Poco después de escribir su gran testamento, François volvió a la cárcel dos veces más: la primera acusado de robo y la segunda por participar en una pelea. Esta vez fue condenado a la horca.

 

Por Gustavo Arango *

Su nombre era François, pero hay poca certeza sobre su apellido. Nació en París, en 1431, y quedó huérfano de padre cuando era niño. La ayuda de un canónigo compasivo permitió que no todo en su vida fueran desgracias. A los diecinueve años recibió el título universitario y a los veintiuno el de Maestro de Artes. Era asiduo visitante de burdeles y tabernas. La ebriedad y las prostitutas predominaban en sus poemas. Sólo después de muchos ruegos, su madre consiguió que escribiera un poema a la Virgen que aún se reza en las iglesias.

Tenía 24 años cuando mató a un hombre con su espada, durante una pelea de borrachos. Pasó un año en la cárcel, hasta que un indulto real lo dejó libre. Pero la libertad le duró poco. Fue acusado de robo y condenado al destierro. Al marcharse escribió su «Pequeño testamento», en el que dejaba un mechón de pelo a su peluquero, unas monedas a los usureros y su espada empeñada al juez que lo condenó.

François, en un grabado de la época. Ilustración / Le pot au lait

En el destierro las cosas no cambiaron. Volvió a la cárcel, pero lo salvó una amnistía con motivo del paso del rey por el pueblo donde estaba preso. Libre de nuevo, escribió «El gran testamento», su poema más extenso: 2023 líneas octosílabas en 185 estrofas de ocho líneas. Allí François hace un examen de su vida, expresa su horror por la enfermedad, la prisión, la vejez y la muerte, y retrata el submundo parisino. El poema entrevera composiciones tempranas que su autor no quería dejar desperdigadas.

Poco después de escribir su gran testamento, François volvió a la cárcel dos veces más: la primera acusado de robo y la segunda por participar en una pelea. Esta vez fue condenado a la horca. Mientras esperaba su ejecución, escribió su «Balada del ahorcado», en la que se imagina colgado y con su cuerpo en descomposición, mientras le expone a Dios sus quejas sobre la justicia humana. Ahora sus temas eran la compasión por el sufrimiento de los hombres y el remordimiento por el tiempo y el talento perdidos.

La vida personal de François haría pensar que su poesía era silvestre y sin rigor, pero es todo lo contrario. Hay en ella un perfecto cuidado de la forma y de los elementos simbólicos. En poemas como «Falsa belleza, que tanto me has costado» no solo incluye un complejo sistema de rimas, sino también, a manera de acróstico, el nombre de la prostituta a quien está dedicado.

En 1463, el Parlamento le conmutó la pena de muerte por la de diez años de destierro. Nunca más se volvió a tener noticias suyas. Tenía 31 años cuando abandonó París para no volver jamás. En 1489, un librero parisino reunió su poesía y la salvó del olvido. Años después, Rabelais le imaginaría dos destinos posibles e improbables, uno en Inglaterra y otro en un monasterio en el suroeste de Francia. La posteridad lo ha conocido como François Villon y, con su desaparición, también desapareció una Edad Media mucho menos oscura que otros tiempos que presumen de iluminados.

*Publicado con permiso del autor. Tomado de Revista Cronopio.