Una banca para dos

Miré la hora y me asombré, ya es la una de la mañana. El tiempo se me pasó volando, en mi casa han de estar preocupados. Al tocarme la cara sentí líquido, tenía lágrimas y ni cuenta me había dado; estaba totalmente ido, como en otro mundo.

Ese lugar que me lleva a recordar es una banca del parque, está situada al lado derecho de la cancha de arena, es la típica banca larga de barandas de hierro.

 

Por: Juan Sebastián Molano Arango

Es otro día igual al anterior, no soy capaz de salir (O no quiero) de esta monotonía. Siempre se repiten los mismos sucesos con leves cambios. Voy de mi casa a la universidad y de la universidad a la casa.

Hoy quiero cambiar, recuerdo el último lugar en que sostuve una conversación con mi tío, el último sitio en que lo vi en sus cinco sentidos (¡qué recuerdos!).

Como de costumbre salgo de la universidad y como hoy decidí permutar el orden de vida que llevaba, bajo por Canaán y camino hasta llegar a la calle 19a, estoy un poco exhausto y camino con los ojos entre cerrados ya que las luces de los autos me ciegan, después volteo por la carrera 21 bis y por último camino por la calle 21 hasta llegar al parque Olaya. Ya son como las nueve de la noche, el clima está un poco frío, es normal por estas épocas. Al llegar al parque, es inevitable llenarme de recuerdos y nostalgia.

Ese lugar que me lleva a recordar es una banca del parque, está situada al lado derecho de la cancha de arena, es la típica banca larga de barandas de hierro. Desde hace ya varios años tiene una baranda torcida, en el lugar derecho del asiento.

Al llegar a la banca, fue inevitable que mis ojos no se cargaran con lágrimas y sentir un vacío en la parte alta del estómago, para mí esa banca significa mucho más que cualquier pertenencia.

Cuando me senté traté de relajarme, ya eran más o menos las diez, no había muchas personas, ya que era miércoles. No podía dejar de pensar en esa persona, no podía dejar de pensar en mi tío; ese hombre por el que hoy soy yo. Eso me atormenta, me llena de dolor al saber que no lo voy a volver a ver, que no voy a poder volver a escuchar un sermón o consejo de él.

Miré la hora y me asombré, ya es la una de la mañana. El tiempo se me pasó volando, en mi casa han de estar preocupados. Al tocarme la cara sentí líquido, tenía lágrimas y ni cuenta me había dado; estaba totalmente ido, como en otro mundo.

Cuando agarré la maleta para poder irme, sentí que alguien se sentó en la zona mala de la banca; al mirar hacia la derecha lo vi, estaba igual a la última vez, era Guillermo, mi tío, tenía una camisa blanca de manga corta de pequeñas rayas negras verticales, un jean azul claro, unos zapatos clásicos de cuero color café y su simbólico reloj Sandbox extraplano.

La sensación que recorre mi cuerpo es inexplicable, es una mezcla impresionante de sentimientos, alegría, miedo, asombro, etc. No sabía qué hacer, no sabía qué decir.

Escuché la misma frase que pronunció antes de irse la última vez que estuvimos juntos. “Güevón, no le saque más canas a esa vieja que es lo único que tiene y va a tener.” Me refregué con las manos los ojos y esperé cuando los abrí para dejar de ver manchas, dicha imagen se fue desvaneciendo a medida en que se fue aclarando mi visión. Cuando logré ver con claridad ya no estaba. Solo estaba yo, ahí sentado en la madrugada junto con la compañía de unos grillos y chicharras. La luz de la luna cubre todo, y una leve brisa provoca el sonido y movimiento de las hojas y ramas de los árboles.

Desde ese día supe que las personas amadas no nos abandonan. Aprendí que siempre dejan una parte de ellos en los que somos ahora, y entendí que siempre va a estar conmigo al igual que yo lo estaré con alguien en un futuro.

s.molano@utp.edu.co