TARDES DE TALLER CON X-504

Mi eterna gratitud con el poeta Jaime Jaramillo Escobar, X-504, de quien me atrevo a asegurar que es una de las personas más puras y transparentes que he conocido…

 

Escribe / Alejandro García Gómez – Ilustra Stella Maris

Una tarde de jueves, por allá en la década del 80, entré con un cuaderno debajo del brazo a la Biblioteca Piloto de Medellín, con la intención de asistir al Taller de Poesía de Jaime Jaramillo Escobar, a quien sus cofrades nadaístas le llamaban simplemente “X”, aludiendo a su nadanombre escogido por él, X-504.

Del vestíbulo de lectura de periódicos y revistas seguí a las escaleras para el segundo piso; preguntando, pasé frente a la oficina de la bella Vicky, luego por el zaguán de las secretarias adjunto a la oficina de Gloria Inés Palomino, su inolvidable y diligente directora, luego por un hall y, por fin, llegué a un saloncito con una inmensa mesa rectangular. Al otro extremo, se encontraba una persona de riguroso pantalón, camisa y zapatos blancos de incorpórea edad madura, muy madura; ojos inteligentes pero bondadosos, calvo con una que otra hebra, delgado de cuerpo y tez blanca, casi un ángel con un bigote pequeño. Yo andaba por alrededor de los 30 años.

En mi cerrera vida en Sandoná, yo le había escuchado a mi hermana Laura (la mayor) que unos muy pocos jóvenes del pueblo (Lucho Gómez, Enrique Pantoja y algunos pocos más) se reunían en la casa de solterón de mi tío Miguel Ángel Santacruz (todos solteros para la época), a celebrar un enigmático ritual, una ceremonia nadaísta. En mi pueblo se mencionaba el hecho con el sigilo de lo diabólico.

Por mi padre, que era de un pensamiento amplio y liberal –en el pleno sentido filosófico–, aun niños, habíamos comenzado a formarnos un criterio mucho más humano sobre este tipo de consejas puebleras, basadas en tercos dogmatismos que siempre, nos decía, esconden oscuros intereses.

Después supe que estos “jóvenes” sólo se dedicaban a leer los discursos, los escritos y el programa político del naciente pero apabullante Frente Unido, del padre Camilo Torres; a hablar de novelas y literatura y también leían poesía, la de los nadaístas principalmente, entonces aún jóvenes también.

Mi pueblo (de borrachera y riña sabatina, misa dominical y comunión los primeros viernes del mes) los miraba con recelo –y por eso mi asombro esa tarde en La Piloto–: me encontraba frente a un nadaísta de verdad, y era de carne y hueso como yo (y él dirigiría mi Taller de Poesía). Más tarde a Lucho lo atraparía para siempre la filosofía, la economía y el actuar marxista; de Enrique no he vuelto a saber nada más que se casó (esa no es noticia), pero jamás lo volví a ver ni a saber de él; mi tío devino a la vida usual de un casado con hijos. Hoy puedo decir de él que vive como un feliz retirado de sus locas aventuras juveniles, algunas de las cuales me las confió en mi adolescencia y juventud. A él le profeso un gran cariño, y esta crónica se vuelve poco objetiva cuando lo menciono.

Ese jueves tarde, a la Piloto, de Medellín, fueron llegando unas y otros. Algunos asistíamos también al taller de Manuel Mejía Vallejo los miércoles tarde. Nuestro temor o discreción inicial se esfumó de inmediato, porque iniciamos algo así como un reconocimiento de viejos hermanos, como si nos conociéramos desde siempre entre todos: Juan Mares, poeta ya “impreso” –de su bolsillo– y, como el Moisés bíblico, arrancado de las manos de la muerte por sus padres a punta de sopa y caldos de ojo de res que se los embutían a repetidas horas del día, en la convalecencia de una neumonía combinada con fiebres palúdicas en el Urabá del Caribe antioqueño. Olga Helena Martínez –la entonces ya casi doctora en medicina– presentaba sus trabajos con un seudónimo que, como sabíamos quién se escondía detrás, cuando X mencionaba algún trabajo firmado por Atenea, todos la volteábamos a ver. Juan Crisóstomo Perdizco, que contaba miles de historias fastuosas de sí mismo. La Mona Luz Helena y sus resacas eternas; según nos contaba, que dizque se sentaba en una silla al pie de la ducha donde recibía el agua que le daba la vida en esas atormentadas horas del día de su guayabo, hasta que se reponía con algún caldo que su esposo Álvaro le preparaba. César Herrera, del barrio Santa María, de Itagüí, siempre callado y parco. Gilberto Luque, El ángel oscuro, como le llamábamos, no sólo porque así tituló al libro de poemas que luego La Piloto se lo publicó ni tampoco porque provenía de la mágica región de Segovia (Antioquia), sino porque estaba cargado de increíbles historias que cada día las veíamos y las sentíamos que acrecían su oscuro mito (más adelante cuento una, no más, de tantas). Aarón Rodas, que era de origen judío, de quien siempre creí que se nombraba y apellidaba con ese seudónimo, pero se me asegura que eran su nombre y apellido reales; que estudiaba la cábala y que quizá de ahí nacía su poesía; que leía mucho a Borges; que después de hacer unos papeles para viajar a Israel, no se le vio más en la Medellín de los de La Piloto; era absolutamente y por completo callado; para saludar lo hacía sólo con un movimiento de su cabeza. Aarón jamás se juntaba con otro que no fuera con El Chino (de ojos rasgados pero alto, mucho más alto que “sus compatriotas”, de quien jamás supe ni siquiera su nombre) que tampoco hablaba casi con nadie ni mostraba tampoco nada “de lo que producía”, sí le conocí su veloz y silenciosa voz al saludar; ¿de qué hablarían El Chino y Aarón Rodas cuando tintiaban? Nadie lo ha podido saber, pero era la única junta que aceptaban para su intimidad tintera; jamás tampoco los vi tomar cerveza o guaro. Otros talleristas: Marquitos, Rocío (nunca supe el apellido de ellos)… y tantos que involuntariamente olvido.

