Éste es Cinentrada, primer Festival de Cine de Santa Rosa de Cabal, un viaje donde todos teníamos silla de primera clase, pues ante los ojos de la lona blanca, todos estamos en el mismo estado de sensibilidad.
Mateo Ortiz Giraldo
Fotografías: Diego Valencia Gómez
El cine es, desde mi concepción, una de las formas más bellas de exhibir la fantasía de la realidad o de la ficción; exponer un pensamiento, una idea que se clava en los pliegues de un cerebro creativo, la cual lo lleva sobre una nube de imaginación a conocer ciudades y selvas que se erigen encima de la irrealidad. La cámara es un medio para mostrar la belleza en la fealdad o en la misma hermosura, ella tiene la capacidad de poner, a través de un proyector, los sueños hechos celuloide de alguien que no para de concebir el mundo, de absorberle y, de una forma alquímica, re-crearle para que el público le digiera de nuevo. El cine, al igual que la literatura, el teatro y la música, posee esa partícula de magia capaz de tocar al humano en su sensibilidad para que, a partir de este contacto divino, él cree una revolución en su pensamiento, en su forma de ver el mundo y de aceptar el devenir.
Desde la primera proyección en 1895 a manos de los hermanos Lumière, con la exposición de hechos simples como el arribo de un tren o la hora de salir de unos obreros en Lyon, hasta las faustosas producciones hollywoodenses elaboradas con tecnología 3D o 4D, el cine ha tenido la misma función: ser la muestra de que los hombres no pueden detener su capacidad creativa, su necesidad de mostrar el color de sus fabricaciones oníricas, de sentirse dioses al crear una dimensión paralela y, sobre todo, poner una semilla en la cultura de la sociedad.
El pensamiento anterior es compartido por un grupo de jóvenes, que sin ayuda de ningún ente público o privado, decidieron exponer el séptimo arte en un festival dedicado a darle la vuelta al mundo, como homenaje a Julio Verne, en seis películas. Éste es Cinentrada, primer Festival de Cine de Santa Rosa de Cabal, un viaje donde todos teníamos silla de primera clase, pues ante los ojos de la lona blanca, todos estamos en el mismo estado de sensibilidad.

El viaje inició el 23 de Junio, dos días después del solsticio de verano, por tanto el clima que rodeaba a Santa Rosa era cálido (cosa extraña para la región pues en estas latitudes por lo general la sensación térmica es de temperaturas templadas o frías), obligando a las personas a confluir en los cafés ya tan populares en la Zona Cafetera. El vuelo intercontinental tuvo su primera escala en África: sin turbulencias ni caídas intempestivas. Todos, al llegar al Aeropuerto Internacional de Kigali, Ruanda, fuimos arrastrados por hordas de inocentes que, a causa de la guerra insulsa desarrollada en su país, buscaban refugio en el Hotel Des Milles Collines. Pero vimos con tristeza como a pesar de estar en el último tramo del siglo XX, países de la ONU se interesaban únicamente por sus compatriotas, mientras hutus y tutsis se asesinaban unos a otros por simples diferencias étnicas. Fuimos abandonados por los mediadores de la paz; nuestro único salvador fue el propietario del hotel que nos acogió junto a 1.200 personas, humanos amedrentados por los salvajes que buscaban saciar su sed de destrucción. Pasaron días, las tropas, montando un caballo pálido el cual exhalaba bocanadas de gélida muerte, arribaron para hacernos presas de su violencia. Pudimos escapar en una camioneta conducida por un militar belga, amigo del propietario de nuestro antiguo refugio. Pasamos, como si de una lancha se tratase, por medio de aguas turbulentas, un río humano de vivos y muertos, mientras de fondo nos acompañaba el golpeteo metálico de las armas automáticas rastreando corazones palpitantes para frenar su movimiento con un certero latigazo. Sí, sobrevivimos, el militar nos condujo a un campamento de refugiados. El auto frenaba su marcha mientras el nostálgico sonido de los violines nos despedía. La luz del proyector se apagó, la oscuridad consumió la sala, llegamos de nuevo a Colombia donde la realidad es aparentemente menos sangrienta. Esto nos sosegaba, pero bajamos del avión con la conciencia plena de que en verdad todo está oculto bajo la alfombra, y esto nos agobiaba. Aquí terminó la primera jornada, abandonamos la sala de cine del Café Los Próceres sin podernos separar por completo de esa imagen de muerte y destrucción.
