UNA BRISA SE ELEVA DE LOS CONFINES DE LA OSCURIDAD

Es la especie la que escribe, entonces. El poeta es apenas una herramienta, y su grandeza es algo que sucede en la medida que se honre aquella condición de universalidad.

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

Los poemas de Herberto Helder son complejos, obscuros, bellos, sublimes. Él era, también, obscuro, no su alma que era, según puede suponerse, transparente, pero él se ocultaba y quiso siempre pasar lo más desapercibido posible; tanto que es casi imposible averiguar algo sobre su vida personal. No le gustaban las entrevistas y mucho menos los reconocimientos: alguna vez le fue otorgado el premio Pessoa, el más importante concedido en Portugal anualmente a un artista o científico. Y no solo lo rechazó, sino que además rogó que lo concedieran pronto a alguien más y nunca contaran su negativa, hecho que evidentemente no sucedió y que honra al patronazgo del premio, que, aún a pesar del rechazo, continúa informando que en 1994 el premio fue concedido al poeta.

Herberto no daba entrevistas, aunque alguna vez se concedió una a sí mismo publicada en la revista gallega Luzes de Galiza en 1987. El poeta se contestó: “Se escribe un poema por la sospecha de que en cuanto lo escribamos algo sucederá, algo formidable, algo que nos transformará, que lo transformará todo. Como en la infancia, cuando se para en la puerta de una habitación oscura y vacía. De pie por un minuto, una brisa se eleva en los confines de la oscuridad: un destello en el aire, una luz, ¿una iluminación tal vez? Estamos listos para el asentimiento. Otro minuto, cinco, diez, ahí, frente al suspenso y amenazante anuncio: no pasa nada”.

Una brisa se eleva de los confines de la oscuridad; no creo que haya una forma más hermosa de definir lo que sucede cuando surge un poema: Uma brisa levanta-se nos confins da obscuridade.

El poeta, como sugiere Helder, percibe la brisa, y entonces escribe el poema buscando que todo se transforme. Y no es para menos: al fin y al cabo ella surge de los confines de la oscuridad.

Por eso la verdadera poesía es universal, es decir, no surge del yo sino de los confines del universo y apenas cabe percibirla como, justamente, esa leve brisa que acaricia la piel de nuestras mejillas o de nuestra acongojada o sensible alma. Y la capacidad de percibir ese hálito es lo que nos hace humanos, tal vez como nada más logra hacerlo.

Mary Oliver, la poeta norteamericana, escribió: “Ningún poema trata sobre uno —o algunos— de nosotros, sino sobre todos nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie”. Y sugirió un ejemplo: “…Aunque en realidad fue Shelley quien se detuvo y escuchó a la alondra, esto carecía de importancia: el objetivo de Shelley no era que yo, al leer el poema pensase en él escuchando al pájaro; su intención última era desaparecer y dejarme a mí convertirme en el yo…

Es la especie la que escribe, entonces. El poeta es apenas una herramienta, y su grandeza es algo que sucede en la medida que se honre aquella condición de universalidad. Por eso, pensaba Helder, ¿a qué viene toda aquella parafernalia que muchas veces se desenvuelve alrededor de los escritores?, ¿qué sentido tiene esa farándula que a tantos obnubila? Herberto sabía que no era, ni debía ser, una vedette, y que la suerte de sus poemas no dependía en lo más mínimo de las veces que se dejara fotografiar o del biógrafo que contara sus infidencias o se ocupara de sus menudencias cotidianas. Los poemas, y lo sabe todo poeta, habrán de valerse por sí solos con los lectores en la posteridad; porque esa es otra condición, los poemas se escriben para ser leídos en el futuro y para recordarles a aquellos futuros lectores que, a pesar de nuestra pretenciosa individualidad, somos apenas parte de una larga y extendida sombra que tiene origen en los más antiguos y primigenios orígenes del ser humano.

Hace no sé cuántos miles de años un cañaveral se estremeció en Asiria/ y un docto poeta escribió ese temblor en un breve poema lírico/ leído ahora por mí junto a un cañaveral en los suburbios de Lisboa/ y pienso que los dos cañaverales se han estremecido igualmente/ a tantos tiempos y lugares de distancia/ y solo se extinguirán devorados por el fuego/ cuando el fuego devore la tierra entera”, escribió Helder.