Manguel es, tal vez, uno de los mayores lectores que tiene la literatura mundial en la actualidad. Sus charlas, entrevistas y, sobre todo, sus docenas de libros –la mayoría, sobre la lectura– dan fe de ello. Esta entrevista la concedió en los intermedios de sus charlas en la reciente edición del Hay Festival en Cartagena.

  

Texto y fotografías / María Claudia Barcanegras

Puede decirnos, por favor, ¿qué ha sucedido con su biblioteca?

Alberto Manguel: Mi biblioteca, los 40.000 libros resguardados en cajas, aún está esperando su resurrección, en Montreal.

 

Cada lector elige sus libros..

Usted empezó su carrera literaria como traductor del inglés al español. Recordamos libros como Seis domingos de enero, de Arnold Wesker y Nido de palomas, de Katherine Mansfield, ¿qué aprendió con estos libros?

AM: La traducción siempre me ha parecido un ejercicio esencial. El traductor llega a conocer el texto a fondo, mucho más que el lector o el mismo escritor; porque hay que desmontarlo. Surgen preguntas que sólo están en las entrañas del texto. La traducción permite conocer más, porque genera más preguntas.

 

Su primera obra publicada fue el libro que escribió junto a Gianni Guadalupi, a quien usted calificó como una “callada erudición”. Háblenos del origen de Guía de lugares imaginarios.

AM: No sabíamos que estábamos escribiendo un libro. En aquélla época trabajábamos en una editorial, en Milán, y teníamos bastante tiempo libre. Nos manteníamos ocupados cuando estaba el editor, y si no, las tardes se iban conversando. Gianni había leído La ciudad vampiro, de Jean Féval, y se le ocurrió hacer una guía de viajes para esa ciudad. Nos divertimos mucho y así hicimos otras, el libro surgió casi sin quererlo.

 

En la década de los ochentas publicó antologías, ¿cuál fue la mayor enseñanza?

AM: Surge de mi experiencia como lector de varios idiomas. Quería compartir esos textos con amigos; hice esas antologías como muestrario de lo que me gustaba a mí. Tuvieron mucho éxito en su momento, y traduje textos que, algunos, sólo se conocían en su lengua original.

 

Los libros son como los amigos que aparecen en momentos imprevistos.

En su obra las referencias a Alicia en el país de las maravillas son constante, ¿cuáles son los principales atractivos de ese libro para un joven de hoy?

AM: Cada lector elige sus libros. Yo no creo que pueda haber recomendaciones generales. Par mí, Alicia es la obra con quien tengo una relación más íntima –tal vez, también, con La divina comedia–, en todo caso la relación con el libro de Carroll es más larga. Su riqueza me permite enfrentarme con la cotidianidad; encuentro referencias para todos los aspectos de mi vida.

 

Ahora que mencionó La divina comedia, un libro que va y viene por su obra, ¿qué le enseña Alighieri?

AM: Sí, pero muy tarde. La empecé a leer hace unos 15 años. Los libros son como los amigos que aparecen en momentos imprevistos, de un momento a otro hacen parte de nuestras vidas. La comencé a leer a fondo desde que estuve muy enfermo, recluido en casa. Leo un canto todas las mañanas. Es, a mi juicio, la obra más grande que se ha escrito; es un milagro que no llego a entender; tiene una perfección en todas las áreas, es inaudita.

 

Su obra ensayística es importante, ¿qué aporta el ensayo como género?

AM: Estas clasificaciones de género no son muy válidas. El ensayo pretende ser un texto basado en documentos y en una realidad concreta, material, y nunca es así. El ensayo siempre tiene elementos de ficción, de recuerdo. Tiene la apariencia de la verdad, pero nunca es más verdadero que una buena ficción.

 

Borges decía que el escritor escribe lo que puede, pero que el lector lee lo que quiere.

Maestro, le voy a robar una pregunta que usted le ha hecho a otros escritores.

AM: Es una venganza

¿Cuándo sintió el momento de pasar de la lectura a la escritura, cuándo fue ese momento y qué lo hizo llegar a ser escritor ?

AM: La verdad, si tengo que ser sincero, nunca pasé sinceramente a la escritura.
Como todo adolescente, yo escribía  y en cierto momento, afortunadamente, me di cuenta de que lo que escribía no merecía colocarse en una estantería con los libros que a mí me gustaban. Entonces dejé de escribir y me consolé con leer.
Borges decía que el escritor escribe lo que puede, pero que el lector lee lo que quiere y ahí está la gran diferencia. Me encantó esa diferencia, me quedé con esa diferencia. Pero, como sabemos, el lector no se queda sentado en su silla, uno lee lo que a uno le gusta y uno quiere correr a la calle y agarrar a alguien por la solapa… de decirle hay que leer esto. Entonces empecé a hacer antologías de los textos que me gustaban. Empecé a traducir con un compañero en la editorial en la que trabajamos, Gianni Guadalupi. Hicimos el diccionario Guía de lugares imaginarios que es el fruto de nuestras lecturas.

Luego, para saber lo que hacía como lector, escribir. De manera que tengo el sentimiento de que todo sale de allí y que mis libros son una explicación o justificación o pedido de clemencia por esa tarea que hago sentado en mi casa.