Al día siguiente, después de habernos reunido en el barrio El Triunfo para un taller de fotografía estenopeica y contemplar las obras artísticas que una caja con un orificio para la luz puede crear, dimos inicio a un nuevo recorrido, en esta ocasión a bordo de una embarcación que surcaría los mares hasta atracar en un puerto de Australia. Habíamos llegado a Oceanía. Allí, mientras el viento nos refrescaba, las olas del mar golpeaban fuertemente contra las rocas y todo el escenario se iba ensombreciendo por la oscuridad de un romance dramático, como todos. Fuimos testigos de la decadencia dantesca de una pareja, la cual los llevó del Cielo a la Tierra y de allí a probar los fuegos del Infierno. Vimos cómo Candy vendía su cuerpo para financiar unos segundo más de placer narcótico, cómo las dosis de un líquido tibio entraban a torrentes a la sangre de ella y su pareja. Tocamos el Cielo, lleno de psicoactivos, de sexo y la presencia de un amor visceral que arrastraba con la cordura a su paso.
Aterrizamos sobre la dura Tierra para comprobar que este amor se consumaba en un matrimonio fatídico lleno de escenas de violencia y poemas patrocinados por drogas, píldoras, jeringas, pinchazos de agujas, cucharas hirviendo, tarjetas de crédito robadas y compradores en busca de placer alquilado, también alucinaciones provocadas por la abstinencia a la que se sometieron sin resultado alguno. Finalmente llegamos al Infierno, descalzos caminamos sobre las áridas tierras del reino de Hades. Contemplamos cómo esta relación, cohesionada por la locura y autodestrucción, se deshacía, caía de cabeza sin ningún freno, no paraba de desplomarse este edificio sin cimientos, hasta aterrizar sobre el asfalto de una realidad bruñida. Candy se une a otro hombre, recae en la drogas y su estabilidad mental se pierde, el Averno ya se ha apoderado de ella. A su esposo no le queda otra solución que dejarla ir, abandonarle y así no comprometer más su vida a un espectro cada día más transparente. En la última escena, marcada por un beso de despedida, todos giramos en un torbellino, vimos como las lágrimas corrían sobre sus rostros. Lo último que contemplamos fue la espalda de Candy envuelta en una camisa blanca: Adiós, esto es todo.
De nuevo el proyector se apagó, las luces se encendieron para permitirnos analizar un hecho más de la realidad: el amor es una droga insípida, no hay líquidos inyectables, ni píldoras digeribles, solamente se le puede ver desde la distancia con ojos soñadores, pero es esta misma lejanía lo que nos mueve a llegar a aquella “droga”. Somos simples adictos en búsqueda de una dosis más, un elemento inestable que a la larga nos asesina y revive miles de veces.
Corría la tarde del 25 de Junio cuando las calles del Barrio La Unión se llenaron de imaginación. Los jóvenes encargados de Cinentrada arribaron a las tres de la tarde, su misión era ayudar a las mentes coloridas de los niños a crear una realidad paralela abonada por un taller de títeres, pero fueron los mismos pequeños quienes se encargaron de instruir a los mayores en el mundo de la fantasía, espacio sobre el cual los objetos inanimados, simples trozos de cartón y tela, vivieron y tuvieron un alma gracias a las tribulaciones infantiles de los sonrientes niños.
Esta sensación de irrealidad quedó rondando en el aire tan fuerte que aviones de papel volaron sobre las costas de Japón; al apagarse las luces y encenderse el proyector, fuimos un niño pequeño que soñaba con volar pero que su corta visión le impedía ir más allá de los planos. Sentimos la desesperación de la guerra que se colaba por las calles niponas, la tuberculosis que se alimentaba de la vida de nuestros seres más queridos y un terremoto devastador que, en el año 1923, arrasó con Kanto. Todos estos relatos, historias de una cultura tan ajena a la nuestra, los comprendimos y sentimos como parte de nosotros pues la magnífica dirección de Hayao Miyazaki nos dio la valentía de vivir en una fantasía que, analizada desde la distancia fría de una visión crítica, es un “Drama histórico”, cuando en realidad es la historia de un drama, no estas vastas epopeyas cargadas de muertes (a pesar de que aquí el tema central era la parca guadañando con su hoz), sino la crónica de un aferrado a los sueños, la visón onírica de un ave metálica que surcaría los cielos para darle la posibilidad a los hombres de planear sobre los mares, volcanes, guerras y su propia mísera realidad. El avioncito de papel cayó del cielo al tiempo que nosotros aterrizábamos sobre las sillas de cuero azul de una sala de cine antigua. Sólo nos quedaba esperar hasta el otro día para encontrarnos de nuevo con el portal hacia otras visiones de mundo, a culturas distantes y personajes venidos de la imaginación de algún ferviente mentiroso. Ya le habíamos tomado gusto al festival.
Continuará…




