El ademán del embolador, sin proponérselo, nos enrostró la encerrada mezquindad en la que en ocasiones nos refugiamos ante el inquietante paisaje moral de nuestros contemporáneos. Aquella solidaridad sin restricciones frente a la ignorada tragedia del hombre ebrio de tristeza y alcohol…

 

Tomado de ojodigital.com

Por: Cristian Cárdenas B.

Para Carlos Puerta, atleta pedagógico y hermeneuta incróspido.

 

Algunos domingos son insensatos. Como por ejemplo aquellos en los que uno suele correr el riesgo innecesario de amanecer en sano juicio. En una de estas mañanas, dominicales y temerarias, caminaba junto a mi amigo filósofo, Charlie Door, sobre el prematuro calor de las calles de un pueblo blanco que bien puede ser la maqueta de algún desquiciado que pretendió volver real la canción de Serrat.

Charlie, además de Sócrates local, también ejerce como billarista y por tanto para dialogar con él se requiere pensar a tres bandas. Como en cualquier conversación de académicos de provincia -esa rara mezcla entre Unamuno, Fernando González y Groucho Marx- los temas fluían dispares, pasábamos de la ebriedad como única posibilidad del mundo tres de Popper a la opción de la epimeleia de Foucault como agenda educativa. El sol ya estaba en lo alto del día y del alma, cuando mi amigo decidió lustrarse los zapatos. Parece que el lustre es algo que a los filósofos les hace falta.

Como Charlie tomó el primer turno y se sentó en un remedo de trono -dorado y alto, como eran las sillas que la administración municipal había regalado a los lustrabotas del parque de Bolívar, con fines más políticos que estéticos-  para que le pulieran el calzado, yo no tuve otra opción que hacer de escriba. Sedente al lado del rey filósofo, como lo soñó Platón, me dediqué a pensar en las mañanas brumosas y acogedoramente frías de los pueblos aledaños al mío, o en su defecto en un sucedáneo de esa agradable frescura, es decir, una cerveza helada.

Mañana calurosa y muda, pensaba yo, cuando un hombre se acercó al trono del rey filósofo. De la boca del sujeto, ya harto alicorado, surgió una conversación con una resonancia etílica que ni siquiera Hemingway habría dado en sospechar. El diálogo fue el siguiente:

“-Buen día.

-Buenos días.

El hombre se tambalea y mira fracasado, como salido de un tango, “rechiflado en su tristeza. y divagante en su agonía”

  • “¿De cuánto tiene?” -pregunta atrevido, mientras Charlie mira el poco lustre de sus zapatos. La angustia comienza a dibujarse en el rostro del rey filósofo, aquello además de una transacción monetaria, tomaba visos delictivos.
  • “Hay de 500 hasta de 3000”, responde el lustrabotas, cerril y grave.
  • “De tres mil”, exige el hombre venido de una milonga.

Mi amigo y yo compartimos miradas escrutadoras y desconcertadas al tiempo. El limpiabotas saca de debajo del trono un vaso desechable con señales de marcador en un lado que asignaban un precio más alto a medida que llegaban más cerca de la boca del vaso; luego toma -también de debajo del trono que, al observarlo de reojo, ya me parece más cercano a un estanquillo- una botella de brandy cuya calidad era inversamente proporcional a su “octanaje”. Con la pulcritud y cuidado de un ingeniero químico llena el vaso hasta la marca de $3000, se lo pasa a aquel “bohemio ya sin fe” y de manera mecánica, aunque mirándolo fijamente, le pregunta:

-“¿Solo o acompañado?

El hombre parece meditar por un momento en su tambaleante existencia y con una resolución de amanecido que brota de sus ojos vidriosos, responde:

-“Acompañado, por favor.”

Tomado de old.nvinoticias.com

El lustrador, tenso hasta ese momento, se relaja ante ese único y pesaroso, “por favor”. Con parsimoniosa ceremonia rescata de la alcohólica bodega del trono una copa, esta sí de vidrio, se sirve un trago largo y con una mirada cercana a un abrazo y voz solemne, voltea hacia aquel hombre “piantao, piantao”, estira su brazo y dice:

-“Por lo que sea que esté pasando, caballero, sinceramente lo acompaño. ¡Salud!”

Charlie y yo nos miramos al instante. Pasamos en un breve momento del cómico asombro de la situación, a la estupefacción casi teológica. Aquel lustrabotas nos había regalado, con ese gesto de humanidad solidaria y sin atenuantes, una lección iluminadora. El ademán del limpiabotas hablaba de que este hombre sencillo lo había comprendido todo, había entendido -sin la necesidad de nuestras pesadas y oscuras lecturas- que en esta época del emprendimiento lo único necesario era el desprendimiento, aún de sí mismo.

El lustrador había intuido con sus acciones que no se trata solamente del cuidado de sí mismo -la epimeleia de Foucault- sino también, y de manera fundamental, del cuidado del otro. Que es en la relación de respeto generoso e imaginación solidaria con los demás, en donde aparece la oportunidad de construcción de la propia subjetividad, así como la capacidad de mirar a la cara nuestra existencia para instalarnos en ella como posibilidad y riesgo.

El ademán del embolador, sin proponérselo, nos enrostró la encerrada mezquindad en la que en ocasiones nos refugiamos ante el inquietante paisaje moral de nuestros contemporáneos. Aquella solidaridad sin restricciones frente a la ignorada tragedia del hombre ebrio de tristeza y alcohol, plantaba cara a una sociedad hiper-individualista, egoísta y egotista como la nuestra.

Nuestra especie tiene una memoria selectiva y esto equivale a decir que olvidamos lo que nos conviene. Así que esta situación también fue ocasión para la memoria, ya que solemos desconocer lo capital en medio de los oropeles de la teoría en uso o de lo “apremiante” en la vida, el trabajo, las cuentas, las reuniones, etc. Esa mañana nos recordó algo simple y fundamental, no estamos solos y por tanto todos tenemos la obligación ética de demostramos solidaridad. Demos, no solo significa pueblo, sino también semejantes, y por tanto existen aspectos de la vida que debemos demos-trar a nuestros iguales, uno de ellos bastante especial es una comprensión solidaria, ya lo dijo Terencio, el comediógrafo cartaginés, “soy humano, nada de lo de mi especie me es extraño.”

Sabiduría sutil la de algunos hombres sencillos que conviven en medio nuestro, aquel lustrabotas nos enseñó con su comportamiento que la construcción de una existencia bella y humana, pasa de manera necesaria por la atención dispuesta y la imaginación fraterna delante del otro y de lo otro. Así que amable lector, en adelante, ¿solo o acompañado?