Obligados por la crisis de su país, siete venezolanos recuerdan cómo fue su llegada a Colombia antes de establecerse en Pereira. Evocan la situación que vivieron allá y relatan lo que es vivir en un lugar ajeno que aún no los acoge del todo. Crónica ganadora del tercer puesto en el Concurso de Crónica Joven Luis Tejada Cano.

 

Texto / Erika Tatiana Gallego Becerra – Fotografía / Jairo Felipe Castilla

Desde que Venezuela se echó a perder, cambió mi vida. Desde que salí y tuve que dejar a mi mamá y a mi hija, yo dije, desde hoy cambió mi vida y mi mundo. Ya no voy a ser la misma.

Conocí a Andreina una mañana mientras viajaba en Megabús, al verla inmediatamente me inspiró tristeza.

Mira al piso, se para en frente de los pasajeros y tímidamente empieza a hablar. De cabello corto y negro, ojos verdes y cuerpo delgado, lleva colgado en la frente un viejo bolso, donde guarda los dulces que vende y la fórmula médica de su hija:

-Aquí les muestro pa’ que vean que es cierto que Sara está hospitalizada. Así que pa’ yo poder comprar sus medicinas, pagar un hotel y comprar alimentación, tengo que acudir a este medio.

La mayoría no recibe el dulce y a cambio le sonríen, ella corresponde cuando pasa de puesto en puesto con la mano temblorosa y estirada.

Andreina, de 17 años, me explicaría después que su trabajo consistía en salir de 9 de la mañana a 8 de la noche a hacer lo mismo repetidas veces durante el día. De troncal en troncal, estación por estación, y, además, huyendo de los guardas de seguridad que se encargaban de sacarlos de las instalaciones.

A pesar de que yo les muestro una sonrisa a las personas, llevo mi corazón partido, oíste, porque yo quiero estar en mi país.

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En el lobby de un modesto hotel del centro de la ciudad, me encuentro con Wilker Cañizales de 19 años, y Kelvin Alburjas, padre de dos hijos a sus 25. Ambos, al igual que Andreina, son de Barquisimeto, noroeste de Venezuela. Tímidos y con la mirada baja, juegan con sus dedos. Me miran momentáneamente, sin alzar el rostro, para verificar que sigo ahí.

-Yo contaba con mi trabajo en Venezuela, pero no nos alcanzaba el sueldo ni pa’ comer.

Kelvin explica que, para poder viajar con su esposa y su hijo de tres años a San Antonio de Táchira, frontera con Cúcuta, tuvo que vender su carro y, al no tener pasaporte, pasaron a Colombia por la trocha.

-Hay que cruzar un río, entonces uno tiene que pagarle a los “trocheros”, que ellos son los que cuadran con los guardias venezolanos, la guerrilla y… -titubea-.  Ante el silencio repentino de Kelvin, Wilker continúa: – Sí, la guerrilla colombiana.

La desesperación por salir de Venezuela nos atacó y no importaba nada; lo que importa es estar aquí y trabajar pa’ poder ayudarle a los familiares que quedaron allá.

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Acudo al Área de Desarrollo Social, segundo piso de la Alcaldía de Pereira, deseando encontrar información acerca de las ayudas ofrecidas a los venezolanos que han llegado a la ciudad en los últimos años. No dan respuesta y me remiten a las oficinas de Migración Colombia. La única respuesta que encontré fue la de una contratista que expresó ser nueva en el cargo y no estar capacitada para dar información, que no le correspondía a dicha oficina, que eso le toca al DANE. Ante mi inconformidad, agrega que no todos los inmigrantes acuden a las oficinas y que de todos los casos apenas habrán atendido un 30%. Intenté contactarlos vía e-mail y una semana después recibí respuesta donde se me indicaba comunicarme con Juan Manuel Caicedo, jefe de comunicaciones, para acordar una entrevista. Hasta la fecha no ha respondido. Tampoco Juan Pablo Vélez, entonces coordinador de Pereira Cómo Vamos, a quien busqué más adelante.

