Rigoberto Gil Montoya, docente y escritor radicado en Pereira, ha recibido esta noche el premio Simón Bolívar de periodismo.

Rigoberto Gil Montoya junto a Juan Miguel Álvarez, hace unos años durante la presentación de “Balas por encargo” en Pereira. Esta noche ambos recibierón el premio Simón Bolívar de periodismo. Álvarez en la categoría Mejor Crónica y Gil Montoya en Crítica.

Redacción TLCDLR

El recluta Gil Montoya, todavía con pelos en la frente y la inocencia intacta, juraba haber visto el humo en las ruinas del Palacio de Justicia, frente a la Plaza de Bolívar de Bogotá, donde lo habían llevado a recoger escombros junto al resto de soldados bachilleres de su guarnición, en enero o febrero de 1986. Aunque pudo tratarse de una alucinación –producto quién sabe de qué otros humos y ruinas– hay que aceptar que el episodio posee cierta magia de descubrimiento revelador, de iluminación providencial. Un comando de guerrilleros del M-19 asaltó a sangre y fuego el Palacio de Justicia en pleno centro de la capital y varios batallones del ejército, tanques y helicópteros incluidos, emprendieron una sangrienta y destructiva operación de retoma cuyo propósito parecía no dejar nada ni a nadie en pié. Dos días de combates dejaron como saldo más de un centenar de muertos, decenas de desaparecidos y la destrucción total del epicentro de la justicia en Colombia. Los fantasmas de aquellos días y esa noche calamitosa de noviembre de 1985 persiguieron por años al recluta Gil Montoya.
Después nuestro hombre dejaría de ser recluta, perdería los pelos de la frente, unos cuantos al principio, unos pocos más luego, todos del todo al final, terminaría su carrera de Universidad pública a la par con épocas convulsas de militancias y utopías y desencantos. Pero nunca se iba a olvidar el impacto de aquella escena fundacional que luego se volvió relato, con un título tal vez muy largo, tal vez muy obvio en su guiño a Borges: El laberinto de las secretas angustias, novela ganadora de un premio en Pereira. Así se confirmaba algo que él ya había presentido: su vida le pertenecería a la literatura.


Rigoberto Gil Montoya nació en 1966 en La Celia, un pueblo del occidente de Risaralda, pero le gusta sentirse pereirano. Creció en el barrio San Judas al lado del río Otún, un barrio de zapateros donde su padre era sastre. De aquella juventud arrabalera a Rigoberto le quedaron dos cosas: las mañas jugando microfutbol y la atmósfera de una de sus novelas, Perros de paja, ambientada en los entornos de las drogas y la criminalidad, obra que se aleja del espíritu trascendental de su primer libro porque indaga temáticas urbanas y voces narrativas más propias.
¿Cómo definir a Rigoberto? ¿Es un maestro, en el sentido que le fue dado por su profesión de docente, de bachillerato primero y de Universidad luego, comprometido con todos esos muchachos a los que les ha transmitido sus propias pasiones y dudas sobre la escritura, la literatura latinoamericana, la tradición, la búsqueda de una estética original? ¿Es un escritor, a juzgar por su obra que acumula una decenas de publicaciones entre las que se incluyen libros de ensayos y postales, artículos, cuentos y varias novelas? ¿Es un hombre flaco de mediana edad, que para desafiar al nuevo milenio sigue anotando todo en papelitos arrugados que conserva en sus bolsillos y exhibe, sin ninguna vergüenza, durante sus clases?
Quizá Rigoberto se asemeje a esa voz que habla en su novela ¡Plop!, cuya mente gira en torno a ciertas ideas insistentes que lo obligan a pasarse la vida entera a desentrañando minucias, noticias viejas e intrascendentes en las hemerotecas, datos exactos para construir algún giro de sus relatos, ese “material preciso para narrar una historia digna de la crónica negra y un tanto para indagar sobre ciertos fenómenos propios del país que apenas si llaman la atención de editores y lectores”. Quizá se asemeje a ese pájaro barranquero que aparece en su penúltima novela, Mi Unicornio azul, un animal exótico que contempla el despelote de las marchas universitarias y las pedreas contra la policía y las muchachas que se enamoran y desenamoran en segundos, mientras diserta sobre los postulados de Wittgenstein y Derridá. Quizá se asemeje al apodo con que lo llaman sus amigos, Rigoroso, es decir, pleno de rigurosidad.
Rigoroso conoció la obra de Ricardo Piglia, el fallecido escritor argentino, y luego quiso profundizar en ella merced a un doctorado que cursó en México. Con rigor (diría él) o con obsesiones compulsivas (pensaría cualquier otro) viajó hasta Buenos Aires y Montevideo para rastrear las huellas de unos personajes que son tan ficticios en las crónicas judiciales de su época como reales en la novela Plata quemada, la obra capital de Ricardo Piglia. Visitó hoteles y pensiones de mala muerte, y más tarde obligó a varias generaciones de sus estudiantes a leer al escritor de Adrogué, lo que muchos agradecen y otros vituperan. Aquello quedó consignado en el libro Arlt y Piglia, conspiradores literarios, el ensayo extenso que aborda esa tradición problemática de la literatura argentina fundada por el primero y concluida por el segundo, libro que además fuera su tesis de doctorado.
Otra vez noviembre, otra vez de noche. Hoy 9 de noviembre de 2017, Rigoroso acaba de ganar el Premio Simón Bolívar de Periodismo en la categoría de crítica por un artículo breve a propósito de la muerte de Ricardo Piglia. Un premio mayor que llega por un texto menor, pero que debería ser también el reconocimiento a esa otra, su obra extensa, tan sincera y comprometida: la del escritor, la del maestro con mayúscula, la del padre, la del recluta que creyó ver, sin verlos, aquellos humos terribles de noviembre.