Texto leído en la Biblioteca Pública Municipal durante la presentación del libro de cuentos Los devastadores, de Carlos Vicente Sánchez, obra ganadora en su categoría en la Colección de escritores pereiranos 2017.

 

Portada con la ilustración “El grifo maquinado”, de Alejandro Múnera Ramírez.

Por Antonio Molina

Para mi amigo Rafael Alarcón, para que los días venideros

cicatricen bien su corazón partido.

Es la literatura un oficio de vaivenes, de pasos inciertos, de verdades construidas en papel maché. Lo es tanto para el lector como para quien la escribe. Es, palabras más palabras menos, una errancia por vidas ajenas que asumimos como nuestras, así sea por un rato. Todo gran lector, todo gran escritor, conjugan en sí mismos varias características: mentirosos sin redención, viajeros mentales incansables y curiosos de nunca acabar.

Es que la mentira, en tanto principio y virtud, es el gran drenaje de cualquier literatura. En ella, en la construcción depurada de ese artificio que es la imaginación, reside una posibilidad de trascendencia rara vez alcanzada por ser humano alguno, y lo es en tanto mentir no puede considerarse como un oficio cualquiera, no en vano es virtud que se decanta en arte mediante el manejo diestro del lenguaje.

Los grandes mentirosos de la literatura –casi todos ellos reposan atentos a nuestro alrededor en este momento, prestos a saltar desde los anaqueles para torcerme el pescuezo si digo una verdad– han fabricado mundos para construir allí la guarida que esta espantable cotidianidad nos depara. Ese infinito discurrir por las mismas cosas cada día, cada hora. Ese asco de tanta realidad que nos agobia y nos mueve a la huida.

“Bailarina”, de Oliver Zamora. Ilustración del primer cuento del volumen.

La mentira por sí misma es inocua si a ella no se suma la imaginación, madre de los sueños, de las evanescencias que devienen en parrafadas surtidas con múltiples recreaciones mentales de aquel otro dulce paraíso artificial que es la literatura. Hoy tienen entre ustedes a uno más que se lanzó a los sueños, siguiendo a rajatabla la frase que encabeza uno de los magníficos ensayos del gran ebrio de Boston: “Ofrezco este libro a los que han puesto fe en los sueños ¡como en las únicas realidades!”.

En los cuentos del presente volumen hay devastación, sí, eso es una evidencia de a puño… pero allí también habitan las ensoñaciones, esas otras formas de soñar con los ojos abiertos.

Las narraciones que comento, todas ellas ficcionales y desarrolladas al mejor estilo que enseñan los maestros en este arte subsidiario del contar, son recreaciones de una realidad predeterminada por la amarga irrealidad en la que se han convertido las calles, ríos en medio de los cuales avanzan las fantasmagorías del triste individuo de hoy.

Ese mismo sujeto que elimina sin compasión a todos aquellos que afean la estética citadina impuesta por una autoproclamada ciudadanía de bien. Ese mismo que estira la mano para diluir con balazos la voz del hombre que significaba los sueños de millones, para así ocasionar esa especie de ordalía de la que, 70 años después, todavía no nos recuperamos. Ese mismo que se entreteje en las líneas de los cuentos acá reunidos.

Media docena de ficciones se aprietan en estas páginas, cuentos que denuncian el desamparo, la periferia y la segregación social, realidades ante las que mejor cabe soñar fabricando idealizados trazos, como lo hace Víctor, quizá el cerebro oculto de ese vengativo Hombre Niebla que lo devora todo, sin aparente evidencia de una compasión que solo una vez se atisba ante la frágil niña que luego será la gestora de su ruina.

Por ello, tal vez, acá no bastan los propios sueños. La sobredosis de realidad debe permitir fisuras para así convertirla en material de nuevos sueños. Al fin de cuentas, ante la realidad no hay posibilidad de sobrevivencia, porque ella es el Hombre Niebla que se escurre por debajo de la firme puerta que hemos construido para detenerla. A la realidad hay que enfrentarla, así sea alimentándola con nuestras pesadillas, para que se convierta luego en una realidad otra, en una realidad irreal.

De este modo el temido horror no está allí afuera, el espanto está enquistado en las arrugas de nuestra alma. Por eso mismo tiene esa condición de abominable, de ser causante de las peores devastaciones. Nosotros somos el monstruo que se camufla en las entretelas de la monotonía. Está, por ejemplo, en aquel par de hermanos escondidos en el sótano mientras afuera el Grifo maquinado destruye su mundo, niños que huyen de un presentimiento que de nuevo se transforma en constatación de la realidad: el monstruo está adentro.

“El mago de los cuentos”, de Kemo Sabi, aparece en la contraportada.

Contar tiene fórmulas, tiene recetas, oscilantes entre la iniciática “Érase una vez…” hasta otras más depuradas; pero el gran secreto de esos narradores sempiternos es solo uno: crear su propia fórmula, esa que subvierte todo el vademécum narrativo establecido, desde aquellos que en medio de la oscuridad de los antiguos tiempos nos hablaban alrededor de la amable fogata hasta los actuales sujetos cyborg que juguetean con los laberintos de la virtualidad. Todo narrador original es un subversivo de su tiempo.

No repetir, trazar nuevos senderos, desbrozar en la selva de lo ignoto, esas son las tareas más arduas para un verdadero creador. Tener la suficiente ambición para prefigurar nuevos mundos siendo consciente de que antes de él otros demiurgos ya fijaron una huella, esa misma que debe esquivarse para siempre luego de pisarla por primera vez.

Sume usted una tarea más. Atreverse a bajar la cabeza mientras permanece en la mullida cama, para entonces verificar la inexistencia del monstruo hospedado bajo ella; esa, la más atrevida tarea de un cuentista. Y la considero atrevida porque en ese gesto simbólico pueden ocurrir las más desastrosas pesadillas, como aquella de revelar que el monstruo vive y dormita ante los ojos aterrados del creador, una visión que puede sumirlo en el infinito espanto de sí mismo o en el desasosiego inacabable. Al fin de cuentas, todo exquisito creador es un demente en potencia.

El gesto, ese simple gesto de levantar la manta para descartar lo que intuimos, es la cualidad excelsa de aquellos que llevan hasta el límite su capacidad de crear. Cada uno de ellos mismos, de esos ávidos escritores comprometidos con la narración, es el laboratorio en el cual se descubre que la ficción y la realidad son solo deleznables estatutos de una misma esencia.

Así, la curiosidad conduce al atrevimiento, al punto de no retorno donde quedamos desnudos para constatar lo impensable: somos los sueños de otros más que antes nos soñaron, pero ahora solo restan migajas de una ancestral pesadilla original.