De Luque (El ángel oscuro), aquí otra de tantas historias que supe (porque algunas las viví y las he contado en otra crónica, también de La Piloto): alguna vez, ya después del año o dos años del taller con X, Juan Mares, que vivía de nuevo en Urabá (Caribe antioqueño) en uno de sus cientos de trabajos como obrero en las fincas bananeras, invitó a Luque a que desarrollara unas lecturas de poemas, con algún conversatorio al final, a un tallercito de algunos amigos que él dirigía. Lo invitó por una semana. Se le quedó un año, pero no le cayó solo sino con un amigo que fue acarreando: un artista plástico. Ambos “se le apoderaron” de su casa ese año. Juancho, semanalmente tenía que reventar para el mercado y el pago mensual de servicios. Tan feliz fue la estadía de año largo para el Plástico, que hasta un hijo le dio la novia que consiguió allá (hoy es estudiante de música el joven, me cuentan). Esta historia no la supe por Juancho; las supe por otro conducto. Juan Mares se caracteriza por tener un corazón desbordado de bondad y de sus historias dan cuenta sus amigos y ahora sus alumnos de taller literario en Apartadó (Caribe antioqueño). En 2019, el Canal Caracol (de televisión) lo seleccionó como uno de los Titanes Caracol, en el sector cultural de la región del golfo de Urabá.

Revista Danzas y letras.

Cervezas frías, cada noche de jueves, reforzarían esa unión de amigos que llevábamos la misma cicatriz en el corazón: la poética. En la segunda o tercera sesión, un vozarrón caribe –que no habíamos escuchado antes– interrumpió al poeta: “Maetro, traje unoj poema”. Silencio. X, con la vista, lo autorizó. Abrió su bolso terciado y sacó un fardo de cuadernos de publicidad de Moresco, un concentrado para elaborar refrescos caseros de entonces. X, un poco asombrado como nosotros, pero con la condescendencia del maestro-maestro, con la vista y con un movimiento de su cabeza y de una mano le solicitó que leyera. “El buglito Pichón”, anunció Ángel Rosendo Álvarez: “Cogle el buglito lleno de lana/ globa mazolcas al viejo Julián./ Monto en el buglito pichón,/ estila las patas y me tila a la plaza./ El buglito pichón me da glisa/ y también me da mucha glabia”. “¿Me pedmite maetro?”, y le mostró otra hoja manuscrita de cuaderno. Él, con una señal de su cabeza, pero con todo el respeto del mundo y sin hablar ni una palabra, le solicitó el cuaderno y procedió a leerlo en silencio. Luego continuó Ángel y, a manera de título leyó: “La lógica de Pellito mata pollitos”. “Pellito vio del huevo salir un pollito / lo tomó entre sus manos,/ diciéndose/ ‘cada cooosa dentro de su cooosa’. / Y lo metió dentro del molino”. “En la casa tengo máj cuadeno, maetro”. “¿Cuántos?”, preguntó X. “¡Uuuhhh! Así, maetro”. Y mostró algo casi del tamaño de la mesa en la que estábamos apoyados. X le devolvió el cuaderno y Ángel Rosendo leyó otros más, con su beneplácito.

