudicando!”, manifiesta su hermano Pablo Emilio, quien se había acercado a nosotros minutos antes atraído por la conversación, empujando también un carrito de Cream Helado. Luis Alfonso termina: “Si quieren trabajar, trabajen como es. Gánense la comida o la plata día a día como sabemos todos los venezolanos: trabajando”.