PARTE 3

Por: Mateo Ortiz Giraldo

Fotografías: Diego Valencia Gómez

cine 6

El vuelo de Aladdín:  

El día domingo 29 de Junio culminó una semana entera de aprendizajes, discusiones y tardes llenas de cine para los asistentes al I Festival de Cine de Santa Rosa de Cabal “Cinentrada”. Agradezco y aplaudo la quijotesca labor de los jóvenes de Veinticuatro cuadros por segundo, Colectivo que lideró las actividades del Festival junto con otros jóvenes que también apoyaron, y junto con quienes disfrutaron como espectadores de seis películas cinematográficas de África, Oceanía, Asia, Norteamérica, Europa y Suramérica, respectivamente. Fue una semana que pronto se repetirá.

Son las cuatro y treinta de la tarde cuando arribo al Parque Arango, un espacio conocido por el seudónimo de “El parque de los marihuaneros”, porque así es esta sociedad de doble moral: todo aquello que implique la incursión de la cultura y el arte es tomado como elementos “de drogadictos comunistas”. Y por lo visto, por más tratados de paz que firmen los altos funcionarios del gobierno, las personas intolerantes seguirán impartiendo su ignorancia como una cátedra fundamental, pero eso es otra discusión.

Al parecer llego temprano, pues sobre el prado sólo están los organizadores del I Festival de Cine de Santa Rosa de Cabal “Cinentrada”, montando las carpas donde se albergarán los equipos de sonido. El más alto del grupo pone una tela  blanca sobre la cual cuelga los seis carteles representativos del festival: África, con las manos negras de la guerra en Ruanda; Oceanía tiene sobre su croquis colibríes juguetones; Asia está adornado con el espantapájaros de El Castillo Ambulante; Norteamérica tiene la silueta de una persona mirando al vacío, es Christopher MacCandless; Europa es un mapa político con mariposas sobres los países de nuestro viaje; Sur América tiene a La Abuela Lluvia llorando, atada en la silueta del continente.

Hoy es último día del festival, y para celebrarlo todos volaremos sobre la alfombra mágica, sobrevolaremos los cinco continentes para contemplar el mundo, impulsados por la imaginación.

El show da inicio, el crepúsculo nos ilumina con sus acuarelas naranjas y rosas. Un grupo de cantantes (un dúo, para ser más exactos): un cajista y un cantante/guitarrista, hacen gala de sus dones musicales, amenizan el fin de la tarde con canciones de Violeta Parra, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez y algunas de autoría propia. El público que es cada vez mayor pide más, alguien grita “Que canten La Rabia”, pero no hacen caso a su petición porque deben darle paso al acto siguiente, “Circo Sin Techo”.

Esta agrupación circense de la ciudad de Pereira, estudiantes de la UTP, con su curiosa forma de divertirnos nos hace sentir de nuevo como niños, rememoramos nuestra época infantil cuando la magia se volvía realidad sin ninguna incursión de la ciencia o el raciocinio. Los pequeños que por allí revolotean se sienten en su ambiente ideal y todos damos rienda suelta a la risa, a esa libertad emocional que ella nos otorga.

Vemos malabares. Se lanzan cuchillos y clavas. Contemplamos actos de magia y levitación –de la cual yo soy partícipe con otras tres personas, flotando uno sobre el otro-. Admiramos cómo estos payasos geniales hacen que las horas pasen rápidamente.

Ellos se están despidiendo, los niños piden más; pero deben marcharse ya, no sin antes pedir una colaboración económica, porque en este país ser artista es sinónimo de pobreza. Ya se han ido, una persona perteneciente a Veinticuatro cuadros por segundo, colectivo encargado de organizar el Festival, dice algunas palabras improvisadas pero vívidas, cargadas de agradecimiento por nuestra asistencia, recalca que todo este esfuerzo se realizó sin la “ayuda” de ninguna institución pública o privada, ellos fueron únicamente movidos por su iniciativa de patrocinar la cultura, el arte, el pensamiento divergente y el sano esparcimiento.

Pero este espacio no termina aquí. A pesar que las luces del parque ya se apagaron y que todo ya está desmontado, tenemos la grata sensación de que quedan nuevas ideas en nuestra cabeza, nuevas voces que se ocultan en las arrugas del cerebro. Aplaudo, aunque nadie más lo hace. Viene hacía mí uno de los jóvenes y me cuenta que todos los Sábados tienen un espacio abierto en el Café Los Próceres, lugar donde inició esta epopeya, para compartir el séptimo arte en entregas diversas. Le doy las gracias y me despido con una sonrisa.

Ahora  subo las escaleras del parque. Un sonido parecido al de  un proyector antiguo suena en mi cabeza y así entra en mí la necesidad de escribir una crónica para  que quienes no estuvieron allí, puedan sentir y dilucidar un poco de la emoción vivida.

Fin.