Según el Censo Nacional de Población y Vivienda, preliminar 2018 del DANE: “En el último año, Bogotá, Valle del Cauca y Antioquia concentran los principales destinos de todos los inmigrantes internacionales; el 88,8% declararon ser procedentes de Venezuela”. Risaralda ocupa el quinto puesto con una presencia del 4.7%.

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Charlot, interpretado por Freddy Gudiño.

A un lado del Bolívar desnudo llama la atención Charlot, el personaje cómico de Charles Chaplin, que interpreta todas las tardes Freddy Gudiño, un actor de teatro, pintor y director de cortometrajes. Freddy viajó de Venezuela directamente a Pereira, donde lleva tres meses viviendo con su primo, Elí Paredes, un médico cirujano que hace un año y medio está en la ciudad.

Es tan preciso que la gente, simplemente con sonreír, cambie. Yo estoy aquí actuando, la gente pasa y sonríe, aunque no tengan ni la menor intención de hacerlo.

Un anciano con un costal en la espalda, ropa sucia, sonrisa sin dientes, se acerca para ver el espectáculo. Freddy le da la mano, lo hace reír. Después de un rato y sin dudarlo, el anciano le da una moneda.

– Este señor es otra cosa. No es ni democracia ni autocracia, es atípico. Un tipo de totalitarismo sin fundamento. Es como si tuviéramos una granja y que gobiernen los cochinos. A mí me tocó vivir una cantidad de violación a los derechos humanos que usted no tiene idea. El corazón mío estaba de este color -señala su abrigo café-, en Venezuela nadie gobierna. Antes lo teníamos todo y no pensamos en si pasaba algo. Nosotros hacíamos la paila de arroz y servíamos, sobraba, ¿qué hacíamos?, lo botábamos.  Ahorita la gente se mete a la basura pa’ ver si hay arroz. Eso fue lo que nos pasó; nos acostumbramos al boom petrolero. Hugo Chávez quiso cambiar el mundo y se olvidó de Venezuela.

Freddy ha ido varias veces a Migración Colombia para tramitar un PEP, Permiso Especial de Permanencia, pero le dicen que debe esperar los próximos censos para sacar el documento. Elí afirma que a muchos venezolanos los han estafado cobrándoles PEP falsos.  Migración Colombia expide de manera gratuita el certificado vía internet, si se cumplen algunos requisitos. Mientras Elí me habla, al fondo Freddy exclama: – Viajé sólo con mi cédula y el espíritu santo.

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Andreina me contó que un día cuando trabajaba con su hija de 2 años, un señor le gritó que se callara, que estaban cansados de los “venecos”. Algunos pasajeros replicaron:  “Si ella hace esto es por una necesidad, no porque quiera explotar a su hija. Si no trabaja, no comen”. Fue tanto el lío, que los mismos usuarios de Megabús sacaron al señor.

– Yo estoy aquí por ti mami, pa’ que tengas una buena alimentación, una mejor vida que allá no te iba a poder dar. -Mientras le explica a su hija recibe una mala noticia: el hijo de una amiga suya, de la misma edad que Sara, había muerto a causa de desnutrición y convulsiones. Andreina vive con miedo.

-Odio a Maduro porque los niños se están muriendo. Cómo es que manda la comida pa’ otros lados, sabiendo que mi país está así. ¡Es un ignorante!

En el mismo hotel donde conversé con Wilker y Kelvin, le pregunto a Andreina sobre su experiencia en Cúcuta antes de llegar a Pereira.

-¡En Cúcuta, mira, cuando yo vendía café… qué no me ofrecían! “Yo te compro teléfono, te compro ropa, te doy mucha plata”. Yo no le voy a vender mi cuerpo a nadie, porque mi mamá me hizo una mujer de bien, pa’ trabajar, no una mujer que vende su cuerpo cuando necesita plata.