La última vez que nos vimos, Rosendo iba con una Biblia en la mano y me contó, con toda la seriedad del mundo, que se había dedicado a trabajar como pastor de almas descarriadas en una de tantas iglesias que pulularon después de la Constitución de 1991; no recuerdo su nombre, pero sus subsedes estaban entre algunos de los barrios periféricos de Medellín y en otros lugares nombrados casi a diario por la crónica roja urbana. Eran tantas sus locuras que me inclinaba a no creerlas, pero cuando Juan Mares me contó algunas de las mismas aventuras y otras, con iguales o similares palabras y hechos, ya no dudé.

Juancho Mares y René Jaramillo me contarían también (igual que a mí me lo dijo varias veces) que aseguraba que había cambiado las filas de la militancia guerrillera de un movimiento desmovilizado para entonces –de uno de los nueve que se tiraban dentelladas entonces y ahora–, primero por la poesía, con esa producción a granel de la que hablé y soy testigo porque vi en su casa el rimero de cuadernos escritos a mano y de allí se pasó a la militancia evangélica gringa, de la que hablaba con el convencimiento de los iniciados. Algún día me propuso que le ayudara a corregir sus cuadernos de poesía, pero le contesté que era imposible, porque ese era un acto absolutamente de él. Que le tocaba a él, pero quizá lo vio difícil, quizá imposible, porque cada una o dos semanas, aumentaba su producción de cuadernos Moresco de poesía.

Juancho también me dijo (esto no me lo contó a mí) que Ángel Rosendo le mencionó que X le hizo publicar, patrocinado por el Banco de la República, un libro de poesía de todo ese berenjenal de cuadernos que él poseía, y que no sólo eso, sino que se lo ayudó a revisar, a escoger uno a uno y a pasar a la máquina de escribir (aún no existían los computadores). Como no he vuelto a ver a Ángel después de una aventura que le ocurrió en Guatapé (Antioquia), no sabría decir nada sobre esto.

Lo de Guatapé fue lo siguiente: había sido publicitado un concurso de poesía. Le atrajo, participó y se lo ganó. El premio era como cincuenta o setenta mil pesos y el consabido diploma. Como él no pudo asistir a la ceremonia, me pidió un día que lo acompañara a recibirlo en mi campero Suzuki (que yo había ganado en una rifa de mi colegio INEM, de Medellín), porque había hablado con el encargado al que le dijo que se presentaría a recogerlo luego, por algún inconveniente de él. Llegamos y se presentó un señor –no recuerdo su nombre, como director de la Casa de la Cultura de Guatapé o algo similar– muy dicharachero; nos invitó a tinto y conversa. En una de esas sacó de su bolsillo como veinticinco o treinta mil pesos y se los entregó, contándolos delante de nosotros antes y le explicó una maraña por la que no pudo entregarle el premio completo. Que le disculpara, le pidió. En esas, Ángel Rosendo le preguntó por el diploma; nos dijo que lo había olvidado, y se levantó a traerlo de su oficina; que, por favor, lo esperáramos. Nos le volamos. Desde eso no volví a ver más a Rosendo.

Fotografía Eafit.

Otra tarde llegó al taller otro que se sentó solo, callado. La segunda tarde le pidió al maestro leer algo suyo. X le afirmó con la cabeza. “Todo se nubló desde la tarde aquella en el trapiche, / cuando mi padre me tomó a la fuerza / y me arrojó al suelo, entrando con violencia en mi identidad. / La sangre corría a borbotones por mi centro, / como a borbotones bullía la miel en la paila. / Aquello se volvió una costumbre. / No sé si mi madrastra lo supo. / Cansada, hui con el Raúl a la ciudad…” y continuó. Cuando terminó, nosotros, expectantes, miramos a X. Afuera se escuchaba, sólo de vez en cuando, algún automóvil o alguna moto. El maestro, levantando su cabeza le hizo la señal de que prosiguiera con otro: Por mi atractiva figura pude elegir con quiénes iba a la cama. / Pero Fabio fue mi único amor. / Lo mataron con otros la noche que robaban en el almacén eléctrico / de Carabobo con Juanambú. / Durante largo tiempo me pareció verlo que llegaba en la noche, / vestido con su pantalón blanco (que tanto me gustaba), / su barba bien afeitada, / y entraba a la sala donde las muchachas esperábamos. / Ahora acostumbro entrar en la tienda de licores / que queda detrás de la iglesia de La Veracruz…/ Dibujo frente al espejo con el lápiz la raya de mis cejas / y salgo a la misma calle Boyacá / donde ya nadie me recuerda…/ Los amigos con los que me gustaría hablar ya están muertos”. El lector se silenció y miró al maestro. Con la mano derecha y su cabeza, X le pidió otro más. “Cuando mi hermano me gritó marica, / le dije que el marica era él, / que se lo habían culiado a la brava en la cárcel de Bella Vista. / Doña Resfa se negaba a dejarme conseguir en las noches, / diciendo que los maricas traíamos mala suerte para el negocio. / Por eso solo me permitía trabajar en las mañanas, después de las seis, / cuando los borrachos y las putas tiraban el último polvo, / mientras yo barría y lavaba las sábanas sucias…”. X le preguntó su nombre: Carlos Mario Garcés Toro, le respondió, soy el nieto de doña Resfa, le dijo con un mohín de orgullo. Le contó que ella había sido la dueña de uno de los dos prostíbulos más grandes y resaltantes de la Medellín de entonces. Que el otro fue el de Marta Pintuco, que quedaba junto la fábrica de estas pinturas. En esa primera noche de su bautizo de cerveza, como ingreso a nuestro acéfalo grupo, en una de las tiendas de legumbres del barrio CarlosÉ (de Carlos E. Restrepo, otro de tantos presidentes inéditos), y sentados sobre los cajones de cerveza, nos contó: “por esa escalera del balcón de mi infancia de donde Resfa (así llamaba con cariño a su abuela), vi subir a políticos de renombre, antioqueños y del resto del país, a la crema y nata del empresariado antioqueño y del país, a deportistas, humoristas, periodistas, curas y hasta señoras “de bien”, que se perdían en la noche, y a un etcétera más”. Y, entre los asombros y las risas alcohólicas, nos dio nombres. Los olvidé.

