MISTERIO Y POESÍA

Al leer sus poemas no cabe la posibilidad de confundir lo material con aquello sublime que los compone. No hay manera.  Nada desvía nuestra atención de lo sugerido, ni imágenes, ni maestría verbal o rítmica; nada en ellos chirría o deslumbra. Es como si estuviéramos frente a un aliento supraterrenal, como si lo escrito no fuera realmente humano. 

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

 

Sí. Después de Pessoa, no hay duda, es Herberto

Daniel Faria

No es fácil precisar como sucedió el accidente que provocó la muerte de Daniel Faria. Las noticias advierten apenas que fue un accidente doméstico. Algún corresponsal del pueblo vecino al Monasterio de Singeverga se atrevió, sin embargo, a romper la discreción con la que el Abad se refirió al fallecimiento de su novicio y conjeturó que Faria se levantó a medianoche para ir al baño y golpeó, seminconsciente como iba, su cabeza contra una ventana, o alguna de las salientes de las paredes del Monasterio. Fue en todo caso, no cabe duda, un accidente muy tonto; nada espectacular, nada que mereciera una atención especial.

Ningún accidente es posible preverlo, pero también es cierto que un sino trágico subyace casi siempre en quien puede padecerlo. No era el caso de Daniel, o al menos ni los comentarios de sus amigos, ni sus poemas, permiten conjeturarlo. Al contrario, un hálito de serenidad desprenden su vida, brevísima, y su poesía. Pero también es cierto que el misterio de la muerte accidental, pero sin estridencias, de Faria, conjuga casi a la perfección con su poesía profunda, compleja y espiritual. Faria escribió alguna vez: “Considero que, con la lectura de mis poemas, mi autorretrato queda hecho. ¿Qué se les podría añadir?”. Nada, porque casi nada hubo. Nació en 1971, en un pueblo cerca de Oporto y murió en 1999 después del accidente que he narrado, en el convento de San Bento, al que había entrado en condición de novicio después de haber ingresado desde los doce años al seminario para hacerse sacerdote. Antes, hubo menos, o eso es lo que creería quien supone que la vida la componen solo los hechos espectaculares; antes, digo, hubo una vida campesina y modesta, a la vez que tranquila. A veces, contó en alguna ocasión, sin mínimo rencor, tocaba salir, siendo apenas un niño, a cortar hierbajos y dejar de ver la televisión. Luego vendría su temprana vocación y la escritura de un elevado número de poemas publicados en tres libros. “Explicación de los árboles y de otros animales”, “Hombres que son como lugares mal situados” y “De los líquidos”, además de una serie de libros objeto obsequiados a sus compañeros de estudio como El libro de Joaquim y El país de Dios, escrito en un rollo de papel de calculadora de más de cien metros. Lo demás lo han hecho, con paciencia y lentitud, los críticos que advierten que Faria es uno de los grandes poetas portugueses del siglo XXI.

De tal forma que, dada esa discreción vital similar a la de su querido Heberto Helder, Faria es mera poesía. Al leer sus poemas no cabe la posibilidad de confundir lo material con aquello sublime que los compone. No hay manera.  Nada desvía nuestra atención de lo sugerido, ni imágenes, ni maestría verbal o rítmica; nada en ellos chirría o deslumbra. Es como si estuviéramos frente a un aliento supraterrenal, como si lo escrito no fuera realmente humano.  Faria escribió: “La poesía es aprender a eliminar partiendo de lo que ya está descubierto”. Pues el poeta se hizo maestro en eliminar lo humano, en destilar las palabras y sobre todo los silencios, para dejar en los poemas la constancia de la divinidad que en todo subyace.  Tal como San Juan de la Cruz y Santa Teresa, a quienes el poeta leía, y tal como Silesius, Hölderlin, Rilke, Pessoa y Helder. Esa es la estirpe de Faria. Una que además hoy parece extraña porque el lector común y corriente la siente ajena a su humanidad ramplona. Al negar a Dios y con él a lo sublime, hemos negado también una parte nuestra, y al hacerlo queremos erradicar el misterio que tememos, justamente por su insondable y natural incomprensión; y optamos entonces por suponer que no existe, tal como el niño que se cubre los ojos frente a lo que supone pavoroso y grita a voz en cuello: ¡no existe!.  Y negando el misterio, pensó Faría, somos “hombres que son como lugares mal situados/ hombres que son como casas saqueadas/ que son como sitios fuera de los mapas/ como piedras fuera del suelo/ como niños huérfanos…

La poeta Sophia de Mello advirtió que los versos de Faria “ponen el misterio a resonar alrededor de nosotros”. Y debe agregarse que nos dejan en medio del misterio; no solo nos lo advierten, sino que además tienen la capacidad de llevarnos e instalarnos en él, de hacer que abandonemos las pretensiones lectoras y nos sumerjamos en una especie de magma densa y cálida, que tiene la facultad de retraernos a algo que imagino parecido a la preexistencia o la eternidad. Y Faria lo hace sin pretensiones, sin declaraciones, sin aduanas, casi como el “ángel alcanzado en la raíz”, que aspira a “cierta vivencia de la esfera divina y acoge su propia fragilidad” mientras permanece en la tierra.

Nosotros, en cambio, nos extraviamos en ajetreos, y por eso necesitamos de quienes se enclaustren como lo hizo Faria, para que pueda decirnos: “Sabes, lector, que estamos ambos en la misma página/ Y aprovecho la circunstancia de que hayas llegado ahora/ para explicarte como veo el crecimiento de una magnolia”.