En relación, Fernando Pessoa dice: “¡El tiempo! ¡El pasado! Ahí en algún sitio, una voz, una canción, un perfume ocasional, levantó en mi alma el telón de boca de mis recuerdos… ¡Lo que fui y nunca más seré! ¡Lo que tuve y nunca más tendré!”; o Borges, desde su poética: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Dos visiones de cara a esa ventana en la que el pasado es el paisaje en que mejor nos reconocemos.

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Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Ilustraciones: Chucho Barrera Henao

 

Una de las cosas más difíciles en la vida es abrir un álbum de fotografías. Si nos fijamos cuando pasamos las páginas, de ese extraño y particular objeto que fue creado únicamente para alimentar  los recuerdos, estamos -bien que mal- tomando un vuelo hacia el pasado, ese algo que llevamos a cuestas pero que debido a cuestiones metafísicas no podemos traer de nuevo. En últimas todo encuentro con el pasado no es nada fácil, y aún cuando sea o no predestinado lo que surge adquiere un valor simbólico que se rehúsa al olvido.

Incluso al detenernos en una fecha especial (un cumpleaños, una boda, una graduación, el día en que conocimos el mar, etc.), ese momento, esa fracción de segundos suspendida en una imagen, es algo extinto; sujeto apenas por una hoja que lleva la silueta con que ahora nos daremos cuenta, casi sin percatarnos, que una bandada de pájaros incoloros se han ido apilando en nuestras cabezas generando preguntas, que parecieran ir y venir al compás de un tango o un bolero.

Normalmente estas preguntas generan un alto grado de consciencia sobre los hechos acaecidos en nuestras historias; y estos mismos interrogantes son una dualidad que transita entre dos fuerzas: la vida y la muerte, los ojos de quien la observa y la fotografía. Haciendo que el recuerdo, así como los fantasmas que aparecen en la literatura, se manifiesten a través de esas fuerzas.

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De allí que al detenernos, por ejemplo, en las primeras imágenes que fueron tomadas de nuestra infancia, pareciera como si nuestros cuerpos quedaran vacíos y, acto seguido, regresáramos por arte de magia a ese lugar en que confiábamos las cosas nada más que a la providencia; porque cuando éramos niños todo hacía parte de un juego. Aunque también puede suceder todo lo contrario, resultándonos caótica esa primera etapa de la vida. Pero así, sucesivamente, seguirán pasando las fotografías hasta terminar ese tránsito por el pasado.

En relación, Fernando Pessoa dice: “¡El tiempo! ¡El pasado! Ahí en algún sitio, una voz, una canción, un perfume ocasional, levantó en mi alma el telón de boca de mis recuerdos… ¡Lo que fui y nunca más seré! ¡Lo que tuve y nunca más tendré!”; o Borges, desde su poética: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Dos visiones de cara a esa ventana en la que el pasado es el paisaje en que mejor nos reconocemos.

Hace un par de semanas, mientras buscaba en el armario unos documentos extraviados, encontré de improvisto el viejo álbum familiar de fotografías, y después de vacilar durante unos segundos opté por abrirlo. El caso es que pasando sus páginas encontré dos fotografías que me dejaron el alma apretujada.

La primera era una fotografía que me tomaron junto a mi primer perro, cuando tenía dos años. El perro se llamaba Tony, no mordía ni ladraba a la gente que pasaba cerca del zaguán de la finca donde vivíamos, pero, eso sí, cuando una culebra venenosa intentó atacarme mientras estaba sentado sobre las raíces de un árbol -haciendo las tareas que me habían dejado en la escuela- Tony, mi viejo amigo, inmediatamente corrió a salvarme la vida. En la segunda me encontraba sentado en una moto de juguete, en la que llevaba como tripulante a un extraño muñeco que ahora no alcanzo a recordar con exactitud; y al fondo, con la mirada puesta en su pequeño nieto, mi abuela Carlota de pie, de quien heredé mí desmedida pasión por la lectura.

En definitiva, abrir un álbum de fotografías no es tarea fácil, por un lado recuerdas, escudriñas, lloras, ríes y reflexionas con la idea de entender un poco más el presente; pero por otro, revives aquellos momentos que creías perdidos en las vastas estancias de la memoria.