Juan Vicente Piqueras (Los Duques de Requena, Valencia). Ha vivido en Francia, Italia, Grecia y actualmente en Argelia. Es poeta y traductor. Ha publicado los siguientes libros de poemas: Tentativas de un héroe derrotado – Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, 1985).Castillos de Aquitania – edizioni Stelle di Sassuolo (Modena, 1987). La palabra cuando (premio José Hierro de poesía 1991) La latitud de los caballos (premio Antonio Machado en Baeza) – ed. Hiperión (Madrid, 1999). Mele di mare – ed. Le Lettere (Firenze, 2003). La edad del agua – ed. Las 4 estaciones (Lucena, 2004). Adverbios de lugar (accésit del Premio Ciudad de Melilla 2003); entre otros.

 

 

Entrevista Juan Vicente Piqueras (1)

Confesión del fugitivo
Sólo soy feliz yéndome.
No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas,
sino entre aquí y allí, una casa y otra,
ajenas ambas preferiblemente.No puedo ya, ni quiero, estarme quieto.
Ni ahora ni después. Ni aquí ni allí.
En todo caso, ahí, donde estás tú,
seas quien seas tú, ponme tu nombre
en los labios sedientos, insaciables.Yo no soy yo ni puedo tener casa.
No digo ya porque nunca lo fui,
nunca la tuve, siempre fui extranjero
dentro y fuera de mí. Soy lo que no:
el mendigo que duerme bajo el puente
que une las dos orillas y yo cruzo
sin poder, día y noche, detenerme.

Escribo porque busco, porque espero.
Pero ya no sé qué, se me ha olvidado.
Espero que escribiendo
llegue a acordarme. Insisto en la intemperie.

Sinvivo entre paréntesis,
entre el espacio vivo y tiempo muerto
de la espera de qué, entre dos aquíes.

Nunca en sino entre. Sal de mí,
seas quien seas tú, déjame en paz
o acaba ya conmigo y con la miel
amarga de estar solo hablando solo.

He decidido que mi patria sea
no decidir, no estar en ningún sitio
sino de paso, puentes, naves, trenes,
donde yo sea sólo el pasajero
que sé que soy, sintiendo
que me inquieta la paz,
que la quietud me asusta,
que la seguridad no me interesa,
y sólo soy feliz cuando me sé fugaz.

 

 

PALMERAS

Nacemos dela sed. Somospalmeras

que van creciendo a fuerza de perder

sus ramas. Y sus troncos son heridas,

cicatrices que el viento y la luz cierran,

cuando el tiempo, el que hace y el que pasa,

ocupa el corazón y lo hace nido

de pérdidas, erige

en él su templo, su áspera columna.

Por eso las palmeras son alegres

como los que han sabido sufrir en soledad

y se mecen al aire, barren nubes

y entregan en sus copas

salomas a la luz, fuentes de fuego,

abanicos a dios, adiós a todo.

Tiemblan como testigos de un milagro

que sólo ellas conocen.

Somos como la sed de las palmeras,

y cada herida abierta hacia la luz

nos va haciendo más altos, más alegres.

Nuestros troncos son pérdidas. Es trono

nuestro dolor.  Es malo

sufrir pero es preciso haber sufrido

para sentir, como un nido en la sangre,

el asombro de los supervivientes

al aire agradecidos y estallar

de alta alegría en medio del desierto.

 (de Palmeras)

 

 

SÍSIFO SIN EMBARGO

 

Es triste que el destino de un hombre sea Sísifo,

que hayamos de llevar sobre los hombros

la misma piedra siempre, que parece

ya nuestro pensamiento, y tropecemos

en ella tantas veces como vidas

quisiéramos tener y sin embargo.

 

Es triste trepar riscos cargados de razón

y dejarla caer al alcanzar la cumbre

para después volver al mismo error

un día y otro, como el alma al vicio,

condenados a ser, sedientos, quienes somos:

quienes quisimos ser y sin embargo.

 

Es triste repetirse como la misma historia,

dar vueltas a la noria, día y noche,

moliendo una manera de ser y de mirar

que te lleva a sufrir y a hacer sufrir.

