Reminiscencia cordial y espiritual sobre un gran poeta caldense, afincado en tierras del Quindío, que clamaba desde niño por montarse en un quijotesco Rocinante y cabalgar tras un Reino Ilusorio de una Vieja Hispania, o colgarse de unos poéticos Molinos de Viento.

 

Por: Jorge Hernán Flórez Hurtado

Este escrito va dedicado a la fiel compañera del poeta, a doña Martha Lucía Gómez Villegas

I

Cuando yo apenas traspasaba los años felices de la infancia, para adentrarme cauteloso al umbral de la preadolescencia, creí distinguir a un apuesto hombre adulto, alto y amonado, que le ofrecía enciclopedias a mi padre, Rector en ese entonces del Colegio Robledo de Calarcá, en Caldas por esa época de mediados de los sesenta del siglo anterior.

Años después, en mi propia casa en Manizales, lo reconocí –tal vez– por su estatura y su voz pausada –ya cansina– y le escuché decir unas cuantas cosas sobre la vida y las letras, que se quedaron grabadas en la memoria que nos preserva del polvoriento olvido.

Él retornaba de Aguadas, su pueblo y el mío, y el de mi padre, tras un viaje que había aplazado por más de treinta años y en cuya ocasión, pudo abrazar a su hermana y otros familiares.

Luego, hacia 1996, volví, entonces, a escuchar su voz fatigosa, pero que afirmaba una extrema lucidez, cuando mi padre y yo lo visitamos en su sencilla casa de Circasia, en ese bello departamento desmembrado de la antigua Mariposa Verde, como un ala que renacía de unas cenizas, porque de cenizas estamos hechos.

Martha Gómez, esposa del poeta, al lado de un mural que en 2017 se inauguró en homenaje al autor en la biblioteca municipal de Circasia, Quindío. Fotografía / La Crónica.

II

Cuando Noel nos iba contando sus historias de vida y de literatura, y renegaba del fútbol y de sus “estrellas”, multimillonarias a punta de tirar patadas mundialistas, que él llamó “estupidisauros pataconienses” que “solo sirven para enlazar lazos de arriería”, nos decía sabiamente que “El soneto tiene su inspiración musical como el cangrejo que va”, y se atrevía a criticar aquel bello soneto de Juan Lozano y Lozano, La Catedral de Colonia, porque, en medio de su atmósfera espiritual y etérea, aparece un sustantivo, “fábrica”, que disuena en el conjunto y desmejora la totalidad que allí expresa y expresada como en “una parálisis del viento”.

Desde niño, él ya leía a Lope, a Góngora y a Quevedo, como recordaba en sus romanzas aguadeñas y armeñas, al lado de una quebrada o elevando cometas de viento y fantasía. Por aquella época, quizás entre montañas del Oriente caldense, mientras su papá ejercía la Medicina, o en los bancos de la Escuela calarqueña, ya Noel soñaba con España y clamaba por recorrer a pie las tierras de La Mancha o por armar métricas y melodías de unos cuantos endecasílabos, tercetos y cuartetos con rima consonántica.

Y se deleitaba, igualmente, con el observatorio casero instalado en el hogar del optómetra Fernando Estrada, mientras su cerebro bailoteaba con poemas y pinturas de la Vieja Hispania, que lo reclamó al fin, como corolario de un sueño hecho realidad de la mano de un eclesiástico de Tunja.

III

Y mientras Noel hurgaba en los archivos sevillanos, para tomar datos de Jiménez de Quesada y Pedro de Ursúa, comienza a recorrer los caminos del pasado de la Vieja España, estudia Filosofía en la Complutense y va urdiendo sus sonetos, alentados con “el silencio de los prelados y guerreros que duermen su sueño mineral bajo los sepulcros catedralicios”, como escribirá en el Exordio de su Clamor de España1, aquel sonetario que quedó segundo en el Concurso Iberomericano organizado por la revista Mundo Hispánico, pero que ganara Joaquín Rodrigo, el compositor del Concierto de Aranjuez, “solo porque era franquista”.

Con el aliento entrecortado de mesetas castellanas, que son sanatorios de almas; con los ecos de reminiscencias homéricas de la poesía de Jorge Manrique y de Garcilaso de la Vega; con las miradas recias de los caballeros plasmados en los cuadros de El Greco como símbolos de una catarsis racial, y con la contemplación taciturna de la muerte y la congoja del sudario en los monjes pintados por Zurbarán, Noel Estrada Roldán recorre la España de sus sueños, en un alado Rocinante, y la hace temblar con sus versos y sus floridas estrofas2. Y él también tiembla al contemplar el cuadro de Goya:

LA MAJA DESNUDA

(Goya)

MIENTRAS la luz invade de improviso

Tan sigiloso cauce de colmena,

Mana la piel rumor de paraíso,

Nardo de espuma, clima de azucena.

 

El cuello, que desciende manumiso,

Entre blanda molicie se encadena,

Y el torso en doble afán vierte su friso

En la rada del vientre, honda y serena.

 

Tibia cenizas de algas en reposo

Convoca las crisálidas del gozo

A plenitud de lúdicos arcanos.

 

Por la rampa de muslos y rodillas

Va el río de los pies buscando orillas

De antípoda evasión para las manos.