Me cuenta que muchas de sus amigas, menores de edad, se han dedicado a la prostitución. Que ella a veces se persuadía al verlas bien vestidas, comiendo bien y con plata, pero que después recapacitaba.

-A una amiga mía en Cúcuta la volvieron loca. Le echaron burundanga en las venas y le dieron una golpiza, no sé si la violaron. Ella duró mucho tiempo en recuperación, estaba mal.

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La subdirectora de restablecimiento de derechos del ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar), Marcia Yazmín Castro, a través de una consulta realizada vía correo electrónico, explica que en caso de que un menor de edad migrante sea sujeto del proceso de restablecimiento de derechos y no porte documentación, el consulado colombiano deberá facilitarlos. Y que, además, en este proceso se deben articular entidades homólogas de los dos países para una evaluación sociofamiliar del menor y así definir su situación. Asimismo, asegura que los menores no podrán ser dados en adopción.

Al Grupo Especial Migratorio (GEM), pertenecen la Policía Nacional, DIAN (Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales), Migración Colombia e ICBF, quienes en conjunto ya han realizado operativos (verificaciones, sanciones, deportaciones, acompañamiento) en algunas regiones del país; sin embargo, no existen datos actualizados sobre la cantidad de población venezolana que han sido atendidos a nivel nacional.

Alexander, profesor de música proveniente de Caripito, Venezuela.

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-Fueron 5 días en bus. Lo más trágico fue cómo conseguir los pasajes a la capital. Allá el transporte es horrible, estábamos desesperados. Nos tocó pedir ayuda en la Alcaldía, porque allá regalan pasajes a los que son chavistas… entonces tuvimos que hacernos pasar por chavistas.

Entre el tumulto de la gente y el ruido de los autos, se mezcla el sonido de un saxofón y un ukelele. Son Jhosmel y Alexander, dos músicos provenientes de Caripito, cuyas edades no pasan los 24. Allá eran profesores de música y hacían parte del Sistema Nacional de Orquestas. Dicen que aunque necesitan dinero para pagar gastos, lo que más les gusta de tocar en las calles es ver a la gente cantando y bailando.

Al principio me ponía muy nervioso ver a la gente tan emocionada. Los aplausos lo valen todo.

-Da tristeza ver a un niño flaquito, como desnutrido. Porque allá no se ve ni leche. Yo veo a un niño flaco y me dan ganas de llorar porque me acuerdo de mis hermanos, expresa Jhosmel

Un señor que estaba escuchándolos tocar, hace los coros “nunca, pero nunca, me abandones cariñito…”. Al final se acerca misteriosamente con un billete; Alex le señala el estuche del saxofón que está en el piso. El señor finalmente les da de a palmadita en la espalda y se va. Ese billete, que está junto a unas cuantas monedas, representa para ellos, la cena de esta noche.

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John Didier Raigoza, director de operaciones de Megabús S.A., expresa que la cifra de los venezolanos que laboran de forma no permitida en los articulados, redondea unas setenta personas diarias. También afirma que, pese a que son retirados de las instalaciones, la situación se torna cíclica ya que ellos permanentemente regresan.

-Nosotros hemos tenido por parte de usuarios algunas manifestaciones de que los venezolanos generan molestias. Sin embargo, no se reciben denuncias formales por ejemplo de robo, aunque pudiesen detectarse algunos casos, no ha habido una generalización de esto.

Para mejorar la situación, la empresa ha emitido un mensaje donde pide a los usuarios abstenerse de comprar o dar dinero a las personas que, de forma no autorizada, ejercen actividades dentro de las instalaciones. Le pregunto por los usuarios que no están de acuerdo con que retiren a los vendedores.

-No es política del sistema estar de una manera cohesiva o violenta, sacando a estas personas. Si finalmente los usuarios los protegen o no, el bus tendrá que continuar su marcha.

Le comento a Raigoza que algunos venezolanos han expresado recibir maltrato por parte de los funcionarios, que ya no solo son las palabras despectivas, sino que incluso algunas veces han sido empujados a la fuerza.