Volviendo a X, a mediados de 1991, con algo más de confianza, le solicité permiso para visitarle. Es uno de los anfitriones más amables y solícitos que he conocido. Su apartamento -del barrio que creo que se llama El Rodeo– luce inmaculado. En la charla me dejó hablar de mi historia personal. Sabe escuchar; no pierde un detalle de la charla de su interlocutor a quien le ha hecho una o dos preguntas claves para el efecto. Luego le pregunté la opinión de su hermana religiosa por su poesía. No recuerdo su respuesta a esto, pero eso valió para que me contara también que hacía parte de una familia de clase media de Antioquia, medio llena de necesidades, de seis hermanos, cuatro hombres y dos mujeres. Que como don Enrique –me aclaró que así se refería siempre a su padre, a quien nunca pudo decirle papá– era maestro de escuela, vivieron errantes por los pueblos de la Antioquia andina. Que don Enrique, desde pequeñitos les dijo a los hombres que a los 14 años deberían salir de casa a conseguirse la vida. Que estudió bachillerato en Andes (Antioquia) y que iba a su casa, a los suyos, sólo en vacaciones de fin de año. “A eso se debe mi lejanía con mi familia. No hemos sido indiferentes; sino lejanos, distantes”, decía reposado. Que por eso mismo, de que a él le ha tocado vivir lejos de sus hermanos, renunció a su herencia familiar, “porque no la consideraba mía”.

Cuando llegó graduado de bachiller a Altamira (Antioquia), donde vivía su familia entonces, le ofrecieron el empleo de inspector de policía, porque yo era uno de los más preparados allí. Eran los tiempos de La Violencia (liberal-conservadora). A los dos meses, la guerrilla liberal se tomó el pueblo y él se salvó de puro milagro de morir despedazado a machete, porque lo supo un poco antes y, con toda su familia, se escapó por una huerta. El grupo prendió fuego a su casa, pero se desgranó un aguacero tan fuerte que el incendio no prosperó. Comprendió que era un peligro para su familia seguir viviendo con ellos. Viajó a Medellín y le ofrecieron el empleo de secretario del alcalde de Anzá (Antioquia). “Allá la gente me quiso mucho”. En ese tiempo no había elecciones para alcalde, nos regía la Constitución de 1886, y le ofrecieron el empleo de alcalde, pero como era menor de edad, 19 años, declinó la oferta. Luego trabajó en otros oficios y menesteres (en Cali, Barraquilla y Bogotá).

Cada jueves llegaba con fotocopias, para cada tallerista, de grandes poetas de aquí y de allá. Leíamos algunos ahí en el taller y los conversábamos. O un texto nuestro si alguien se arriesgaba. El resto eran para la casa. Que si algún autor nos llamaba la atención lo siguiéramos. Para esa época aún no había aparecido internet, ni se soñaba siquiera con él; todo se hacía en los libros de La Piloto o en los que íbamos comprando o en fotocopias.

Su verso es profundo y reposado, como su conversa en el taller. Extenso, como el alejandrino, pero libre como ha sido él en toda su vida. Los críticos lo catalogan como el más grande de la camada nadaísta. Yo no lo dudo.

Mi eterna gratitud con el poeta Jaime Jaramillo Escobar, X-504, de quien me atrevo a asegurar que es una de las personas más puras y transparentes que he conocido; quizá por eso siempre guardo el recuerdo del día cuando lo conocí.