 

IV

Al retornar a Colombia, Noel y su esposa viven en el tráfago bogotano y luego se refugian en una finca en tierras caqueteñas, para convivir con sus preciados animales y continuar con su escritura poética, pero un triste episodio lo obliga a salir hacia el Quindío, y aposenta sus escasos reales en el pueblito con bella plaza y Cementerio Libre. Continúa su periplo existencial y va trazando “un camino sin meta”.

Sus sonetos alabarán la riqueza natural de los paisajes andinos, y le cantará, entonces, al giro zodiacal de la corola del girasol, a los alfanjes en desvelo de la caña de azúcar, al penacho altivo del arrogante maíz de abolengo, al colorido de las orquídeas resplandecientes, a los glóbulos nectarios del naranjo, a la prestancia arrobadora de la palma de cera del Quindío de acuarela, al plátano prolífico y rotundo, al cafeto y al frailejón que parece un monje asceta.

Al lado de su tierna y musical compañera de fatigas, Martha Lucía, convivirá con la penuria de los días, afrontará sus cuitas con resignada paciencia, dará a la luz algunos poemas dedicados a un hijo eludido y algunos artículos periodísticos, y se ganará la admiración y el reconocimiento de los quindianos amantes de la excelsa Literatura.

Un reloj italiano, unos cuantos animales acompasarán sus últimos días…en la desesperación por la Filosofía, en la difuminación del Olvido3

 

V

Mientras vuelvo a oír su voz recogida en dos casetes de cinta, y releo sus sonetos de fuego y de nostalgia, pienso y medito en el infortunio de los grandes escritores, en la soledad del reto que es una página en blanco, en ese combate frustrante que constituye la creación literaria en este país de valores éticos trastocados. Y vuelvo a leer a Noel, en su

AJUSTE DE CUENTAS

Un acre sinsabor en la saliva

y un trémulo piafar entre mi pecho.

Alguien grita en mi ser que estoy deshecho,

que la lucha es a muerte y decisiva.

 

El ansia de vivir. En eso estriba

el asueto de ser que brinda el lecho.

Lázaro no seré. Tendré por techo

cúpulas de ceniza progresiva.

 

Te vas, poeta fiel. No hiciste nada

¿y tu obra? Otra progenie malograda…

¡Cuánto estupor para arrostrar la muerte!

 

 

 

¡Será al final mi corporal ausencia

restitución en carne sin vigencia

de un préstamo que a tierra se revierte!

Y yo, también, termino por sentir como un sabor acre en mi saliva.

 

Notas finales

  1. Clamor de España. Sonetos, fue editado por el Instituto de Cultura Hispánica en la Editorial ABC, de Bogotá, en 1959, y hasta donde sabemos –lamentablemente– no se ha vuelto a reeditar, a pesar de su inmenso valor estético. El crítico y compilador caldense Rafael Lema Echeverri dijo de este libro que era “tan pulcro, tan gozoso, tan diáfano” que, al recorrer sus páginas, veía la España de los valores esenciales y de El Quijote: “En cada verso, en cada soneto, hay un grito con su encendida punta de lanza. Cada verso es como un dardo de oro. Piensa uno en el dardo ultrasensible que atravesó el corazón de teresa. En la mínima lanza de la transvertebración” / Este libro, bello y bravo, nos confirma en la certidumbre de que no hay en el mundo nada tan serio como la seriedad de España” (artículo titulado Verdad y seriedad de España. Diario “La Patria”, Manizales, jueves 18 de febrero de 1960, p. 4)

Héctor Ocampo Marín lo elogió con conceptos como que el libro era: “(…) regia joyería de principescos sonetos en los cuales no sabemos qué admirar más, si la limpidez de la idea o la relampagueante y dorada facturación castellana de sus contornos…” (Nota titulada Noel Estrada Roldán, La Patria, Manizales, jueves 25 de mayo de 1961, p. 5), mientras que José Hurtado García  consideraba que: “Sería difícil encontrar un devocionario de poemas más coherente, más emocionado, más cabal en torno del País del Caballero Andante” (“Clamor de España”, La Patria, Manizales, jueves 11 de febrero de 1960, p. 4)

  1. José María Pemán le dedicó a Noel Estrada Roldán un poema que titula Casi soneto, especialmente para el libro, que comienza con esta estrofa de sincera admiración:

“GRACIAS, AMIGO. Allá tras de las olas,

Al recibir tus versos y tus flores,

Caricia de sonetos y de amores,

Han temblado las tierras españolas” (…)

  1. Al momento de su muerte, quedaron inéditos dos compilaciones; una de sonetos que se llamaría Persuasión de la espuma, y sus Ensayos literarios, que deberían publicarse como homenaje póstumo a uno de los más excelsos sonetistas de Colombia.

 

*Jorge Hernán Flórez Hurtado (Aguadas, Caldas, 1958) ha sido periodista y escritor independiente. Con estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, se ha caracterizado por analizar algunos fenómenos culturales y políticos, y ha incursionado en varios géneros periodísticos y literarios. Tiene en su gaveta, inéditos, algunos libros de poesía, ensayo, novela, ante todo.

Nota del Editor. En homenaje al amigo que deseamos le gane la lucha a la muerte recurriendo a esas ganas de tragarse la vida que encontramos en cada gesto suyo.