“La siguiente obra es una muy mala versión del libro “De la tierra a la Luna”, escrito por Julio Verne en 1865 (64); adaptada para teatro en género de farsa por una de nuestras integrantes (…)”
De la tierra a la luna – Chicos del Jardín
Por: Mateo Ortiz Giraldo
“Toda juventud es barroca”, respondió Borges a un periodista español cuando éste le preguntó acerca de sus primeros versos. Esta misma frase se puede aplicar para describir el acto que ahora se desarrolla frente a los ojos de aproximadamente 50 personas que se dan cita el teatro el Escondite de Manizales: luces, gritos, explosiones exageraciones, golpeteos incesantes y, ante todo, brillante juventud la cual se muestra sin recatos. Esta obra lleva por título “De la tierra a la luna”, es una adaptación del texto de Julio Verne donde se conjuga la “recreación” del alunizaje del hombre a la luna en 1969 y las suspicacias que giran en torno a este hecho, además tiene por objetivo ser una “farsa”, los Chicos del Jardín, agrupación teatral intérprete de la obra, lo gritaron sin en el mayor escrúpulo al inicio de su actuación. Tal parece que su objetivo se cumple sin interrupciones ni percances.
El público responde coherentemente a lo que ocurre en el escenario, pues no hay otra escapatoria que sonreír ante las ocurrencias del peculiar y demagógico J.T Manson, personaje que Verne creó, pero que los Chicos del Jardín replantearon, lo transformaron en un tierno subalterno del presidente Barbicane, quien sin piedad lo trata como un simple monigote. Los movimientos que se llevan a cabo sobre las tablas son rápidos, llenos de energía; su púber coordinación da espacio para que los espectadores se destornillen a carcajadas con los choques, caídas y narrativas corporales las cuales aluden a un forma de hacer teatro que el grupo teatral propone; “ingeniería teatral”, le llaman.
El patio de butacas pasó de ser un lugar para la charla de desprevenidos observadores a un espacio donde cada cual mira la obra con los lentes de la infancia puestos: su mirada sigue atenta a cada movimiento, sus ojos se cierran ante cualquier explosión, sus oídos son fieles aprehensores de los diálogos, música, chirridos y otro variopinto de sonidos. Bien podrían comprender la obra sin necesidad de abrir los ojos, bien podrían entender de cabo a rabo la puesta en escena sólo con los oídos: bien podría ser una novela radial y transmitir el mismo mensaje.
Desde Méliès hasta Andrea Marín:
Corría el año 1902 cuando en un pequeño desván francés un reducido grupo de personas se congregaban para observar una producción cinematográfica colmada de elementos que apreciar. Los espectadores impávidos no podían gesticular palabra alguna; tal fue el despliegue de imaginación que su creador, George Méliès, pudo, a partir de allí, seguir creando sin descanso hasta entrada la primera guerra mundial. El celuloide que el maravillado público pudo observar se llamaba “Viaje a la Luna”, la primera adaptación para el cine que se hacía de “La tierra a la luna”. La cinematografía, desde ese momento, dejó de impartir las mismas escenas de la cotidianidad que solían protagonizar las muestras de las prístinas creaciones de los hermanos Lumière, a quienes se les atribuye la creación del cinematógrafo; ellas dejaron este halo de pasividad para llevar su potencial hasta los bordos de la contemporánea ciencia ficción. George Méliès fue un actante definitivo para incursión de este género en el cine, pues logró, sin las palabras o cualquier otro sonido, recrear mundos maravillosos, surrealistas y brillantes a pesar de la opacidad y monocromatismo en la cual las obras se presentaban en aquel entonces.
Pero Méliès está allá, en esa época primigenia del cine/teatro y nosotros estamos aquí: en una época oculocéntrica que se ha quedado tan sorda, por desuso de su oído, que necesita de vociferaciones altisonantes para poder entender vagamente lo que estos sonidos quieren transmitir. Es en este plano históricotemporal que surge, en medio de las montañas colombianas, una nueva versión del clásico de Verne creada por una actriz manizaleña perteneciente al grupo proveniente de la licenciatura de artes escénicas de la Universidad de Caldas, Los Chicos del Jardín. Ella se llama Andrea Marín, quien “a pesar de no ser dramaturga (o dramaturgo)” como ellos mismo lo dicen, decidió, a sus 25 años, proponer una nueva visión de Julio Verne, del viaje del primer hombre a la luna y del teatro en género de farsa. Todo lo anterior se rige bajo los lineamientos de la Ingeniería Teatral, término acuñado por ellos para aludir a la “capacidad para crear obras a partir de los medios y los conocimientos que están alrededor, apuntando hacia un pensamiento creativo y dinámico. Es un estilo de trabajo basado en la imaginación y la fantasía traducida en el gesto corporal: ‘La equivocación como medio de creación’” tal y como reza en su página web.
Marín propone una poética corporal basada en movimientos torpes donde la experimentación deja el plano explorativo para pasar a ser una ridiculización de sus propios planteamientos de Ingeniería Teatral; la exageración en sus gestos, más resulta teatralidad que teatro, pues es apreciable su manía, al momento de poner a los actores bajo su dirección, de propiciar situaciones que pasan de lo cómico a lo hiperbólico. Durante la hora y diez minutos que dura la puesta en escena se observa a un grupo de neófitos actores quienes olvidan un elemento que es importante en el teatro: el símbolo. Todo está dado, no hay espacio para hallar una interpretación diferente de lo allí presentado.
El sonido en los tiempos del ojo
En la radio se tiene por objetivo mostrar, a través de los sonidos, una serie de imágenes que lleven a la entera comprensión de oyente de lo que se presenta. En la obra teatral “De la Tierra a la Luna” ocurre algo similar: la radio-grafía prima. El sonido en altos decibeles es el protagonista principal, no lo es ni Maston ni Nicholls ni Barbican, ni siquiera la pintoresca Pollete. Los diálogos que hacen parte de la batahola de gritos, están puestos para ser comprendidos incluso con los ojos cerrados, como si se tratase de un radio novela; son conversaciones donde la carga simbólica está relevada a un espacio mínimo. Si bien la obra es una sátira al alunizaje no deja entrever más los significantes típicos de las teorías conspirativas; el significante absorbe al significado, pues la misma comicidad, al mejor estilo de los cartoons de la Warner Brothers, impide encontrar algo más allá: ¿qué pasa entonces con el público? ¿Dónde queda su futura exploración y reinterpretación?
Cuando la espectacularidad sobrepasa el contenido, el espectador se ve preso de una única interpretación y por tanto la obra se ve sometida al juzgamiento doxástico y maniqueísta del que suelen ser víctimas las propuestas hollywoodenses: “Ay, tan linda y chistosa” o “No, qué pereza; estuvo malísima”.
Una salvedad….
Si bien la obra carece de profundidad, se puede rescatar que es ideal para observarse con el niño interior atento y dejar a un lado cualquier prejuicio del orden poético; también es importante destacar que arranca al público una cantidad inestimable de carcajadas. ¿Qué más valioso que salir de buen humor del teatro?…sin embargo ésta no deja de ser una actitud escapista por parte del público y efectista (de la manera vacua) por parte del artista.