-Ellos no pueden ejercer un maltrato frente a estas personas y no puede haber una confrontación directa porque finalmente hacen parte también del sistema, y hasta ahora no existe ninguna base sobre la cual se pueda afirmar que son delincuentes. Megabús es para el transporte, no para ejercer funciones de policía.

Doña Amanda subsiste vendiendo con temor sus arepas venezolanas.

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En uno de esos bancos techados donde suelen hacerse los lustrabotas, una señora me ofrece arepas venezolanas, “dios le bendiga”, me dice cuando le compro una.

Doña Amanda, siempre estática, como si tuviera prohibido hablarme o mirarme, ha intentado conseguir trabajo numerosas veces.  Ella asegura que la mayoría de venezolanos que han emigrado son profesionales, honestos y trabajadores.

-Mi hija es enfermera de diálisis, ahorita ta’ trabajando en un supermercado. Yo hago las arepitas pa’ ayudarle con los pasajes.

Estuvieron un mes en Riohacha y llevan dos en Pereira. Viven en una habitación con tres personas más, pero la dueña les pidió desocupar en quince días.

-Nos miran feo, nos dicen “venecos”, yo ni sé qué quiere decir… venezolano combinado con colombiano: Vene-Co. – Se ríe, pero triste.  Nos interrumpe un cliente, que con una mano le hace señas y con la otra atiende el celular. No dice gracias, ni sonríe cuando ella le dice: “dios le bendiga”.

Amanda tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Uno de sus hijos debe tomar permanentemente medicina, que no puede comprar en Venezuela, ya que los precios son exagerados.

-A mi hija en Riohacha un hombre la drogó y la violó. Ha sido muy fuerte, nos vinimos por eso.

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Jhosmel:   -A mí me da rabia. Me llena de impotencia esas personas que vienen con un cartelito “Soy venezolano, ayúdame”, porque tienen manos y pies pa’ trabajar. Mira, hay un semáforo, ponte a limpiar los vidrios, pero no des lástima y menos con un niño en brazos aguantando sol y si acaso lluvia. Aprende hacer cualquier cosa y gánate la vida.

Los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) son organizaciones de distribución de alimentos promovidos por el gobierno de Venezuela. Mientras cae la tarde y estamos en la Plaza de Bolívar, Jhosmel, Freddy y Alex me explican que muchas personas venden las cajas Clap al triple del precio original. En internet circulan videos donde personas “beneficiarias” de la caja -a veces bolsa-, denuncian que no solo traen productos malos y dañinos para la salud, sino que también llegan cada año. El hambre en Venezuela se volvió un negocio.

Freddy: – En los hospitales tiran el feto a la basura porque no tienen contenedores ni materiales pa’ deshacerse de ellos. Tú sales a la calle y encuentras el feto ahí tirado.

Jhosmel: – Englobando todo, por eso es que nosotros emigramos. Allá somos víctimas, acá también, pero allá más, a esta hora no podríamos estar en la calle porque seríamos carnada.

Alex: – Aquí nos dicen “cuidado que están robando con cuchillo” y nosotros nos reímos. Mira, una vez me robaron frente a mi casa con una escopeta. Allá es así.

El salario mínimo en Venezuela son 18.000 soberanos. Un kilo de arroz cuesta 4.800. Es por eso que personas como Andreina, Wilker, Kelvin, Jhosmel, Alex, Freddy, Amanda, entre muchos otros, pertenecientes a esta oleada de migración más grande en la historia de Colombia (ningún otro país en el mundo supera la presencia de venezolanos extranjeros en nuestro territorio), salen todos los días a las calles a trabajar. Actúan, venden dulces o arepas, tocan sus instrumentos musicales, se las ingenian cada día, llevados todos por un objetivo en común: sobrevivir aquí y recoger el suficiente dinero para enviárselo a sus familiares que quedaron al otro lado.