Una vida entre guitarras

…Miro detenidamente sus manos. Y al mirarlas, veo las manos de un hombre que ha vivido, las manos de alguien que ha trabajado, las manos de quien lleva –en el alma– las cicatrices del campesino, las manos de una persona honesta, las manos, en fin, de un hombre con experiencia…

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Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Desde las siete de la mañana un hombre de setenta años de edad se encuentra en contacto con un instrumento musical que, de acuerdo a su forma, se podría decir que se parece a una mariposa o  –como él mismo dice– al cuerpo de una mujer.

Lo primero que hace al despertar, me dice, es sentarse a pensar cuál de todas las guitarras que están alrededor de la cama va a reparar esa mañana. No importa si el día amanece gris, con lluvia o soleado, él, bajo ninguna circunstancia, abandona el oficio que desde hace más de dos décadas le ha dado sentido a su existencia: poder dar vida, alas, a cuanta guitarra o instrumento musical que llegue a sus manos en estado de coma.

Uno podría imaginar que hasta sueña con guitarras, pero cuando le pregunté si alguna vez había llegado a soñar con estos instrumentos, me respondió que de los veintisiete años que lleva en este oficio, solo había tenido uno. Un sueño con el que, según la descripción que me brindó, un crítico literario llegaría a pensar que esa narración hace parte de una novela de Gabriel García Márquez.

– ¿Alguna vez ha tenido sueños con guitarras?

– Una sola vez– me dijo asintiendo con un gesto afirmativo que se desplegó por todo su rostro. Y, como si hubiese notado mi curiosidad por saber su contenido, después de un largo silencio, finalmente decide contarlo:

–En la noche que tuve el sueño –en este momento cierra los ojos por unos breves segundos, como si con ello trajera de nuevo ese vago recuerdo–, si la memoria no me engaña, me había acostado cansado, con muchos problemas; pero, en cuanto pude pegar el ojo, el cansancio y los problemas desaparecieron. Todo fue muy extraño, mijo, porque de un momento a otro aparecieron guitarras y guitarras que volaban por todas partes como si fueran pájaros. Desde entonces –vuelve a cerrar los ojos, los abre, y se dispone a seguir con esa sabiduría que solo los viejos tienen–, he comprendido que lo mío no es solo repararlos, sino darles vida a estos instrumentos que por lo regular me traen en mal estado o que compro sin muchas de sus partes.

– ¿Inservibles?

– No, no para mí –enfatiza con un movimiento de cabeza– siempre hay algo que se puede hacer.

La frase «siempre hay algo que se puede hacer», más allá del optimismo que aparentemente insinúa, me lleva a preguntarme, no sé por qué, si es verdad que siempre-hay-algo-que-se-puede-hacer. Porque, por lo menos para él, desde que era apenas un niño, esta siempre ha sido su oración, su forma de ver las cosas, el amuleto con qué afrontar el azaroso y exigente mundo que lo ha rodeado. Creo, en últimas, que solo un verdadero artista puede pensar de esta manera, incluso –como es normal–, si el camino, largo y empedrado, no ofrece ninguna posibilidad. Como las guitarras que llegan a sus manos: unas sin mástil, descoloridas, rotas, resquebrajas; otras, en cambio, con alguna imperfección que les impide cumplir el objetivo con que fueron creadas: el mágico poder de crear música. O, en palabras más poéticas, la soberanía con que hacen florecer el sentimiento.

Luego, con un poco más de confianza, me cuenta que en la escuela –donde solo estudió un año– fue el lugar donde descubrió sus primeros dotes de artista; donde, por ejemplo, empezó a dibujar, a pintar, a construir juguetes de madera –carros, volquetas, aviones–, hasta que su padre, José Manuel Restrepo, quien además de haberle enseñado sus conocimientos en ebanistería, también le enseñó el oficio –más bien, el arte–  que le daría el sustento a él y su familia.