Llevo mi piedra en mí, mi pensamiento,

y dentro yo, esperando ser tallado,

esculpido, salvado y sin embargo.

 

 

(de Adverbios de lugar)

 

 

 

 

ADVERBIOS  DE  LUGAR

Aquí es donde estoy yo. Esté donde esté

yo siempre estoy aquí donde me ves.

Esta casa, estas caras, estas cosas

cansan, porque aquí cansa.

Aquí hace sed de irse, sed de allí.

Pero allí es el lugar donde jamás podré estar,

donde yo soy imposible. Vaya adonde vaya,

allá donde yo llegue será aquí

y estaré ya esperándome a mí mismo

con un ramo de rosas iguales en la mano.

Ahí es tu aquí.

Ahí parece un grito porque es donde te duele.

Yo quiero estar ahí, donde estás tú,

tú aquí o, mejor, los dos allí, remotos, juntos

porque lo vivo es lo junto.

Ahí hay el amor que no hay aquí.

Esas cosas tocadas por tus manos,

eso que piensas, dices, callas, sueñas,

esos lugares donde estás sin mí,

eso deseo, eso necesito.

Y ser tu ahí, tu aliento intercalado.

Allí es la salvación, el espejismo

nacido de la sed de estar aquí.

Allí sí que seríamos felices,

donde tu aquí y mi ahí estarían juntos,

comerían perdices que no existen.

Allí es la lluvia aquella

que cae sobre este páramo sediento.

Allí es Jauja, el Dorado. No hay palabras

que puedan dar idea de aquel sitio.

Las palabras son éstas, nunca aquéllas.

 

Yo estoy aquí y tú ahí y allá nosotros cuándo.

Esto es piedra. Eso es seda. Aquello es mar.

Aquí, hogar imposible, íntima ausencia,

odiado domicilio, cárcel del cada día.

Ahí, calor del tú, tu vida mía,

tesoro de tu isla, aire de amor.

Allí, donde no estamos, llueve sobre la vida

que nunca será nuestra y nos aguarda.

  (de Adverbios de lugar)

 

 

INSTRUCCIONES PARA CRUZAR EL DESIERTO

Para cruzar este íntimo desierto
hace falta coraje, tiempo, ganas
de no perder la vida preparando
un viaje que jamás emprenderemos,
un camello leal, un compañero
lo mismo, un mapa vano,
un turbante, una brújula,
diez cajas de bombones (recuerdo de Occidente)
y una chilaba azul… ¿qué más? Un libro
que haga las veces de Corán, de Biblia,
de Torah y Tao y tenga
las páginas en blanco o esté escrito
en una lengua que nadie comprenda.

Hace falta una cierta confianza en la sed,
una mirada limpia, y un cuaderno
de notas que los días
son largos, lentos, y las noches tristes,
y no hay tienda ni tribu
ni dios que asista en tanta soledad.
Para cruzar este íntimo desierto
hace falta querer, tener que, decidir
echarse a andar y no mirar atrás,
no cejar, no tener otro remedio.

 

 

(de Adverbios de lugar)

 

 

 

 

LOS DIOSES DENTRO

 

Los dioses saben más y mejor que nosotros

lo que nos hace falta. Les pedimos un hijo

y nos mandan un lobo, y no los comprendemos.

 

La vida cada día los olvida.

La muerte por la noche los inventa.

 

Y las enfermedades, como bien dijo el sabio,

son dioses que agonizan dentro de nuestro cuerpo,

su último templo en ruinas,

su refugio sin fe. Piden piedad.

 

Los dioses no comprenden la extraña insensatez

con que hemos decidido acabar con nosotros

acabando con ellos, el orgullo

con que los despreciamos.

 

Los dioses piden poco: que no los olvidemos.

 

Pero es mucho pedirle a una raza de esclavos

que han hecho del olvido su misión y su vida

y su razón de ser.

Los dioses callan,

resignados, y mueren en silencio

dentro de cada uno de sus antiguos súbditos.

 

 

(de Atenas)