A pesar de que fue un nómada, desde hace quince años vive en El Japón, un barrio que se encuentra ubicado al sureste del municipio de Dosquebradas, Risaralda. Un barrio –moderno, comercial, pero de estrato medio– en el que, contrariamente a lo que tal vez muchos piensan, no vive un solo chino o, en este caso, ni un solo japonés. Allí, afuera, en el andén de su casa, sus vecinos lo ven desde las siete de la mañana restaurando las guitarras o los requintos que, poco a poco, con la paciencia de un monje tibetano, van tomando la apariencia que tienen los instrumentos musicales que ofrecen en las vitrinas de los almacenes.

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– ¿Qué le dice la gente cuando ve lo que usted hace con las guitarras?

– La mayoría de personas, después de un tiempo, quedan aterrados al ver el cambio tan tremendo que cobran los instrumentos que antes habían visto deteriorados. Se acercan, los tocan, sonríen y algunas veces, uno que otro, me dice que tengo las manos de un mago.

Las mismas manos con las que me enseña un requinto en el que, desde hace un par de semanas, está trabajando con el cuidado y la dedicación de un orfebre. Ahora, sin que él se dé cuenta, miro detenidamente sus manos. Y al mirarlas, veo las manos de un hombre que ha vivido, las manos de alguien que ha trabajado, las manos de quien lleva –en el alma– las cicatrices del campesino, las manos de una persona honesta, las manos, en fin, de un hombre con experiencia. Pero, sobre todo, las manos de quien ha dejado huellas –por supuesto, cargadas de simbolismo– en miles de instrumentos musicales.

Cuando estaba joven, me dice, un músico de la ciudad de Cartago, Valle, el cantautor Billy Pontoni, lo buscó para que le hiciera un arreglo a un requinto que necesitaba para un concierto. El concierto era un concurso que tenía en la ciudad de Bogotá. Entonces, habiendo aceptado, trabajó día y noche sin descanso, depositando todos los conocimientos que había heredado de su padre en un instrumento musical de alta categoría. Me dice, además, que gracias a ese trabajo y a una nota que fue publicada en un periódico donde mencionaban escuetamente su labor, otros cantantes y otras personas relacionadas con la música, empezaron a solicitarlo con más frecuencia.

Después, con la seguridad de un actor consumado, empieza a cantar –realmente a tararear– una canción de Billy Pontoni: «Tú que puedes volar, llévame en tus alas/ Llévame contigo, por el camino que no hay que andar/ Quiero ver, si es que crecen los olivos/ El trigo de la esperanza desde la sierra hasta el mar».

 Enseguida hace una pausa para recordar la letra de la canción, que parece haber olvidado pero que disimula como un niño cuando ha sido descubierto en alguna de sus travesuras. Sin embargo, intentando convencerme de su buena memoria, se dispone a cantar otro fragmento: «El sueño de una mirada, buscando su enamorada/ Sueño de dos corazones, que quieren verte volar». Y termina de cantar con una agradable sonrisa, sonrisa que se agranda al contarme que esa canción fue tocada con el requinto que le reparó a Billy Pontoni cuando –en sus palabras– estaba mucho más joven.

La verdad, no es un hombre al que en nuestra cultura se le pueda considerar como «joven», sin embargo, sus setenta años de edad no lo preocupan, dice –haciendo alarde de su virilidad– que todavía le prestan cuidado las muchachas, y que gracias a Dios no tiene enfermedades o deudas por qué preocuparse. Tampoco lo llena de nostalgia el pensar que sus hijos, Lina Marcela y Luis Carlos, no hayan heredado sus conocimientos en el oficio que ha trabajado, sin pausa, durante casi toda su vida. Para él, «cada quien construye su propio camino».

Este hombre se llama Luis Alveni Restrepo. Un hombre sencillo, honesto, responsable; un hombre, al fin y al cabo, como cualquier otro, pero uno que se diferencia de los demás cuando nos permite conocer dos de las cualidades que más lo representan: su fuerza de voluntad y su capacidad para creer en lo imposible, en aquello que damos por perdido. Para ilustrarlo mejor, Luis Alveni Restrepo, a quien no quisiera dejar de escuchar, se levanta de la silla, acomoda sus sandalias y me dice:

– Le voy a mostrar algo que lo va a dejar más sorprendido. Ya vengo.